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LA REPTILA

Por Agustín Cadena*

En la curiara de doce plazas, todas ocupadas por indios, sólo Navidad se veía contenta. Iba descalza, arrojándoles mangos verdes a los lagartos que dormían en las riberas y gritándoles en su lengua palabras que hacían sonreír a los otros pasajeros. Y a medida que remontaban el río, su alegría iba creciendo.
Navidad tenía trece años, pero ya estaba sazona y el calor de su vientre se difundía en el aire llamando a los hombres. Era una princesa india, sí, pero también otras cosas: un espíritu indio, como las iguanas y los zamuros. Un reptil, le decían. Su virginidad olía a bestia.

Clemente iba a comprarla, conforme a la tradición de su gente. La niña le había gustado y, conociendo las costumbres de la región, le pidió que la llevara ante sus padres. Iba a verlos y a ofrecerles mucho dinero. Ella estaba de acuerdo porque veía en ello una oportunidad de irse a vivir a la ciudad y tener cosas buenas: ropa, zapatos. Por eso Clemente sacó los ahorros que tenía y se fue siguiéndola río arriba, hasta donde no había otra forma de llegar más que en lancha. Eran pequeñas comunidades separadas entre sí por muchos kilómetros de selva. La gente que vivía en ellas no hablaba español, y muchos no conocían la luz eléctrica ni habían visto un médico en su vida. La lenta navegación en cayuco era su único medio de contacto con el exterior.

Cuando llegaron al embarcadero, Navidad se apeó de un salto a pesar de que todos los demás, los que no se habían bajado antes en otros bohíos, tenían las piernas entumidas por el largo viaje.

Ya antes le había explicado a Clemente cómo debía comportarse. Así, a pesar de la barrera del idioma, las presentaciones tuvieron lugar de manera exitosa. La familia de ella, como las otras de la región, vivía en un conjunto de chozas de cañabrava. Su padre era un cazador viejo y su madre una curandera famosa en los alrededores por sus conocimientos. Entre los dos habían tenido cuidado de hacer a Navidad inmune a todos los venenos. «Incluso al del amor», dijo la madre en tono de broma. La muchacha tradujo con exactitud, sin que ningún movimiento de su rostro negara o afirmara lo que había dicho. En un rincón de la choza, sentada en el suelo, una mujer sin edad limpiaba frijoles negros en una jícara. Era hermana de Navidad —le explicó ella después a Clemente—, la única hermana suya que había conocido.

Después de que el solicitante pagó la cantidad convenida —Navidad le había dicho que regateara, pero él no quiso hacerlo—, la mujer que deseaba le fue entregada con las palabras indicadas por la tradición: «para su placer y servicio en la tierra». Los recién casados —la ceremonia del matrimonio se reducía a la entrega del dinero delante de todos los miembros de la comunidad— fueron conducidos a una choza apartada. Ahí podían quedarse el tiempo que quisieran. Dos niños al parecer mudos los llevaron.

Navidad anunció que iba a bañarse al río. «Sola», aclaró antes de que su marido fuera a decir que deseaba ir con ella, y desapareció por varias horas. Clemente se puso de mal humor. Ella lo había dejado solo sabiendo que no conocía el lugar y no podía hablar con nadie si necesitaba alguna cosa. Además había pagado por ella y deseaba hacer uso de sus derechos como dueño.

Se contentó con dar un paseo por los alrededores sin alejarse. Estaba enfadado y, para acabarla, en la tarde comenzó a llover. Los ríos padres echaron a correr por el cielo, bramando y anegando las esferas, y luego se precipitaron hacia la tierra en cataratas. Las grandes ceibas se estremecían con los rayos, que sólo a ellas no alcanzaban a arrancarlas, y los caminos convertidos en arroyos huían a las tierras bajas constelados de flores.

Navidad llegó casi de noche; ya la curiara que venía de paso en su camino río abajo se había ido. Clemente dormía en una hamaca y cuando despertó ya no estaba enojado. Tuvo que encender una vela para mirar a su esposa. Tenía ella los cabellos húmedos y llevaba un vestido plateado, abierto por los lados, y unos zapatos de plástico transparente que parecían de cristal; se había pintado los labios y los ojos, se había cubierto de diamantina las mejillas. Clemente recordaría emocionado la expresión con que Navidad, vestida así, lo miraba: estaba radiante. Sus pezones se insinuaban erectos bajo la tela del vestido y su piel difundía un calor nuevo, un perfume de flores. Era una princesa india, una princesa que se había vestido de prostituta para casarse. Y le sonreía con sus ojos de víbora. Le dio sus manos y le ayudó a levantarse de la hamaca. Clemente la abrazó, buscando en su espalda el cierre del vestido, y comenzó a besarla. Ella sintió que su entrada palpitaba, como con miedo, y mordió al amante con tal fuerza que le hizo brotar la sangre.

Poco a poco, la noche selvática fue silenciando las voces humanas, dejando sólo las de las fieras. Recargada su cabeza en el pecho de él, Navidad comprendió que así ocurrían las cosas entre los esposos y se puso a llorar. Lloró mucho.

En la mañana se levantó temprano y preparó café para los dos. Pensaba en su vida en la ciudad. Ya no andaría descalza. Tendría televisión.
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* Agustín Cadena es novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura. Ha publicado más de veinte libros, entre ellos “La lepra de San Job” (Planeta, 1995), “Tan oscura” (Joaquín Mortiz, 1998) y “Los pobres de espíritu” (Nueva Imagen, 2005). Ha colaborado en más de cincuenta publicaciones de diversos países. Premio Nacional Universidad Veracruzana 1992, Premio de los Juegos Florales de Lagos de Moreno 1998, Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1998, Premio Netzahualcóyotl del Gobierno de Hidalgo 2000, Premio Timón de Oro 2003, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004, Premio Nacional de Cuento José Agustín 2005. Parte de su obra ha sido adaptada para radio y televisión, antologada y traducida al inglés, al italiano y al húngaro.

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