Invitado del mes

Revista Cronopio Edición 75 Cronopio, Invitado del Mes 0 Comments

FATHER BOB

Por Carlos Mellizo*

No era la primera vez que había matado a un hombre. Su primera víctima había sido un compañero de seminario, muy aficionado al griego y al latín, uno de los alumnos más destacados de la clase. Se llamaba Mark Fenton. Cuando este chico perdió la vida sólo le faltaba un año para salir ordenado de presbítero y empezar a decir misa en alguna diócesis del Estado. En la noche del accidente ocupaba el asiento delantero junto a Father Bob, entonces sólo seminarista, que era el que conducía la furgoneta.

El programa de estudios al que los seminaristas se atenían abundaba en asignaturas de teología dogmática, teología moral, lenguas clásicas, historia eclesiástica, liturgia y oratoria. A Bob las que más le gustaban eran la oratoria y la liturgia. En las clases de oratoria aprendía a dirigirse a los fieles en pláticas y sermones, pasando de lo anecdótico a lo categórico, de lo particular a lo universal. Había que empezar contando una historia cualquiera, igual que en las parábolas del Evangelio, y de ahí sacar lecciones morales aplicables a todos los seres humanos: historias como la del hijo pródigo, o la del sembrador, o la de Lázaro y el rico. Lo difícil y bonito, pensaba Bob, era inventar parábolas nuevas para de ahí extraer máximas de conducta cristiana que poco a poco fuesen ayudando a los fieles a alcanzar la salvación eterna.

En las clases de liturgia, a los seminaristas se les enseñaba a ceñirse el alba con el cíngulo, a echarse la estola por encima de los hombros, a vestir la casulla del color debido —blanco, verde, morado o rojo, según las diferentes estaciones litúrgicas del año—, a cebar la acerra o naveta del incensario con cenizas candentes y esparcir luego el humo sobre la comunidad de fieles, a sostener debidamente el cáliz y el copón durante la ceremonia eucarística, a cubrir y levantar la santa custodia en las bendiciones de los sábados, etcétera. También se les enseñaba en aquellas clases a recitar las palabras debidas para cada función en particular. Bob tenía especial habilidad para manejar objetos sagrados y para decir lo que en cada ocasión tuviera que decirse.

Mark Fenton había perdido la vida en la carretera de Happy Jack después de una fiesta. Había sido una fiesta limpia, típica de seminaristas devotos que de cuando en cuando se divertían castamente tomando unas cervezas en casa de algún feligrés. La furgoneta que Bob conducía había chocado en la oscuridad con una pareja de alces. Como estaba anocheciendo, la visibilidad en los altos de Happy Jack no era muy buena. La luz del sol apenas alumbraba, y la de los faros no era suficiente para distinguir bien los bultos del camino. A veces sólo se trataba de sombras; también podían ser ramas que el viento de la sierra había desprendido de un abeto o un roble. En aquel caso fueron dos alces de verdad que habían aparecido de pronto a la salida de una curva, como surgidos de la nada. Bob no los vio hasta un segundo antes del topetazo, sin tiempo ya para frenar. Fue un golpe brutal y devastador en el que la furgoneta Chrysler que rodaba a más de setenta millas por hora quedó reducida a un montón de chatarra. De los cuatro seminaristas que iban en ella, tres sufrieron heridas graves pero lograron salvar la vida. Mark Fenton murió al instante, degollado por el cristal del parabrisas. También fallecieron los dos alces.

En el hospital donde fueron ingresados los heridos se les hicieron los pertinentes análisis de sangre, y fueron éstos los que revelaron que en el aparato circulatorio de Bob el índice de alcohol era muy superior al legalmente permitido para conducir un automóvil dentro del Estado. En otras palabras, que Bob estaba borracho y se había descuidado pisando el acelerador. Iba a más de setenta millas por hora en un tramo de carretera donde el límite de velocidad máxima eran sólo cincuenta y cinco.

Es lo que podía suceder en fiestas como la de aquella noche. Los chicos reían, cantaban, veían la televisión, charlaban tomando pizza y bebiendo unas cervezas. Ésa era la costumbre de millones de jóvenes americanos los fines de semana, y los seminaristas no iban a ser una excepción. Ellos eran también personas de carne y hueso que tenían derecho a divertirse. Exceptuando las actividades de tipo sexual, prácticamente todas las demás les estaban permitidas, siempre y cuando se realizasen con la moderación debida.

La circunstancia de que Bob hubiera bebido más de la cuenta la noche en que Mark Fenton perdió la vida tuvo graves consecuencias. Los padres de Mark se quedaron sin su hijo. Los gastos médicos fueron astronómicos para todos. El trauma psicológico sufrido por parientes y amigos de las víctimas fue brutal. A Bob lo detuvieron, acusado de homicidio involuntario y de lo que, con expresión eufemística, se dice en América «conducir bajo la influencia». Las familias del difunto Mark y de los heridos exigieron indemnizaciones por valor de más de un millón de dólares, que la compañía de seguros del seminario abonó religiosamente. Gracias a la intervención del Obispo de la Diócesis y a los benevolentes informes médicos firmados por tres doctores católicos, a Bob sólo le salieron dos años de cárcel. Cumplida la sentencia, regresó al seminario para continuar allí sus estudios. Tuvo, eso sí, que pasar los exámenes necesarios para que se le concediera de nuevo el permiso de conducir, pues a raíz del accidente se le había retirado el que tenía.

Nadie en el Seminario sabía con qué fuerza había sentido Bob la vocación al sacerdocio, ni siquiera Bob mismo. Huérfano de padre y madre desde muy niño, y sin hermanos, vivía con una tía suya católica que parece que fue quien le metió las primeras ideas religiosas en la cabeza. Así empezó todo. La tía murió ya mayor, de cáncer, con la alegría de ver a su sobrino ingresado en el seminario y listo para seguir la carrera sacerdotal.

En su acepción más común, vocación significa llamada o inclinación a cualquier estado o carrera. En el caso de las profesiones religiosas, la vocación es más concretamente una inspiración divina mediante la cual Dios llama a personas escogidas por Él mismo, con el fin de que desempeñen funciones pastorales [1]. Dentro de la Iglesia Católica, el sacerdote tiene como misión principal la de curar las almas de sus feligreses mediante la administración de los sacramentos y la celebración de la misa y de otras funciones litúrgicas. También se espera de él una especial dedicación a las obras de misericordia y catequesis.

Tras salir de la cárcel, y antes de volver al seminario, Bob tuvo que mantener largas conversaciones con el rector y con un psiquiatra que en su juventud había estudiado para jesuíta y que ahora se encargaba de los casos difíciles dentro de la Diócesis.

—Has cometido, hijo mío —le dijo a Bob el rector en una de aquellas charlas—, una falta grave, sólo perdonable si haces la firme promesa de no reincidir en los malos hábitos que te llevaron a cometerla.

—Sí, padre —respondió el muchacho—. Así lo veo yo también. Prometo seguir las normas y estilo de vida que se esperan de un aspirante al sacerdocio. Además —agregó Bob con sinceridad encomiable—, ¿qué otra cosa podría hacer yo ahora? Llevo mucho tiempo preparándome para este oficio, y sería ya tarde para empezar otro tipo de carrera. Conozco bien las técnicas y doctrinas que aquí se me han enseñado. Creo que podría hacer buen servicio a la Iglesia como cura parroquial.

En el curso de estas conversaciones, Bob fue contándoles al Rector y al psiquiatra detalles relacionados con la noche aquélla en que él y otros seminaristas habían estado bebiendo. Como quería sincerarse del todo, les dijo que el alcohol era siempre personaje principal en fiestas así. No había mujeres, no había baile. La diversión consistía en hablar y beber, comentando el partido de fútbol que daban en la televisión, o las últimas noticias de la política, o alguna película tolerada para menores que los chicos habían visto recientemente. Todos bebían, si bien él quizá tuviese una especial tendencia a hacerlo: una suerte de instinto, parecido en su fuerza a lo que son el hambre o la inclinación sexual en los individuos de la especie.

—A lo mejor —se aventuró Bob a sugerirle al rector en una sesión de confesionario—, el que esta tragedia haya ocurrido en una época temprana de mi vida ha sido una bendición de Dios, un aviso que de ahora en adelante me mantendrá alerta ante los peligros del alcohol. Sí, es horroroso lo que ha pasado; pero, como le he oído decir a usted algunas veces, los designios divinos son inescrutables, y quién sabe si todo esto no habrá sido obra de la mano oculta que me sostiene y me guía.

Bob fue admitido nuevamente en el seminario, entre otras razones porque en la Diócesis escaseaban las vocaciones y no había mucho de donde escoger. Tras dos años más de estudios —durante los cuales no se observó ninguna anomalía en su conducta—, el joven salió ordenado de presbítero y fue destinado a una parroquia en el corazón de las Montañas Rocosas. Bob se convirtió en Father Bob.

Casi todas las iglesias católicas y no católicas de esa región de los Estados Unidos son iguales: simples construcciones de madera plantadas en pequeños pueblos perdidos en la sierra o surgidos como por milagro en lo hondo de un valle. Los valles y los altos de esa parte del mundo, blanqueados por nieves casi perpetuas, son el hábitat natural de antílopes, alces, ciervos, osos, lobos y zorros —por mencionar tan sólo algunas de las especies salvajes que allí se crían. Los veranos son allí luminosos pero de duración mínima. Apenas las praderas han empezado a verdear, cuando ya se sienten los vientos del otoño y las heladas del invierno. Todo se tiñe entonces de amarillo y de blanco durante ocho meses.

Father Bob había nacido allí, y estaba acostumbrado a los duros inviernos y a la vida en soledad. Además, ésa era una de las cosas que en el seminario les habían dicho infinidad de veces: que la existencia del cura rural suele ser solitaria y fría; que el cura no podía esperar verdadero calor hogareño al final de una jornada de trabajo. Podía, sí, contar con un techo y una despensa que lo protegiesen del frío y del hambre, pero sin la compañía de una mujer con quien compartir la mesa y el lecho, una mujer que se arrimara a él bajo las sábanas y escuchase atenta sus confidencias. Algunos curas vivían con su madre, siquiera por unos años. Pero no era lo mismo. Uno de los mandatos del Dios católico había sido que hombres y mujeres entregados a su servicio se abstuvieran de todo contacto sexual. Dios no quería que estas personas conocieran directamente los secretos de la carne. A las monjas no se les dejaba hacer nada. A los curas y monjes se les permitía, sólo por razón de su oficio, escuchar los íntimos secretos que algunas mujeres les contaban en el confesionario. Pero de ahí no podían pasar.

Sus primeros meses de párroco estuvieron repletos de ilusiones. Father Bob llegaba dispuesto a vivir su profesión sacerdotal con toda la fuerza de quien espera paz en esta vida y bienaventuranza en la otra: misas, primeras comuniones, novenas, bendiciones sabatinas, via–crucis, triduos, rosarios, bautizos, confirmaciones, ejercicios espirituales, bodas, santos óleos, horas de confesionario, entierros. Pero llegaba la Nochebuena, o la Noche de Reyes, o el Domingo de Resurrección, o cualquier otra gran fiesta cristiana de las que se celebran en familia, y Father Bob sentía más agudamente que nunca la punzada de la soledad. Es cierto que siempre había matrimonios católicos que le invitaban a su casa para que no cenase solo. Pero le invitaban precisamente para eso: para salvarlo de estar sin nadie en fechas así. Y era la voluntad redentora de aquellos feligreses lo que más daño le hacía; pues no podía quejarse de su triste condición en voz alta (lo cual hubiera sido impensable), y estaba obligado, siempre que le preguntaban, a expresar agradecimiento y gozo verdaderos.

Es difícil precisar cuándo empezaron de nuevo sus aventuras con el alcohol. No había vuelto a tocarlo desde su reingreso en el seminario, aunque muchas veces, durante sus largas horas de soledad nocturna, se le había ocurrido la idea de hacerlo. Hubo un día en que rompió la promesa, y Father Bob regresó a las costumbres de antaño. El alcohol volvió a ser su defensa y su consuelo. Cuando el peso del día se acumulaba en su cuerpo, y el cerebro empezaba a enviarle pensamientos turbios, la idea de tomarse unas copas frente a la pantalla del televisor era su única fuente de sosiego. Aquellos malos pensamientos que atormentaban de cuando en cuando a Father Bob se referían por lo común a alguna sombra femenina que inesperadamente había surgido en el horizonte de su vida. Por ejemplo, una mujer desconocida que había recibido la comunión un domingo y luego había desaparecido para no volver jamás. La tortura de tener que olvidar el perfil de sus pechos o el contoneo involuntario de sus caderas, obligaba a Father Bob a recurrir a cualquier solución posible, y había descubierto que el alcohol quizá fuera una de las menos malas. Otro mal pensamiento podía ser el recuerdo asombrosamente nítido de una estampa pornográfica prohibida, inquietante, que había visto cuando niño y no se le borraba de la memoria. Otras veces no eran cosas del sexo; se trataba de algo tan simple y brutal como la evidencia devastadora de que el mundo carecía de sentido y de que no existía Dios, es decir, el descubrimiento de que estábamos solos. El rato ante el televisor con la copa en la mano se convirtió para Father Bob en una terapia necesaria que le permitía seguir vivo.

Su segunda víctima fue un peatón que cometió la imprudencia de cruzar la calle cuando el semáforo estaba rojo. No le echaron la culpa a Father Bob. Además, el peatón era un delincuente de raza negra que corría huyendo de la policía después de robar un cartón de cigarillos en una gasolinera. Fue él quien se metió bajo las ruedas del automóvil. Todo embarazoso y trágico, pero sin delito aparente por parte del cura, quien horas después —ya en la rectoría y por orden del Obispado— se sometió a una prueba de alcoholemia que reveló una tasa de alcohol muy superior al 0,08% permitido por las leyes del Estado. Father Bob había llegado a ese nivel de alcoholismo en que el paciente no está ya nunca borracho, pero tampoco está nunca sereno: una especie de penumbra cerebral, suficiente para alumbrar en las tareas ordinarias de la vida, aunque no para ver claro en momentos de urgencia. Como la Policía no hizo esta vez indagaciones, el Obispo decidió no tomar medidas disciplinarias que comprometieran el buen nombre de la Diócesis. Tuvo una larga conversación con Father Bob, y eso fue todo. Lo importante era que la cosa no trascendiera más de lo necesario y que el cura pudiese continuar desempeñando sus funciones como si no hubiera pasado nada. Lo destinaron a otro pueblo, no muy diferente del primero. Oficialmente fue un simple intercambio de párrocos, una de esas reorganizaciones diocesanas que tenían lugar de cuando en cuando y que no despertaban sospechas en nadie. Algunos feligreses conocían el pasado de Father Bob, pero eligieron no decir nada para darle así al cura más oportunidades de empezar otra vez desde el principio.

En el nuevo destino Father Bob pronto logró establecer sus rutinas. Sólo cambiaron algo las horas del servicio y las horas del alcohol. Todo esencialmente igual a lo de antes.

Y luego vino el tercer muerto, un niño de siete años que corría a su casa después de bajarse del autobús escolar —uno de esos autobuses amarillos en los que, antes de cada parada, se encienden unos pilotos intermitentes en su parte delantera y otros en su parte trasera, y de cuyos laterales salen dos octógonos rojos con la palabra STOP en el centro—. Tanto los vehículos que ruedan en la misma dirección, como los que vienen en dirección contraria, están oligados a frenar y a quedarse quietos hasta que esos autobuses escolares sueltan su preciosa carga y vuelven a ponerse en marcha. La razón de tantas precauciones es que los niños, agitados por las actividades del día, hambrientos, cansados, deseando llegar cuanto antes a sus casas, no se fijan en nada. Los chicos que tienen que cruzar al otro lado de la calle lo hacen sin mirar si vienen coches o no. Algunos corren como locos, a pesar de las advertencias que tantas veces les han hecho sus padres.

Troy García era el nombre del niño que murió en esta ocasión atropellado por Father Bob. Acababa de bajarse del autobús y estaba cruzando la calle a todo correr —un camino vecinal, realmente— con la mochila al hombro y los flecos de la bufanda volando al viento. En lo único que pensaba entonces era en la merienda de enchiladas que todas las tardes le tenía preparada su madre, una mujer de cuarenta años que se llamaba Rosenda García y que había emigrado ilegalmente de México con el reclamo de cosechar maíz en una granja de Nebraska. Luego se había quedado a vivir con Troy Nelson, el capataz que tenía a su cargo la supervisión de los jornaleros. Este hombre, un americano enfermo de enfisema, se fijó en los pechos de Rosenda nada más verla y la dejó embarazada a los pocos meses de estar juntos. Como Rosenda le había dicho que quería dar a luz y quedarse en América, el padre la traspasó, antes de morir, a un ranchero de un Estado vecino que tenía empleo para ella. Allí se dedicaba Rosenda a labores de limpieza. Vivía en una especie de choza con el pequeño Troy, a un tiro de piedra de la casa de los dueños del rancho. Se conformaba con su modesto trabajo y con su hijo, un chico de piel morena y ojos azules que hablaba inglés por los codos y que, a decir de la maestra, era el más listo de la clase. Troy era lo único que Rosenda tenía hasta la tarde en que Father Bob no supo frenar a tiempo y se llevó al pequeño por delante.

A los pocos días de quedarse sin hijo, la madre se abrió las venas con un cuchillo de cocina.

Los trámites legales posteriores al atropello del pequeño Troy fueron largos y sombríos para todos. Las fuerzas de la Diócesis no salieron esta vez en defensa del cura con el mismo ardor que antes. Quizá se habían dado cuenta de que llegaba el momento de ceder, de dejar que la naturaleza siguiera su curso. A Father Bob le salieron quince años en el penal de Rawlins. La Iglesia no pudo hacer mucho por él durante los años en que permaneció en la prisión cumpliendo condena y aprendiendo el oficio de soldador. Fue allí, además, donde Bob se enamoró de otro preso con el que no pudo estar mucho tiempo porque este hombre salió de la cárcel a poco de iniciarse la relación. Parece que llegaron a quererse de verdad. El ex–presidiario prometió volver a visitar a su amigo con frecuencia, pero nunca lo hizo.

Un sacerdote encargado de este tipo de funciones iba a Rawlins una vez al mes y hablaba con Father Bob de lo divino y lo humano. Entre los asuntos más tratados en aquellas conversaciones estaba el del futuro del presbítero. ¿Qué haría después de cumplir su condena? ¿Le permitiría la Diócesis reasumir obligaciones pastorales en algún sitio? Sería arriesgado hacerlo, pero tampoco había que olvidar que la mies era mucha, y los obreros pocos.

Afortunadamente para todos, no fue necesario tomar decisiones sobre esta cuestión. Una mañana, cuando el guardián de turno abrió las puertas de las celdas para que los presidiarios salieran a desayunar, Father Bob no salió de la suya. El guardián entró para ver qué pasaba, y al hacerlo tropezó con el cuerpo del difunto. La autopsia reveló que la muerte, producida por una hemorragia cerebral, había sido repentina y que Father Bob había dejado este mundo sin sufrir apenas.

NOTA

[1] Es también posible que la llamada de Dios sea a una vida de contemplación y trabajo solitarios; una llamada al ora et labora propio de la existencia monacal. Pero Bob no estudiaba para monje, sino para cura.

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* Carlos Mellizo. Profesor Emérito Distinguido de Filosofía en la Universidad de Wyoming, y también docente de Literatura Española en la misma institución, forjó un estilo propio en su calidad de prosista de ficción: Los Cocodrilos (Madrid, Indice Editorial, 1970), Historia de Sonia y otras historias (Tempe, AZ, Editorial Bilingüe, 1987), Una cuestión de tiempo (Miami, FL, Ediciones Universal, 1991), Un Americano en Madrid y otros amores difíciles (Madrid, Editorial Noesis, 1997), La lengua de Buka y otros casos singulares Ediciones Nuevo Espacio, 2004) y Antes del descenso y otras palabras finales Greeley, CO, Leyenda Publishing House, 2004). Es también autor de numerosos ensayos, y traductor de obras canónicas de filosofía y teoría política, como Leviatán y De Cive, de Thomas Hobbes, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, de John Locke, Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen, Investigación sobre los principios de la moral, de David Hume y Autobiografía de John Stuart Mill, entre otras. Carlos Mellizo es Miembro Correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. En el año 2013 le fue concedida por el Estado Español la Cruz Oficial de la Orden de Isabel la Católica en reconocimiento a su comportamiento extraordinario de carácter civil como profesor e investigador.

 

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