Filosofía Cronopio

Revista Cronopio Edición 32 Cronopio, Filosofía Cronopio 0 Comments

Invert

INVERTIR EN FELICIDAD

Por Javier Sádaba*

I

Antes de nada un par de breves observaciones sobre el concepto de Felicidad. Es verdad que se han dado tantas definiciones de ella o se la ha cantado, ensalzado, novelado o poetizado ( por no añadir que vulgarizado) que da un poco de pereza y hasta vergüenza decir algo al respecto, a no ser aquello de Cioran : «Toda palabra es una palabra de más». Aun así me atreveré y trataré de fijar la idea de Felicidad de la siguiente manera. La felicidad de los humanos es limitada. No es una felicidad de dioses o de ángeles. Nosotros, en el tiempo que pasamos en esta tierra, estamos rodeados de frustraciones y de la frustración de frustraciones que es la cesación. Creo que esto debemos tenerlo muy claro puesto que buscar una felicidad completa nos llevaría a la decepcion y a la neurosis.

Pero podemos ser moderadamente felices. Y tal felicidad humana consta de dos niveles. Uno es el del placer inmediato y que nos lo proporciona tanto la naturaleza como la sociedad. Un paisaje agradable, una pieza musical que acaricie los oídos, una sobremesa con amigos riendo y charlando se inscriben en ese primer nivel. El otro es lo que podríamos llamar la felicidad en cuanto tal. Se trata de un nivel superior que en modo alguno desprecia al anterior sino que lo integra. Y en este segundo nivel se inserta la conciencia satisfecha por hacer lo que uno cree que debe hacer, el estar a gusto con los otros, el alcanzar un tipo de sociedad en la que todos gozaríamos, dentro de lo posible, con todos. Añado que cuando se habla de bienestar, calidad de vida o satisfacción algunos colocan estas palabras en el placer y otros en la felicidad por excelencia y que yo la he puesto en el segundo nivel, que incluye al primero. Y es que en el tema de la felicidad las palabras bailan más que en una romería. Quiero, en fin, dejar esto claro antes de pasar a lo que inmediata y brevemente voy a desarrollar.

II

Invertir en felicidad lo traduciré de esta forma: ¿Merece la pena intentar ser feliz? (Por cierto, interrogación análoga a si merece la pena ser bueno). Voy a responder, sin dudarlo, que sí. Pero conviene que entendamos, antes, qué es o de invertir. Porque la palabra tiene un tufo economicista que podría despistarnos. Y es que no se trata de que trabajemos como locos en todos los campos de la existencia para, de esta forma, ser felices. Pienso, más bien, que es cuestión de equlibrio. Y es que habría que evitar dos extremos. Uno el ya sugerido y consistente en esforzar nuestro cuerpo y nuestra alma (tómese este término metafóricamente) de tal manera que, a modo de gimnastas, nos prepararíamos para ser felices.

Esto es un despropósito. Porque tanto esfuerzo no compensa en los pocos días que vamos a estar en este mundo. Nos habríamos desfondado en el camino. Y el extremo opuesto se resume, dicho vulgarmente, en «verlas venir», dejarse llevar, no mover un músculo, ser pasivos ad nauseam esperando que, como en Santo Advenimiento nos llegue el maná de la felicidad. Es verdad, dicho de paso, que cierto hedonismo (los cirenaicos criticados por Epicuro, por ejemplo) se aproxima a esta postura. Pero, al final, o tienen que pasar rápidamente de un placer a otro en frustración constante, o la felicidad deseada no aparece, a no ser en su imaginación. Tal vez lo correcto (como indicó Aristóteles y el recto camino budista) esté en medio. La felicidad no viene dada sin más sino que se conquista. («se curra», una expresión de un libro mio que después he visto que corre por ahí). Y eso quiere decir que algúna virtud intelectual y práctica hemos de poner en marcha. Por ejemplo, hemos de conocer nuestros poderes (algo en lo que con toda razón insistía Freud), hemos de conocer cuáles son los bienes que están a nuestro alcance y hemos de saber con qué personas contamos, a veces como maestros para, así, divisar un horizonte que nos posibilite el mayor grado de bienestar posible. Y desde un punto de vista práctico, y a esto le daría la máxima importancia, no hay más remedio que poseer una voluntad fuerte. O, ya que he citado a Aristóteles, tener un carácter, no ser como plumas al viento (o sujetos light posmodernos). Es esta una buena inversión. Y merece la pena. Porque habiendo crecido en humanidad el abanico de goces se amplía, nuestra conciencia, satisfecha por hacer lo que creemos que debemos hacer, nos acerca a la felicidad anhelada. Esa es, repito, la inversión que como una opción en la que nos va de nuestra vida, merece la pena.

III

Pero es que, además, si la felicidad no se logra en un instante (no somos dioses, lo dije antes, y todo nos exige tiempo: no vemos en un acto supremo los hechos sino que tenemos que razonar, no conseguimos en una acción mágica lo que deseamos sino que tenemos que buscar los instrumentos adecuados) es imposible acceder a ella sin los medios adecuados; medios que están en el tiempo y requieren tiempo. Hay dos frases del tantas veces citado por mi Wittgenstein que vienen a cuento aquí. Una este mandato (el mandato por excelencia) «¡Sé feliz!»; y la otra, «El mundo de los felices es distinto del de los infelices» ( a más de uno le parecerán una boutade, a mi, como veremos, todo lo contrario).

Respecto a la primera lo que quiere decir, muy resumido y simplificado, es que si nuestro objetivo fundamental es cuidar de nosotros y vivir lo mejor posible, no tenemos más remedio que evitar los dolores evitables y colocarnos en el camino que nos conduzca a la felicidad. Pero se trata de un mandato. O lo que es lo mismo, un deber y los deberes son exigencias, nos piden trabajo. Aplicado a nuestro caso, algún tipo de inversión (en el sentido antes expuesto) que nos sirva para alcanzar el fin que nos proponemos. Respecto a la segunda frase alguien podría objetar que la separación entre los felices es excesivamente tajante y dogmática. Todo es más gradual y combinado, continuaría diciendo el objetor. Es cierto. Lo que sucede es que la felicidad no se resume en un acto sino que es un estado. A ese estado se llega, obviamente, a través de una serie de actos. Pero eso significa que hay que colocarse en una determinada dimensión, no vivir desordenadamente sino con armonía. Y esto establece una diferencia fundamental entre los que «invierten» para obtener ese estado y los que no lo hacen. Merece la pena, por tanto, invertir en felicidad.

IV

La felicidad no se consigue a solas. Estamos en el mundo con los demás. No somos Robinsones. Algunas personas cercanas nos dan grandes satisfacciones (piénsese en los hijos o en los amigos). Lo que ocurre es que habitamos un mundo en el que los próximos son muy pocos. Con el resto mantenemos relaciones más frías y lejanas. Sin embargo, necesitamos tener una actitud de apertura, en principio, a todos. En caso contrario nos empobrecemos, nos aislamos, caemos en uno de los enemigos mayores de la felicidad: el egoísmo. En este punto permitidme que recurra a algunas de las páginas más interesantes de E. From (retomadas más tarde y modificadas por mi maestro E. Tugendhat).

Según From para vivir con satisfacción humana (ser felices, digámoslo en fórmula consagrada) hay que saber «abrirse y cerrarse». ¿Qué quiere decir con ello? Que una persona que está en contacto fructífero con los demás es, por un lado, autónoma, y por otro, está vinculada a los otros (a otras autonomías). Dicho de otra forma, Javier ha de darse la norma a sí mismo (que eso quiera decir «autonomía»), ser libre, palparse a sí mismo, a poyarse en su propia personalidad, construirse con los mimbres que la naturaleza le ha dado (no olvidemos que una manera, para mi lograda, de describir la moral es esta: hacerse artista de uno mismo). Es este un aspecto básico. Más aun, una pedagogía inteligente, en casa y en la escuela, lo que debería hacer, por encima de todo, es formar individuos autónomos, con criterio propio, y hasta con la valentía suficiente como para quedarse solos cuando sus principios chocan contra una mayoría que no les convence (aunque, cuidado porque como decía Ortega a todos se nos exige no ser cobardes pero a nadie ser un héroe).

Pero esa es solo una parte del asunto. Porque una autonomía (o libertad) que se queda en sí misma, se esclerotiza, o, peor aun, se pudre en su propio «ego» (cuanto infeliz produce el egoísmo, lo repetiría una y mil veces). De ahí la necesidad de abrirse al resto de los congéneres. Los vínculos con los otros miembros de la humanidad nos enriquecen, nos completan, nos hace ser plenamente humanos. En el juego, por tanto, del abrirse y del cerrase, tal y como lo he descrito anteriormente, y en el equilibrio entre esos dos movimientos se juega buena parte de nuestra felicidad. Por lo tanto, y si queremos (y debemos) ser felices tenemos que invertir en esas dos actitudes que se complementan. E. Fromm apostilla que quienes no son capaces de lograr el equilibrio en cuestión solo establecen relaciones de poder y, de este modo, tratan a los demás no como sujetos sino como objetos. Y acaban resintiéndose y siendo más infelices. Luego invirtamos en la tarea de estar con nosotros a gusto («percibirnos sin miedo» como diría W. Benjamin) y de ser felices con los otros.

V

Acabo ya. Me he fijado solo en algunos aspectos que hacen referencia a cómo podemos ser felices y que exigen algún tipo de esfuerzo, aunque no tanto que nos agote en medio del camino. Vuelvo a lo que al principio dije. Solo que ahora me gustaría ver la situación desde otra perspectiva. Es la perspectiva que se fija en no sufrir. Se muy bien (no soy tan tonto como para no darme cuenta de ello) que algunos sufrimientos están fuera de nuestro poder. Una mutacion genética puede traer consigo una enfermedad que nos destruya, o la vejez con su decrepitud es el pago que nos da la naturaleza por el paso del tiempo (añado entre paréntesis que si yo hubiera hecho este mundo las cosas ocurrirían al revés: naceríamos viejos, iríamos haciéndonos jóvenes y luego desapareceríamos de forma paradisiaca… lo que sucede es que yo no he hecho este mundo). Pero otros sufrimientos, los que se deben a nosotros (los de la culpa que dirían los escolásticos) debemos evitarlos a toda costa. Una campaña contra el sufrimiento es una campaña a favor de la felicidad. Y ya está bien de atormentarnos por nada, ahogarnos en pequeñeces, maltratarnos sin piedad por cosas realmente nimias. Y ya está bien de ser injustos con el resto de los que estamos en el mismo barco de la existencia. Un poco más de ternura, de comprensión, de tolerancia, de ayuda, de altruismo nos haría dormir a pierna suelta. Es este un síntoma de felicidad. Una conciencia feliz lo es porque ha puesto las cosas en su sitio. Ha hecho las paces con uno mismo y con el resto de los mortales. Porque ha invertido, en suma, de tal manera que se siente feliz. La felicidad, lo dije al principio, consta de dos partes o niveles, el del placer y el de ser justos. La felicidad, lo digo ahora, se complementa con la lucha sin cuartel contra el sufrimiento inútil (incluido, y permitidme esta morcilla, el que se inflinge a aquellos a los que no se les permite abandonar este mundo cuando nadan en medio de terribles dolores). Todo ello no viene del cielo ni sube del infierno. Lo logramos nosotros, invirtiendo, si se quiere hablar así, de forma que al final seamos más felices. Hagámoslo.
_________
* Francisco Javier Sádaba Garai es un filósofo español. Nació el 28 de noviembre de 1940 en Portugalete (Vizcaya). De joven quiso ser jugador del Athletic de Bilbao. Se licenció en Filosofía y Letras (sección filosofía) por la Universidad Pontificia de Salamanca. También es licenciado en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y en Filosofía y Letras (sección filosofía) por la Universidad Complutense de Madrid. Es Doctor en Filosofía y Letras (sección filosofía), por la Universidad Autónoma de Madrid, universidad por la que consiguió el premio extraordinario a su doctorado por la tesis titulada: El concepto de filosofía en Ludwig Wittgenstein y su aplicación al lenguaje religioso. Ha sido profesor en diferentes universidades del mundo como Tübingen (Alemania), Columbia (Nueva York), Oxford y Cambridge (Reino Unido). Actualmente ejerce como Catedrático de Ética y Filosofía de la Religión en la Universidad Autónoma de Madrid y es miembro del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. Ha trabajado también en Filosofía de la Religión y Filosofía Lingüística, temáticas en las que se destacan sus aportaciones al campo de la bioética. Obras: Lenguaje religioso y filosofía analítica (1977), Qué es un sistema de creencias (1978), Filosofía, lógica y religión (1979), Conocer a Wittgenstein (1980), Saber vivir (1984), Principios de bioética laica (2004), La vida buena (2009), El amor y sus formas(2011).

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