Mundópolis: Crítica de la Sinrazón Impura

Revista Cronopio Edición 86 Cronopio, Mundópolis: Crítica de la Sinrazón Impura 0 Comments

LA INVENCIÓN DE ESPAÑA EN «EN TORNO AL CASTICISMO» DE MIGUEL DE UNAMUNO.

Por Jorge Machín Lucas*

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«Mundópolis: Crítica de la Sinrazón Impura» es una columna que tratará temas de actualidad o culturales varios en que se desafía a la razón pactada y el pensamiento único.

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De entre los numerosos mecanismos o artefactos culturales que se han utilizado para la creación, articulación e implantación de una conciencia nacional han destacado el arte y, más concretamente, la literatura. Toda nación necesita de estos productos para justificar y legitimar sus credenciales que van mucho más allá del desarrollo de un estado con sus organismos constitucionales, políticos y jurídicos, entre otros. Una nación no deviene como tal hasta que se hace a sus habitantes copartícipes de una cultura que los identifique tanto en su momento histórico como a lo largo de todas sus generaciones.

Es un paso hacia una nueva forma de evitar la entropía social y de dotar a una comunidad de un sentido corporativo y de unos propósitos comunes. Para ello, los mecanismos culturales crean algo que es tan o más importante que los poderes ejecutivos, legislativos y judiciales. Se trata de una artificiosa superestructura cultural que se encarga de implantar un sentimiento común mediante la creación de una «comunidad imaginada» si seguimos a Benedict Anderson en Imagined Communities, a Edward Inman Fox en La invención de España o a Ciriaco Morón Arroyo en El «Alma de España». Las naciones crean nacionalismo más que a la inversa. La ideología y la política son las causantes de este proceso de idealización cultural y comunitaria desde la escritura que bebe de un pasado histórico de origen popular.

En España, una serie de textos literarios, filosóficos e historiográficos, además de visuales (la pintura, por ejemplo), de la segunda mitad del XIX han formado parte de un proyecto común de orden nacional «castellanocéntrico» para tratar de exhumar las esencias de España y para así intentar buscar soluciones con la intención de superar su decadencia que se había ido precipitando desde tiempos de los Austrias hasta la debacle del 98 con la pérdida de Cuba y otras colonias.

En este contexto se inscribe En torno al casticismo de Miguel de Unamuno de 1895. Esta obra apareció antes del relativo desastre —para España— de Cuba y presenta preocupaciones acerca de la decadencia de España como identidad nacional y como estado capitalista y liberal dependiente de los intereses y caprichos de la burguesía. Tuvo repercusión en futuros acontecimientos históricos. El más importante fue la llegada del «neocatolicismo» durante la Guerra Civil española entre 1936 y 1939. Este intelectual, españolista y «castellanocéntrico», busca construir mitos y explicaciones regeneracionistas en cuanto a la identidad nacional para reafirmar el concepto de nación. Trata el denominado «tema o problema de España» y la idea del «núcleo histórico castellano», causantes del auge y decadencia patrios.

Unamuno se debate entre lo subversivo, lo europeizante y lo tradicional. Su obra es un palimpsesto positivista que trata de describir las esencias «castizas» e «intra–históricas» de España, las de las masas anónimas, opuestas dialécticamente a la «Historia» de los grandes hechos, transformable, espuria y perecedera. Es un Unamuno contemplativo para Carlos Blanco Aguinaga, tendencia que le une a otros miembros de la «Generación del 98» como pueden ser «Azorín» en Castilla y Antonio Machado en Campos de Castilla. Es una toma de conciencia frente a la dolorosa historia de España en la que una búsqueda de paz interior se proyecta sobre el espacio o paisaje «intra–históricos» para tratar de convencernos de la necesidad de una taumatúrgica europeización frente al mediocre imperio de lo «casto» o puro.

Para él, la tradición es viva y fecunda cuando está enriquecida por el progreso. Ella es la sustancia de la «Historia» y de la eternidad del tiempo. No está en el pasado sino en el presente eterno «intra–histórico». De allí saldrán las soluciones y las nuevas fuerzas hacia un próspero futuro nacional en el contexto europeo. Partiendo de la dialéctica entre «intra–historia» e «Historia», Unamuno cree que la lengua, manifestación de la primera, da continuidad a los pueblos. Es una proyección del espíritu humano que es perenne, ya que es el receptáculo de la experiencia de todo un pueblo o comunidad nacional y el sedimento de su pensamiento. En sus metáforas han quedado impresas las huellas del espíritu colectivo del pueblo.

Unamuno cree, como tantos compañeros de generación, que esta tradición eterna «intra–histórica», esencia de los pueblos y base de su regeneración futura, es revelada fielmente por el arte y la literatura. El dramaturgo Pedro Calderón de la Barca es el representante literario de un tiempo fanático y transitorio marcado por una contrarreforma que disociaba idealismo y realismo y que representaba la imaginación reproductiva más que la auténticamente creadora, dentro de un realismo sensual y un idealismo conceptual que se desvinculaba de la otredad. Según Unamuno, el autor de La vida es sueño compuso argumentos sencillos y acciones superficiales. Careció de profundidad y de vida en las ideas. William Shakespeare fue más «intra–histórico» que él porque cultivó la «imaginación fantasía», no la «reproductiva», más empírica o intelectiva.

Don Quijote sí que representa la auténtica «intra–historia» como sustancia o esencia tradicional ya que de puro español renunció al españolismo en pro del universalismo, más o menos como hicieron los conquistadores allende los mares. Es una especie de Cristo español que redime al pueblo, encarnado por Sancho Panza, con su conjunción de fe y de heroísmo frente a la razón. La mística, por otro lado, es otra revelación del alma castellana «castiza». Es una búsqueda de la vida universal y eterna a través de la acción, la cual funde el saber, el sentir y el querer y adecúa lo interno con lo externo en el ser humano. Su gran error fue que, en su ideal supremo de acuerdo entre dos mundos, asentó su individualidad en la renuncia a uno mismo, impidiendo el supremo móvil de la acción que pretendía.

Siguiendo a Unamuno, esta negación de lo racional, científico y sistemático ha llevado a que haya poco espíritu filosófico, poca meditación y más comentaristas de obras que investigadores entre los castellanos y en general en los españoles a los que representan. Su espíritu místico consiste en que cierran los ojos a lo sensible e inteligible. Son individualistas y creen en el libre albedrío, bordeando el panteísmo. El desequilibrio de esta mística fue el que llevó a aspiraciones desmesuradas en contraste con la pequeña realidad circundante y esto fue lo que la motivó más que por hastío racional o desengaño científico.

Los castellanos, en resumen, son más estoicos que epicúreos, más conceptuales e interiorizados que sensuales, al contrario de lo que sucedió en la Italia renacentista. Cuando este carácter ha llegado a sus extremos más hipertróficos, se han hundido en tendencias radicales de un quietismo egoísta para intentar abismarse en la nada mística a lo Miguel de Molinos, o en las de un alumbrismo brutal caracterizado por la holganza y el hartazgo del instinto, lo que sería una suerte de hedonismo desmesurado.

Las razones que Unamuno esgrime para entender la fortaleza y la capacidad expansiva de los castellanos son que supieron reconquistar un estado fraccionado por la «morisma», que fueron capaces de sofocar el feudalismo «paleontológico» con el absolutismo, que fueron fuertes y no egoístas, exclusivistas pero no cerrados, y que prefirieron lo universal al fomento interior, lo que les llevó a ser el centro físico y espiritual de la península y les dio credibilidad en su ideal de unidad. Asimismo, fueron los portaestandartes de la idea de unitarismo conquistador y de «catolización» más allá de sus fronteras.

Una de las causas más importantes de este peculiar modo de ser ha sido el espacio, la particular y árida geografía castellana, y su extenso y a veces desolado paisaje. Ellos han insuflado a los castellanos sus señas de identidad, en una visión claramente positivista y determinista. El paisaje es la revelación de la tradición eterna, de la «intra–historia» castellana. Este espíritu transformado por el espacio es una idea que también ha sido fomentada por el excursionismo de la ILE, la krausista «Institución Libre de Enseñanza», alimentada por el ideario de Julián Sanz del Río y dirigida por Francisco Giner de los Ríos. La inhospitalaria meseta, expansiva, monótona y de gran amplitud térmica, es idealizada por Unamuno para buscar en ella la esencia del carácter hispano. Es una zona que en modo alguno despierta sentimientos voluptuosos ni recrea al espíritu. Por el contrario, hace sentirse al hombre empequeñecido y cincela su carácter sobrio, de humor serio y seco, poco idealista, de ideas uniformes y de manifestaciones culturales repetitivas.

Por consiguiente, En torno al casticismo es un intento de elaboración de una cultura nacional con miras a la dirección presente y futura de una España que debe de mirar hacia Europa pero sacando sus esencias de las entrañas «intra–históricas» de su tierra, desde el carácter colectivo. Para Unamuno, en España hay jóvenes, pero no hay juventud con voluntad de cambiar la osificada sociedad, sin espíritu activo ni asociativo ni grandes proyectos regenerativos. Este filósofo español propugnaba la integración de España en Europa sin perder ni un ápice de su marchamo de identidad nacional ni cultural. De todas maneras, parece revelar más la caracterología del espíritu español y hacer taxonomía de sus características que propugnar auténticas y viables alternativas de futuro. Es una visión influida intertextualmente por el determinismo del filósofo, crítico e historiador Hippolyte Taine y del ensayista, crítico e historiador Thomas Carlyle, del XIX, que cree que el problema de España es de tipo psicológico, lo que lo hace más analizable desde el arte o desde la literatura que desde la documentación positiva.

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* Jorge Machín Lucas es catedrático de estudios hispánicos de la University of Winnipeg. Se licenció en filología hispánica en la Universitat de Barcelona, en donde cursó también estudios graduados y escribió un trabajo sobre la obra novelística de Juan Benet. Se doctoró en la Ohio State University en literatura española sobre la obra poética de José Ángel Valente. Trabaja temas de postmodernidad, de intertextualidad, de irracionalismo y de comparativismo en la novela, poesía y ensayo contemporáneo español. Fue profesor también cuatro años en la University of South Dakota. Es autor de un libro sobre José Ángel Valente y de otro sobre Juan Benet, aparte de numerosos artículos sobre estos dos autores y sobre Antonio Gamoneda, además de un par sobre Juan Goytisolo y Miguel de Unamuno, entre otros.

 

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