Acronopismos y otras delicatesen Cronopio

Revista Cronopio Acronopismos y otras delicatesen Cronopio, Edición 75 Cronopio 0 Comments

LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO

Por Manuel Cortés Castañeda*

La papaya y el papayazo

Me lo dijeron muchas veces, me lo susurraron y me lo martillaron en los sueños, me lo gritaron en el aire que respiro, me lo quemaron en la piel como si estuvieran marcando ganado…

La culpa no es del asesino, -me dijeron-, sino de la víctima por no andar con los ojos bien abiertos, por quedarse dormido, por no cuidarse… me lo dijeron de mil maneras y mil veces…. el culpable es el que confía, el que ve en el otro un pedazo de si mismo, del que es capaz de mirarse mas allá de su propio espejo, -me dijeron…

La culpa me dijeron en un lenguaje más cierto, más objetivo, más puntual, más poético, es del que “da papaya”. “Nadie que se tenga en aprecio de si mismo, pasa por alto un buen papayazo,” fue la segunda premisa que me dibujaron a golpes de sevicia en mis pupilas…

Y entonces, luego de haber sido el blanco de un buen papayazo, una, dos, tres y hasta cuatro y más veces el mismo día, -por no decir a toda hora-, y el día siguiente y el de antes y el antes de ayer y el de nunca… busqué por todas partes el origen de esta expresión popular tan de moda, tan querida, tan a flor de boca, tan sustancia y esencia… Busqué por todas partes, y escribí muchas cartas a gente y expertos que sabe de estas cosas pidiendo ayuda, solicitando al menos una pista que me pusiera por buen camino, pero nada que pudiera iluminarme y me ayudase a comprender lo más íntimo de lo que en este pueblo me dijeron… busqué por todas partes sin encontrar ni huellas, ni residuos, ni nada parecido a tal acertijo…

Desde muy niño las papayas para mi fueron, y todavía lo son, mi fruta favorita… Recuerdo que iba con mis hermanos y a veces algunas amigas a contar todos los días las papayas que empezaban a madurarse en el papayal… a ver las papayas que parecían reventarse a cada instante de tanta delicia acumulada, una vez el sol había depositado en su intimidad la semilla de sus sueños y sus deseos…

Y las que se caían me las comía, nos las comíamos, como una maquina que ha perdido el control y lo único que puede hacer es seguir comiéndoselas sin poder dejar de comérselas… y me las untaba en el delirio, y se las untaba a mis amigas y hermanos, y nos las untábamos antes de regresar a mi cuerpo desnudo, su cuerpo desnudo, el cuerpo desnudo, también picoteado y agujereado de tantos pájaros que también se agolpaban en el papayal a contar las papayas más maduras… y a esperar que se cayeran de tanto sol para hastiarse y untarse como nosotros..

De todas las cartas que escribí preguntando sobre el origen de tal expresión, solo me llegó una respuesta, aunque no precisamente la respuesta que esperaba según mi pregunta…: “papaya, -me decía el remitente-, también se le llama al culo bien proporcionado, redondo y jugoso que tienen algunas mujeres… y que no podemos evitar mirar y disfrutar cuando caminan”…

Cuento de tontos

En este pueblo, me dijeron con mucho cariño, con suma devoción, con un amor inusitado, tatuado de besos, vestido de novia… me lo dijeron con simpleza, con extrema sinceridad, y con una inocencia que se parecía a la intemperie, a los ojos que miran cuando se enamoran… en este pueblo, -me dijeron- todos roban y se roban todo y a todos y entre todos, como si todos hubieran firmado un documento de fidelidad, de entrega total… un maridazgo sin par… como si todos hubiesen firmado un pacto secreto con una devoción infinita y sin un tiempo determinado, donde lo único que estaba permitido o escrito era agarrarse, y robarse y llevarse y arrastrarse lo que no es suyo, ni mío, ni de nadie…

Y roban tanto –me dijeron- que incluso algunos ya se han robado lo que todavía no existe, y lo que nunca existió, adelantándose a la materia y a la forma que le da vida a la sustancia y al objeto que define el deseo y su delirio… incluso lo que ya no queda por existir – me dijeron- se lo roban en un parpadeo, un relámpago, un tropezón que apenas se insinúa… como cuando se nos entra una mosca en la boca y no nos damos cuenta… y nos la tragamos y no nos damos cuenta … y la digerimos y la cagamos y no nos damos cuenta…

Roban a manotadas, a puñetazos, cuchillazos, a manos llenas… pero solo en este pueblo, a diferencia de todos los demás, donde también roban y mucho mas, se puede ver que los ladrones hacen cosas, invierten, generan fuentes de empleo, le dan existencia a lo robado y materia y formas y espíritu y divinidad… que aquí en este pueblo, -me dijeron- los ladrones son capaces de volver a crear con lo que se roban… a diferencia de otros pueblos donde se roban todo y nada se ve de lo robado, o de lo que se piensan robar… es que hay ladrones y ladrones , -me dijeron…

Y no importa, -también me dijeron-, que sea solamente para volver a robarse lo que hacen, con lo que ya se robaron y se vuelven a robar, porque este es el único pueblo, -a diferencia de tantos otros-, donde se ve que los ladrones hacen cosas, invierten, se preocupan por los demás… cada vez mas cosas y no importa que su apetito por volver a robar crezca de forma des-proporcional a lo ya robado porque cada vez invierten mas, aunque sea solo para volver a robar… y hay que reconocer y celebrar, -igualmente me dijeron-, que sigan robando, ya que el apetito de robar es cada vez más perfecto, más grande, más sutil, más poético, tatuado de besos, vestido de novia, siempre dispuesto a volvernos a amar , -me dijeron- …

Y para mi desgracia cuando dejé el pueblo empequeñecido de miedo y de tantas palabras que me dijeron, de casualidad metí la mano en uno de mis bolsillos y me di cuenta que llevaba conmigo algo que no era mío… y ahí dejé la mano metida, escondida todo el viaje para que nadie se diera cuenta de mi desdicha… de esta vergüenza que aún hoy en día llevo conmigo y que a toda hora se le pone la piel de gallina y los pelos de punta…

Las sandalias

En un abrir y cerrar de ojos, se llevaron las sandalias que mi esposa me regaló un día con los ojos llenos de amor… mis sandalias verdes, como el verde de la selva donde crecí y viví y soñé… las sandalias que me dijeron el silencio sin decirme nada… las sandalias con las que finalmente pude saber algo de mis pies y que me llevaban por ahí tantas veces sin que yo mismo me diera cuenta y sin saber por qué… ni para que…

En un instante estaban ahí en la playa, en las pupilas de mi hija que las miraba y las cuidaba y en un instante ya no había nada en las pupilas de mi hija… se las llevaron como si se las hubiesen llevado antes de habérselas llevado… como si no hubieran estado nunca en las pupilas de mi hija… estaban ahí y ya no queda nada, solo el susurro del viento en la arena donde las huellas que habían dejado mis sandalias tampoco estaban… se las llevaron puestas, quizás, así de repente como si no se las hubieran llevado… y la mirada de mi hija que se vuelve atónita y que se queda en mi mirada desconcertada y sin fondo..

Se las llevaron, como si nunca hubiesen sido mías… como si la mujer que me ama no me las hubiera regalado, con los ojos llenos de amor… como si no hubiera crecido y vivido y soñado con el color de la selva donde nací… como si la selva tampoco hubiera sido y estado y enhebrado lenta y febril cada uno de mis sueños, de mis delirios, de mis huecos sin fondo… se las llevaron como si el color de mis sandalias hubiera sido otro color y también el color de la selva un color desconocido para mi…

Se las llevaron sin que ni siquiera el que se las llevó se hubiese dado cuenta, quizás… o quizás ya eran suyas desde antes, aunque fueran mías… y yo que de tonto creí y todavía sigo creyendo que eran mías, que habían sido hechas a mi medida, -aunque me quedaran un poco grandes-, que habían sido hechas a la medida de la intimidad de la mujer que me ama y que me las dio un día con los ojos llenos de amor… un amor cada vez mas grande, como mis sandalias que aún ahora que se las llevaron parecieran quedarme cada vez más un poco más grandes..

Se las llevaron, primero de las pupilas de mi hija que pareciera que aún no sabe, que aún no se ha dado cuenta, que sigue atónita mirándome a los ojos como si no pudiera creérselo… y yo que con tanta certeza creí que eran mías, que iban a ser mías para siempre, como la mirada de mi mujer que me las dio un día con los ojos llenos de amor… aunque la verdad es que ahora que se las llevaron, no tenga mas remedio que reconocer que de seguro nunca fueron mías, que siempre fueron de otro, y era otro el que las llevaba puestas por ahí por todas partes sin saber por que, ni para que… que siempre fueron de otro, otro dueño, otro sueño, otro soñador… que era otro, que no era yo, el que las había recibido de las manos de la mujer que me ama y con los mismos ojos llenos de amor…

El regalo

Entré a la tienda… la mejor de todas las tiendas… la tienda que parecía haber sido hecha solo para mi, que parecía haber estado esperándome desde antes de la eternidad… entré con el corazón repleto de cosas desconocidas y el delirio que siempre se me acaballa en la intimidad cuando compro algo, apaciguado en mis pupilas… entré como una ola que golpea la playa y ya no está… entré como el que entra y nunca sale, como el que entra lleno de luz, como entra el que se ha enamorado por primera vez..

Entré y el tiempo se hizo pedazos entre mis manos, se escurrió por entre mis dedos como la arena cuando niños, desapareció como un hueco que aún espera su forma y su vértigo y que alguien se tropiece y se caiga de narices en su intimidad… entré y en el mismo instante de mi llegada, como si sintiera cierto temor de haber entrado, compré el mejor de los regalos.. . el regalo que quizás había sido hecho para mi y que por tanto tiempo había estado esperando por mi… no quise tomarlo y disfrutarlo con mis propias manos para no romper el hechizo antes de tiempo… como si no tocarlo para mi me diera el placer de sentir y de creer que el día que fuera abierto seria la primera vez que lo viera…

 

Me lo envolvieron en un papel color celeste y me lo metieron con suma delicadeza en una caja deliciosa como la felicidad que yo sentí al pagarlo, al saber que ahora era mío aunque no era para mi… salí de la tienda con mi caja en una bolsa, feliz como un niño que recibe sus primeros centavos por un pequeño trabajo y se los gasta sin medida y sin termino, como si hubiera recibido un tesoro por mucho tiempo escondido en uno de esos cuentos de fantasmas o aparecidos…

El camino de regreso a mi país fue corto, aunque fueron muchas las horas de vuelo… cuando el corazón palpita, como a el se le da la gana, las distancias y el tiempo pierden su sentido y su sustancia… y yo llevaba el regalo perfecto conmigo, el regalo ideal, como para ponerme a pensar en nimiedades como el tiempo y las distancias…El camino siempre es corto aunque sea largo y tortuoso cuando uno lleva un pedazo de dicha, un pedazo de amor en una pequeña caja, metida en una bolsa sin ningún encanto..

Durante todo el viaje no puede dejar de ver, no pude deshacerme de las manos delicadas que me lo envolvieron y me lo empacaron y me lo entregaron con una sonrisa de fruta madura y jugosa en los labios, en la boca, en las pupilas…

No había aún acabado de llegar a casa y lo primero que hice fue sacarlo de la bolsa y ponerlo en la mesa del comedor, temblando y febril y casi sin poder respirar de tanta felicidad… una mesa grande y donde mi regalo aunque pequeño parecía cada vez más grande, más regalo, menos tiempo de viaje, menos distancia, más amor…

Sin poder esperar un instante más, y aunque las palabras no podían encontrarse en mi boca, llamé a la mujer que insiste en que me ama y se lo entregué como se entregan los besos, los abrazos, los cuerpos ya desnudos y lamidos y comidos y chupados… se lo entregué como se entrega el último lamento una vez el amor hace click y todo se derrama y se inunda y ya no puedes ser mas que el otro que se queda dormido entre tus brazos, y el otro que ya no quiere ser mas que tú…

Lo abrió con la misma delicadeza de las manos que me lo habían envuelto y empacado y entregado… lo abrió como si sus manos se hubiesen deshecho del tiempo… lo abrió lenta y febril y como si se le hubiese olvidado respirar, pero la caja estaba vacía…

Loa aguacates

La suma que pagamos fue abultada… en este pueblo todos han terminado enganchados a una cadena interminable y retorcida de delitos y faltas, y todos, incluyendo el eslabón perdido, terminan recibiendo unas cuantas monedas, su cuota miserable, sin importar que un hueco mas se abra y se pudra en el tiempo y nos pudra…

Lo que estaba escrito en panfletos de muchos colores antes del viaje a la playa tan mentada y promocionada y atosigada de maravillas, poco a poco se fue diluyendo, extinguiendo como luces de bengala, hasta quedar en ceros… y en el autobús que nos llevaba todo había dejado de funcionar, aunque este seguía moviéndose como un animal herido de muerte y que está apunto de morirse todo el tiempo pero que no se muere aunque ya esté muerto… y lo peor era que algunos de los turistas llevaban criaturas de brazos y para colmo de males. Durante todo el trayecto, infectado de un calor infernal, un charlatán estuvo pidiendo e implorando que Dios nos acompañara y nos protegiera y nos cuidara… y que si no encontrábamos a dios en el fondo de nuestro corazón, entonces el viaje no tenia porque ser, -repetía una y mil veces como un energúmeno que ha olvidado lo que dice cada vez que lo dice, “rían que es dios el que se ríe en su sonrisa”, -también decía el energúmeno…

Fueron casi cuatro horas de viaje por lo poco que quedaba de una carretera, que había tenido sus momentos de gloria y sus historias durante la bonanza de la coca -me dijeron… -tres horas de huecos al destajo, al por mayor y al detal, y golpes y sobresaltos y frenadas y gritos y maldiciones y palabrotas que llenaban de espanto al charlatán que había perdido la voz de tanto dios… y la tonada interminable de una música monótona y pueril de la cual por fortuna he olvidado su nombre… solo recuerdo que me hervía como el calor en el cerebro, como una gota de agua ya sin agua y sin tiempo…

Viajaban con nosotros, como ya dije, criaturas de brazos y además varias mujeres preñadas, bien preñadas… y cada vez que el autobús se sacudía, y se resentía y mugía en los huecos y grietas y saltaba y se mecía sobre las piedras y troncos, yo escuchaba a las criaturas en su vientre pidiendo auxilio y por momentos veía que el autobús se inundaba de sangre, de lamentos, desechos, materias en descomposición, intestinos y mierda y miradas desde siempre ahogadas y podridas en la angustia y en el delirio…

La playa era hermosa, pero escasamente tuvimos tiempo de recuperarnos del viaje… la verdad que la playa le hacia justicia a algunas de las fotografías de los panfletos… la mayoría del tiempo lo gastamos tirados en la arena ayudándonos con los golpes, los moretones y los pinchazos que se nos habían acumulado y multiplicado en la espalda, el culo y las piernas… de repente volví la vista casi sin darme cuenta, y vi a las mujeres preñadas que estaban descansando tiradas todas juntas bajo un árbol, desnudas, intentando poner juntos los pedazos que les quedaban del viaje y las vi pariendo, abortando, desangrándose… y las criaturas amontonadas junto al árbol, ennegrecidas como la noche, el odio, el desencanto..…

No recuerdo si nos metimos al agua o no… lo más probable es que nadie lo hubiera hecho aunque era lo más conveniente y necesario… lo único cierto es que nadie tenia fuerzas de levantarse de la arena, de decir algo, de seguir maldiciendo y lamentándose, aunque hubiese sido, como meterse al agua, lo más conveniente… en una mesa retirada de la playa, que estaba bajo un toldo, el guía del viaje, el conductor del autobús y demás ayudantes comían y bebían y se reían como si estuvieran solos celebrando su propia muerte en un mundo podrido de huecos y de dioses extraños y charlatanes sin ningún encanto..

Un poco antes de que se hubiera puesto el sol, subimos nuevamente al autobús y regresamos, sumándole a la película del comienzo cuatro largas horas más… pero esta vez los improperios y las maldiciones y los lamentos y la voz del charlatán y su Dios y los niños de las mujeres preñadas y los de brazos pidiendo auxilio, se escuchaban como en cámara lenta, como en off, como en otro autobús que viajaba paralelo al nuestro, pero en otro mundo… como si solo se tratara de una película muda que de repente ha perdido su ritmo y sigue su carrera desproporcionada en el tiempo sin encontrar ni de milagro la salvación del abismo… y en la carretera aumentaban los huecos, y los dioses, y las mujeres preñadas, y la sangre que ebullía y subía y se desbordaba por las ventanas del autobús.

Por fortuna en la playa había un hombre negro casi desnudo vendiendo aguacates… unos aguacates grandes y deliciosos como los que mi madre partía en la mesa todos los días a la hora del almuerzo y de la cena cuando vivíamos en la selva… los mismos aguacates con los que nos untábamos el cuerpo los chicos y las chicas del pueblo antes de comernos a besos y lamernos y quedarnos exhaustos, abandonados como fantasmas a la intemperie, bajo un calor que quema o una lluvia que no cesa y los pájaros que de vez en cuando se atrevían a meter sus picos en los residuos que quedaban en los cuerpos…

Un hombre negro ahora más desnudo que nunca y el pelo ya blanco y con una sonrisa cada vez más amplia, cada vez más sonrisa y que parecía escaparse a cada instante de sus boca, y que parecía no tener ni principio ni fin… una sonrisa limpia y de un azul más intenso que el mar…

Los aguacates que vendía a los turistas y en los que escribía su nombre antes de entregárselos, y la sonrisa que nos borró los despojos del viaje durante todo el tiempo que estuvimos tirados en la playa, y que nos hizo olvidar de los golpes y moretones y pinchazos… es todo lo que me queda y recuerdo de ese viaje a los más inhóspito del infierno…

El vendedor de café

Con una mirada fuera de lo común, una de esas miradas que enamoran, pero que en el fondo producen cierto prurito, cierto desencanto, el vendedor ambulante de café, sin dejar de mirarme un solo instante a los ojos, -me dijo-, que antes del negocio del café había sido pescador… el mejor de toda la región, -me dijo-, pero que cierta circunstancias que no valía la pena recordar, que no venían al caso, -repitió-, no le había dejado de otra que dedicarse a vender café en cualquier parte de la ciudad, en las calles, las entradas a espectáculos, los cines, los prostíbulos… donde fuera que sus pasos y la algarabía lo llevaran,- me dijo-… algo tiene que hacer uno cuando tiene familia y obligaciones, -agrego-, con la misma mirada y una sonrisa que se le retorció en la comisura de los labios, como algo que de repente expira.

Iba de un lado a otro como un saltimbanqui con su cafetera enorme y pequeños vasos de plástico ofreciendo, o mas que ofreciendo imponiendo de cualquier forma su producto… por un momento me pareció que era uno de esos charlatanes que aparecían de repente vendiendo chucherías y menjurjes mágicos en las plazas de mercado de los pequeños pueblos y veredas y municipios y caseríos y hasta en las tribus indígenas, cuando vivíamos en la selva…

Sin dejar de mirarme a los ojos, me repitió, como si quisiera grabarme una a una las silabas de sus palabras en mis pupilas, “yo era el mejor pescador de la región, de toda la comarca, y ahora soy el mejor vendedor de café… nadie de todos los demás vendedores, que abundan, como usted mismo puede verlo como moscas, vende un café como el mío… tan exquisito, tan aromático y tan delicado como el mío… solo yo sé cómo hacerme con los mejores granos de toda la región y allende y molerlos a tiempo y poner solo la cantidad necesaria que requiere cada taza… la cantidad ideal, la que requiere cada paladar… por algo, fui el mejor pescador de toda la comarca y ahora el mejor vendedor de café”, -dijo una vez mas-, pero esta vez como si estuviera hablando consigo mismo…

Solo yo, sé preparar cada taza con una pizca de amor y una molécula de canela y dos o tres de cardamomo y nuez moscada y un poco de menta y el licor adecuado si alguien lo requiere… y seguía agregando ingredientes sin parar y no me quitaba los ojos de encima como si yo fuera el único cliente, de aquel día hecho a la medida de su perfección, de sus mejores días de pescador, los mejores granos de siempre, y las tazas y el café en la cafetera que parecía no agotarse y que se multiplicaba como un milagro ante la mirada insistente de un dios avaro que no conoce los limites de su apetito y su delirio… que se multiplicaba peligrosamente en mis pupilas que empezaban a nublarse como si amenazaran una tormenta inesperada…

Y callaba por momentos como si buscara la respiración y entre mas callaba mas hablaba y el liquido tinto seguía abundando en la cafetera y los aromas y sabores invadían los alrededores como una cosa enamorada que de repente se contaminaba y apestaba como los miasmas de un pantano aterido por el odio y el miedo…

No sé cuantas tazas de café me tomé ese tan desafortunado para mi… creo que las suficientes para sobrevivir a tanta desdicha… fueron tantas las palabras y tanta la mirada que no me di cuenta… solo recuerdo una pila de vasos vacíos y llenos de moscas que el viento solicito arrastraba y perdía en las calles, en las playas, en los teatros en los prostíbulos… en lo más recóndito de mi propia memoria y mis propios sueños…

De repente, dejó de mirarme a los ojos y vi que ahora el objeto de su insistencia, de su delirio, de su gramática visual, eran mis pies… ese día iba descalzo, y solo porque estábamos en la playa y porque me habían robado mis sandalias… sin levantar un solo instante los ojos y sin que tuviera que articular una sola palabra, escuché que me decía como a través de un hueco sin fondo, como si el silencio hablara, como si callar fuera decir, articular con suma claridad… me dijo: y por qué hoy no llevas las sandalias? Le contesté que mientras me zambullía un poco en el agua para refrescarme, alguien se había cargado mis sandalias, se las había robado… y entonces mientras el continuaba todavía con su mirada pegada a mis pies descalzos, como si estuviera buscando un punto vulnerable, algo así como el talón de Aquiles, escuché el eco de su voz que se revolcaba y se golpeaba contra las paredes de la nada y que me decía, “si alguien te robó tus sandalias es porque las necesitaba mas que tú. Esas sandalias nunca fueron tuyas, -me dijo-, aunque fueran tuyas, -me dijo-… si no, no te las hubieran robado,” -me dijo-…

Y entonces fue cuando yo, como si me hubiera despertado de un sueño que no era mi sueño, un sueño donde el único personaje que faltaba era yo, sin proponérmelo le tiré encima la taza de café caliente que me estaba tomando y sin pensarlo dos veces y como obedeciendo a un mandato secreto, a una misión que se me había encomendado hace mucho tiempo, lo golpeé en la cabeza repetidamente con fuerza hasta que perdió el conocimiento… lo golpeé con cierto odio y fastidio, tengo que decirlo… y rápidamente, antes que alguien se pudiera enterar de los hechos y llamar a la policía, le robé la cafetera y eché a correr… y corrí sin apenas darme cuenta que corría, corrí todo cuanto pude y es como si siguiera corriendo hasta el día de hoy, mientras escribo estas líneas y como si correr, escapar, largarme cuanto antes del lugar de los hechos, fuera mi único destino, mi destino final…

Definitivamente no creo que el mejor pescador de la región, hubiera tenido otro cliente que hubiera disfrutado tanto como yo de su café… soy adicto al café desde niño… mi madre en vez de darnos una taza de leche al desayuno, siempre nos servía una taza de café caliente sin leche y sin azúcar y sin nada… y también, como él, ella siempre se las ingeniaba, para hacerse con los mejores granos de la comarca, los más aromáticos, los granos perfectos… así que a pesar de que fui criado y amamantado con café, tengo que reconocer sin apelaciones ni dudas de ningún tipo, que nunca había sentido la necesidad de tomar café, ni lo había disfrutado tanto, como aquel día cuando dejé las sandalias en la playa mientras me refrescaba un poco en el mar y alguien se las robó, porque las necesitaba mas que yo…

La moneda

A veces no toma mucho tiempo mirar con claridad cuando estamos dentro de la luz o fuera de ella…

No hay nada que separe al señor NN número 1, del señor NN número 2, -alguien que yo no conocía me dijo, sin que se lo preguntara-. Su temperamento es el mismo, su odio es el mismo, su ego es el mismo, su resentimiento es el mismo y su delirio de poder también es el mismo… un dicho popular lo aclara todo con más eficacia y creo que no viene mal en este caso: “se trata de la misma perra, pero con distinto lazo y collar”, -también me dijo-.

 

Uno mataba todos los días a balazos, secuestros, bombazos… el otro todos los días con la calumnia, la mentira, la desidia… Uno mandaba flores a sus victimas para informarles que ya estaban muertos antes de matarlos, el otro un TRINO a las suyas, antes de declararles su muerte política y moral…

Alguien alguna vez me susurró al oído, sin que yo se lo pidiera: “ esos dos , sin duda alguna, son las dos caras de la misma moneda, la moneda perfecta, la moneda ideal, la moneda por excelencia, la primera moneda que se acuñó para celebrar nuestra patria, nuestra gloria tantas veces cantada y venerada, la gramática de nuestra sangre podrida, el agujero sin fondo de nuestro destino”… -recuerdo que me lo dijo con lagrimas en los ojos-… y por primera vez sentí miedo de que sus lágrimas fueran las mías…

Alguien mas, si no estoy mal, un poco mas tarde, el mismo día, me habló de geografías perversas, de pueblos elegidos caídos en desgracia, inteligencias superiores que se pudren de odio, ideales que se hacen mierda en la psicosis… este segundo susurro, sin embargo, no aparece en el epitafio de la tumba, el epitafio de la gloria, el epitafio de la eternidad… no debería aparecer. Nada tiene que ver el lugar donde hemos nacido, ni esa cosa monstruosa que llamamos carácter de los pueblos, con nuestro destino, nuestro amor por el odio, la cuchillada fácil, el balazo fácil, la envidia que se nos hincha y se nos rompe en los bolsillos. Si no se puede ser “yo y las circunstancias”, mucho menos las circunstancias y yo…

El uno sin que todavía haya pasado mucho tiempo de su muerte, ya hace milagros, se ha convertido en un santo… el primer Robín Hood con una aureola de luz que sigue iluminando a sus tantos, a los suyos, a los que saborearon y siguen deleitándose con los frutos deliciosos cultivados con la sangre de tanto inocente, tanto horror… Pronto no tendremos tres santos, sino cinco (-dos mas ya vienen de camino-) en nuestro santoral nacional… así los asesinos podrán dividir el peso de sus mandados y encomiendas y diversificar el ritual y la formula para que su misión llegue sin ningún accidente y mas eficacia a buen termino final… siempre es bueno tener dos o más elegidos que lo cuiden a “uno” cuando tiene que enfrentar una misión difícil, un mandado infame, una razón sin ninguna razón…

El otro, aún con vida, también ha sido tocado por los artificios de la santidad… el salvador de la patria lo llaman, el ciudadano por excelencia, el colombiano ideal… y se pasea a sus anchas por los salones del odio allende los mares y los ríos y las quebradas, con su sequito de monstruosos inquisidores promocionando y vendiendo y firmando su diccionario exquisito de la pos-verdad.

Esperemos que su santidad el papa Francisco en su viaje a su tan amada Colombia, no se le de por canonizarlos antes de tiempo, porque entonces si que ya no quedaría ninguna esperanza, ni una sola grieta por donde entre la luz, ni una sola mano que se nos tienda a la hora del precipicio… tendríamos que seguir pagando nuestras deudas, las contraídas y las aún no contraídas, y las deudas de los otros en las mismas y con las mismas, con la misma moneda de siempre, la única moneda, la moneda perfecta, la moneda ideal, la moneda del odio que hemos acuñado con tanto amor, desde siempre, desde antes, desde nunca, desde nuestra propia intimidad…

* Manuel Cortés Castañeda, nacido en Colombia, es licenciado en Español y Literatura de la Universidad Nacional Pedagógica (Bogotá), director y actor de teatro. Cursó estudios de doctorado en la universidad Complutense (Madrid). Enseña español y literatura del siglo XX en Eastern Kentucky University. Ha publicado seis libros de poesía: Trazos al margen. Madrid, España: Ediciones Clown, 1990; Prohibido fijar avisos. Madrid, España: Editorial Betania, 1991; Caja de iniquidades. Valparaíso, Chile: Editorial Vertiente, 1995; El espejo del otro. París, Francia: Editions Ellgé, 1998. Aperitivos, Xalapa, México: Editorial Graffiti, 2004; Clic. Puebla, México: Editorial Lunareada, 2005. Dos antologías de su trabajo literario han aparecido recientemente: Delitos menores, Cali, Colombia: Programa editorial Universidad del Valle. Colección Escala de Jacob, 2006; y Oglinda Celuilalt, Cluj-Napoca, Rumania: Casa Cărţii de Ştiinţă, 2006. Ha sido incluido en antologías tales como Trayecto contiguo. Madrid, España: Editorial Betania, 1993; Los pasajeros del arca. La Plata, Buenos Aires, Argentina: El Editor Interamericano, 1994. Libro de bitácora. La Plata, Buenos Aires, Argentina: El Editor Interamericano, 1996. Donde mora el amor. La Plata, Buenos Aires, Argentina: El Editor Interamericano, 1997. Raíces latinas, narradores y poetas inmigrantes, Perú, 2012. Además, escribe sobre poesía, cuento y cine. Actualmente está traduciendo al español textos de poetas norteamericanos de las últimas décadas: Charles Bernstein, Leslie Scalapino, Andrei Codrescu, Susan Howe y Janine Canan, entre otros.

VN:F [1.9.22_1171]
Califica el Articulo
Rating: 0.0/5 (0 votes cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0 (from 0 votes)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *