Filosofía Cronopio

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Mito

EL MÉTODO MITOCRÍTICO

Por Salvador Lira*

Es necesario distinguir ciertos conceptos del mito, como tipo de símbolo y sus relaciones con el rito, la literatura y la poesía, antes de explicar el método mitocrítico y su propuesta de análisis literario. Tanto el mito como el rito proponen un discurso que se liga con el cosmos y con lo sagrado; el primero regularmente de manera narrativa y el segundo en el modo de la re–presentación —piénsese en cualquier con–memoración, traer «con» a la memoria, repetir los actos y la Historia Sagrada.

Los dos tipos de símbolos se instauran con el «ser en el mundo», otorgan un lenguaje reflexivo que permite al lector «participante/iniciado o profano» realizar un acto interpretativo. Como tal, es preciso determinar las necesidades que responde el mito: necesidad religiosa o mito–encantamiento, vinculado a una metafísica y a una escatología (MONNEYRON, Fréderic y Joël Thomas, Emilio Bernini trad., Mitos y Literatura, Edit. Nueva Visión, Buenos Aires, p. 16); necesidad poética o mito–ornamento, ligado a su expresión literaria, que apunta a una estética; y necesidad pedagógica o mito–enseñanza, que apunta a una moral. Dichas necesidades tal vez sean comparadas en las dimensiones del símbolo propuestas por Paul Ricoeur —ya que el autor propone al mito como un tipo de símbolo relatado—, a saber, la parte cósmica, la parte onírica y la parte poética (BEUCHOT, Mauricio, Hermenéutica Analógica, Símbolo, Mito y Filosofía, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, 2007, p. 16).

Se debe hacer hincapié que el mito, como tipo de símbolo, es un ente sujeto a múltiples interpretaciones; ente que no es fijo ni inamovible, por el contrario, se encuentra en constante movimiento y puede estar presente o ausente en el ideario colectivo. Incluso, cuando Roland Barthes insiste en que «Se pueden concebir mitos muy antiguos, pero no hay mitos eternos» (BEUCHOT, Mauricio, Hermenéutica Analógica, Símbolo, Mito y Filosofía, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, 2007, p. 16), el autor francés hace de manifiesto un punto importante: los mitos, entre otras funciones, son elementos mnemotécnicos que resguardan un tipo de saber y su manera de reproducción va ligada con la forma y fondo, manera de presentar las caras del mito y el discurso inmerso al que pueda pertenecer.

El que un mito sea resaltado u olvidado por un tiempo, espacio y sociedad/individuo determinados manifiesta todo un sistema de valores presente que, ya sea elegido o descartado, descansa en los soportes de la memoria como la música, la pintura, la poesía, la literatura, la liturgia, entre otros. Es decir, el estudio de los mitos inmersos en las diversas presentaciones y discursos habla de una interpretación cultural o un estudio de la Tradición.

A partir del estudio de los símbolos y el psicoanálisis, los mitos tomaron un creciente interés en los estudios antropológicos. Uno de los pioneros es Claude Lévi-Strauss y el camino estructuralista, quien propone el concepto de «mitema» al observar al mito como un ente narrado.

El mito, como el resto del lenguaje, se compone de unidades constitutivas. Estas unidades constitutivas presuponen las unidades constitutivas que se hallan presentes en el lenguaje cuando éste se analiza en otros niveles a saber, fonemas, morfemas y sememas; sin embargo, difieren de estas últimas de la misma forma que las últimas difieren entre sí; pertenecen a un orden más alto y más complejo. Por esta razón, las llamaremos unidades constitutivas en bruto (en «Structural anthropology, trad. Claire Jacobson y Brooke Grundfest Shoepf, Garden City, Nueva York, Anchor Books, 1967, pp. 208-228. [En Antropología estructural, trad. de Eliseo Verón, Barcelona, Paidós, 1992.]» en RICOEUR, Paul, trad. Graciael Monges Nicolau, Teoría de la Interpretación, Siglo XXI Editores y Universidad Iberoamericana, 1ª edición 1995, 6ª edición 2006, p. 94).

A partir de las «unidades constitutivas en bruto», Claude Lévi-Strauss propicia el análisis crítico arquetípico. El mito, como símbolo presentado de manera narrativa, se presupone en unidades mínimas inalterables que conforman la base del relato y, por lo tanto, de la interpretación del sentido del mito estudiado. El modelo estructuralista de Lévi-Strauss, si bien intenta estudiar partes o núcleos en el relato mítico (prometer, traicionar, obstaculizar, hechizar, etc.), carece de una correlación y cambio entre sus propios segmentos mínimos así como un intento por significar un sólo sentido en cada «unidad constitutiva en bruto». Es decir, su rigidez «aun en la más formalizada presentación del mito, la de Lévi-Strauss, las unidades, que él llama mitemas, todavía son expresadas como oraciones que conllevan sentido y referencia» (RICOEUR, Paul, trad. Graciael Monges Nicolau, Teoría de la Interpretación, Siglo XXI Editores y Universidad Iberoamericana, 1ª edición 1995, 6ª edición 2006, pp. 98).

Gilbert Durand retomaría el concepto de mitema, no obstante bajo otros criterios. Al citar la definición de René Thom —«El símbolo es la coherencia de dos tipos de identidad diferente»—, Durand distingue dos principios de identidad: uno de localización que se asimila al simbolizante (como un nombre, imagen, remitente al léxico, etc.) y otro «no localizable», que se refiere a lo que los antiguos llamaban la «comprensión» (DURAND, Gilbert, Sylvie Nante trad., Mitos y Sociedades, Introducción a la Mitodología, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2003, p. 54). Este «no localizable» es la cualidad que tiene el símbolo de ser el signo más rico en significado. Estas funciones coherentes tienen un carácter conceptual y otro afectivo.

El camino mitocrítico, según Gilbert Durand y sus alumnos Fréderic Monneyron y Joël Thomas, no trata de presentar las unidades más mínimas e inalterables de un mito, sino:

Es estudiar —partiendo de un «mito ideal», «constituido por la síntesis de todas las lecciones mitémicas» deducidas a través del análisis mitocrítico previo— las variaciones que se han introducido en las «realizaciones» diversas de ese mito de acuerdo a las épocas, pero también de acuerdo a aquel que «dice» el mito y según la manera en que lo dice (MONNEYRON, op. cit., p. 62).

El estudio mitocrítico acepta, entonces, la propuesta de Roland Barthes al proponer al mito como resultado de las ideologías (Véase: TRIFONAS, Peter Pericles, Carme Font trad., Barthes y el imperio de los signos, Gedisa Editorial, España, 2004, p. 81) y, más aún, las ideologías fundadas en el mito al ser un elemento simbolizante. La movilidad y significación es una de las piedras angulares de la propuesta analítica de Durand, puesto que no considera que el modelo sea segmentario, no sólo en la mitocrítica, sino en el tipo de pensamiento moderno: «La “reducción” es el último recurso del saber moderno contra la abundancia de los objetos del saber. […] La visión del universo del hombre escolástico está fragmentada en el nivel de su saber» (DURAND, Gilbert, Agustín López y María Tabuyo trad., Ciencia del hombre y tradición, el nuevo espíritu antropológico, Ediciones Paidós Ibérica, S. A, España, 1999, p. 40). La postura que Gilbert Durand asume en su camino de interpretación retoma algunos puntos del estructuralismo de Claude Lévi-Strauss, pero manifiesta una tremenda relación significativa entre cada uno de los mitemas, que no son fijos.

Así como la fonología supera y deja de lado las pequeñas unidades semánticas (fonemas, morfemas, semantemas) para centrar su interés en el dinamismo de las relaciones entre los fonemas, de igual forma la mitología estructural nunca se detiene en un símbolo separado de su contexto: tiene por objeto la frase compleja, en la que se establecen relaciones entre los semantemas, y esta frase es la que constituye el mitema, «gran unidad constitutiva», que por su complejidad «tiene carácter de relación» (DURAND, Gilbert, Marta Rojzman trad., La imaginación simbólica, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1968,  p. 62).

Dada la movilidad y líneas de relación del mito, Gilbert Durand realiza la «metáfora hidráulica» o «metáfora potamológica» (DURAND, op. cit., p. 74). El mito fluye en distintas corrientes, velocidades, terrenos. Se ampara de las aguas de otros ríos y persiste en la necesidad que el vértigo del espacio en particular le imprime. Además, instaura el concepto de las «cuencas semánticas», como conjuntos homogéneos que definen estructuras culturales y que se desarrollan en fases diversas que confirman el correr del agua/mito. Las necesidades del mito flotan en la «metáfora hidráulica». Durand explica algunas variantes constantes del correr de la «metáfora potamológica», las fases que definen en el tiempo una «cuenca semántica»:

1) Torrentes: Distintas corrientes se forman en un medio cultural dado. A veces son resurgencias [sic] lejanas de la misma cuenca semántica pasada; esos torrentes nacen, otras veces, de circunstancias históricas precisas (guerras, invasiones, acontecimientos sociales o científicos).

2) División de aguas: Los torrentes se reúnen en partidos, en escuelas, en corrientes y crean así fenómenos de frontera con otras corrientes orientadas diferentemente. Es la fase de «querellas», de los enfrentamientos de regímenes de lo imaginario.

3) Confluencias: Al igual que un río está formado por afluentes, una corriente constituida necesita ser apañada por el reconocimiento y el apoyo de autoridades establecidas, de personalidades influyentes.

4) En nombre del río: Es entonces cuando un mito o una historia reforzada por la leyenda promueve un personaje real o ficticio que denomina y tipifica la cuenca semántica.

5) Aprovechamiento de las orillas: Se constituye una consolidación estilística, filosófica, racional. Es el momento de los «segundos» fundadores, de los teóricos. A veces las creencias exageran ciertos rasgos típicos de la corriente.

6) Agotamiento de los deltas: Se forman entonces meandros, derivaciones. La corriente del río debilitado se subdivide y se deja captar por corrientes vecinas (Íbid., pp. 74. Véase también: MONNEYRON, op. cit., p. 59).

La identificación de las cuencas semánticas permite instaurar una imagen heurística de la «metáfora potamológica» y sus cambios constantes, desde las confluentes hasta el delta, surge de ello el estudio crítico de los mitos literarios en dos direcciones de correlación: 1) transhistórico, pues «la historia y el mito [entonces] se iluminan y se dan sentido recíprocamente; sin la historia, el mito no tiene cuerpo; y sin el mito, la historia no tiene alma»; y 2) transdiciplinario, ya que «el solipsismo reductor es la muerte de la hermenéutica» (MONNEYRON, op. cit., p. 61).

La obra literaria debe encontrarse en medio. La elaboración del «mito ideal», a partir de las «lecciones mitémicas», es el primer paso para identificar un río/mito. El paso del mito es constante, las versiones aparecen en función de las fases o «cuencas semánticas». Es ahí cuando interviene el momento de la identificación de la «cuenca semántica» apropiada, pues la obra literaria que se estudia debe quedar en medio. No sólo intervienen elementos literarios, como el estilo, figuras retóricas, el ritmo, el género, la voz poética; también se fijan condiciones históricas, filosóficas y elementos simbolizantes. Por ello, la «cuenca semántica» necesita procesar el seguimiento de un río como Torrente, como División de aguas, etc. Una vez establecido el camino del río y sus «mitemas» significantes, se debe realizar el análisis hermenéutico.

La obra literaria, al ser ubicada o compuesta en alguna parte de algún mito, no se degrada en lo absoluto, sino que pasa de ser un «complejo mítico» a una «realidad lingüística». «La obra literaria perfecta, dice John Middleton Murry [cita Antonio Alatorre], es ‘aquella que combina el máximo de personalidad con el mínimo de impersonalidad’» (ALATORRE, Antonio, “La crítica literaria”, Ensayos sobre crítica literaria, Conaculta 1ª edición 1953, 1ª reimpresión 4ª serie 2001, México, p. 26). Conocimiento de la Tradición en este caso de una versión del mito, no obstante apropiación, conformación de una realidad en verso o prosa, cuento o poema, ensayo o novela.

El análisis mitocrítico aplicado a la Literatura no pierde su movilidad. Por el contrario, el apoyo en la «cuenca semántica» y el «mitema» establecen el desarrollo simbolizante de la Literatura y los mitos. El acto humano de con–memorar, «ser en el mundo», se repite para contar una y otra vez la Historia Sagrada, las apropiaciones del mito.

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* Salvador Lira (Zacatecas, Zac. 1987) es Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Ganador del Concurso Nacional de Creación Literaria Revuelta- Montblanc 2007, de la Revista Revuelta de la Universidad de las Américas de Puebla (UDLAP), en la Categoría de Poesía, con la serie de poemas titulada: «Versos de Sal y Sangre». Ha publicado el Libro/Ritual del Recuerdo (2010) editado por el Centro de la Gráfica de Zacatecas. La serie de poemas: «Del poema impertinente» será traducido al inglés por el Centro de Traducción y Estudios en Traductología (CETET) de la Unidad Académica de Letras, de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) y publicada en la Antología Voces Zacatecanas. Dos veces becario por la Academia Mexicana de la Ciencia y becario del Décimo Verano Científico de la Región Centro-Norte, con la investigación La generación Decadentista de México. Ha publicado en diversas revistas y suplementos del país, así como participado en congresos de Literatura, Poesía, Mitología, Tradición Clásica y Hermenéutica. Actualmente es becario dentro de una investigación dirigida por la Dra. Carmen F. Galán perfil Promep y en octubre próximo iniciará sus estudios de Maestría en Filología Hispánica en Madrid, España, por parte de la Fundación Carolina.

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