Editorial 75

Que todos morimos no es una novedad para nadie. Que pocos aprenden a morir es algo que a los más de los mortales ni se les ocurre pensar. Decían los adustos estoicos que pensar la muerte prepara para la vida. No porque haya de vérsela con ánimo de tragedia irresoluble, sino porque el conocimiento de que hemos de morir, y de que lo único que tenemos como propio es la vida, hace que se la valore con la intensidad que merece. El universo está repleto de seres, pero sólo uno de ellos tiene consciencia de sí y de su entorno: nosotros. Ese es el mayor privilegio que puede tener cualquier ser, el de saber que se es. Así lo decía Pascal cuando afirmaba que «el hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza: pero es una caña que piensa. Para destruirla no es necesario que se una el Universo entero. Basta una gota de agua para ello. Pero, cuando el Universo lo destruye, el hombre es todavía más noble que quien lo mata, porque sabe que muere, mientras que el Universo no sabe la superioridad que tiene sobre él. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento». No se diga que pensar la muerte es invitar al temor, todo lo contrario. Asumir con entereza que hemos de morirnos, debería llevarnos a ver ese momento final con la misma naturaleza con que se ven todos los fenómenos del mundo; y el tiempo precedente a aquel final, como el mayor de los privilegios y la ocasión de convertir la realidad en la mejor posible. ¿Hay acaso alguien que viva angustiado porque no soporta la idea de no haber existido antes de nacer? ¿Por qué tenerla entonces para el momento postrer, si cuando la muerte es nosotros ya no somos? Descubramos, pues, en ese acto de contemplación el valor de la humanidad y el sentido de las cosas.

Los editores.

 

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