Libreta Cronopio

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LEVE RECORRIDO POR UNA OBRA DE MICHEL TOURNIER

Por Pablo García Arias*

El pasado 18 de enero de 2016 murió Michel Tournier. Cada vez que un escritor notablemente silencioso, fulgurante y sereno, de pensamiento tanto más ebrio cuanto más sobria, callada, apacible y alejada del ruido social es su vida cotidiana; cada vez que un hombre de letras, que aporta a ese Universo Babélico de las palabras, nuevas y robustas sintaxis, obscuras y penetrantes dicciones, ritmos de martillo al tiempo que fonemas balsámicos; cada vez, en fin, que un escritor pausa la lengua y enseña el arte mayor de la sustracción en la escritura, y pasa por nuestras narices y no lo vemos en su noble y milenaria agudeza, por estar demasiado ocupados fijando la atención en la literatura exclusivamente actual-para-el-mercado, se produce la urticaria atroz de la consciencia.

Ciertamente, conocemos bien el escolio gomezdavileano: «nada más raro que quien afirma, o niega, no exagere para halagar o para herir» [1]. Las siguientes líneas, pues, no son una afirmación elogiosa, sino la necesidad de ahondar en un misterio, en un rostro que hasta ahora ha mostrado por mucho un cuarto de su faz, y que por lo demás, como a Nietzsche, como a Voltaire, como a Victor Hugo (mutatis mutandis), nunca se la verá completa. Sin duda tales comparaciones sonrojarían de risa a Tournier, pero, ciertamente, el tiempo es menos temible porque mata que porque jerarquiza.

Uno de los pocos libros que componen esa pequeña magna obra, es un compendio compuesto de ensayos y se denomina, muy asertivamente, El vuelo del vampiro. Los vampiros aquí son las letras apetentes, que en cuanto se ven libres gracias a la apertura de su gruta, de su portada, salen volando a la garganta del lector, a chupar su sangre hasta que de éste quede poco, para luego esperar la siguiente y (des)afortunada víctima. En ese sentido, se comprende que se trate casi de una extraña miscelánea. Michel Tournier avanza entre vampiros, es decir, entre libros abiertos, estudiando sus dientes, sus uñas, sus alas, su ternura grotesca. Ya desde el epígrafe se abren las puertas al clima de los nocturnos relatos tenebrosos y pesadillezcos, es decir, fuertemente infantiles:

C’est en lisant qu’on devient liseron [2].

 

El crecimiento desmesurado de las habichuelas mágicas comienza entonces a componer una enredadera cuyo primer asidero es un estudio —a la manera de Jules Michelet, veremos por qué— sobre Tristán e Isolda. Un muchacho cruelmente herido, abandonado a los remolinos y las corrientes de los mares de Irlanda, conduce a Tournier a resemantizar esa historia (como lo hizo con Gilles de Rais y la doncella de Orlenas), y encontrar que además de una tragedia amorosa, se trata de una novela de bizarra brujería, donde las hierbas mágicas, los venenos, las destilaciones, testimonian el inservible coraje de un ser que se enfrenta a los caprichos de las sibilas. Para hablar de Tristán e Isolda, el escritor francés hubo de recurrir a numerosos subtextos: el personaje Orgón de Tartufo, Anfitrión, de Plauto, donde resalta el concepto de Sosia [con «c» en el original N. del e.] («doble»), como criado ominoso que a su vez se desdobla en otro Socia que lo agrede. Tristán e Isolda, Isolda y Tristán: es este pensamiento en producción lo que nos fecunda. En tiempos apocalípticos como el siglo XXI (tan apocalípticos como lo han sido, por lo demás, todos los siglos, investidos sin embargo de incontables génesis y éxodos), en donde un orden social, por no decir «el» orden social, se llama entre otras cosas FMI, siempre es bueno que alguien nos recuerde que «la pasión adúltera de Tristán e Isolda, la alianza de Fausto con el diablo, el deseo ardiente y destructor de Don Juan, la soledad salvaje de Robinson, el sueño extravagante de don Quijote son otras tantas maneras de decir no a la sociedad, de adoquinar su pavimento regulado» [3].

Si el concepto de brujería tiene aquí algo de ruinoso, serán las ruinas construidas por Hugo en Notre-Dame, por Chateaubriand, por Musset; ruinas insufladas por la fisionomía y la sed de Gargantúa, al mismo tiempo que por la sonrisa solitaria del Gato de Cheshire. Tournier pasa rápido la página, entrega la otra vena, y su encuentro, que es el nuestro, es ahora con Charles Perrault y una de sus obras cenitales: Barbazul. Tres formas del relato corto: el cuento, la novela breve, la fábula, conjugan la verosimilitud de la inverosimilitud. Una barba negra, tan negra, a la luz de un rayo de sol, produce un umbral aristocráticamente azuloso, así como el pensamiento de la bilis negra cambia de coloración dependiendo del humor del asesino seductor…

Al interior de un paseo a través de este relato, Tournier termina, entre enredaderas, denunciando el modo en el que Rousseau acusa a La Fontaine de pervertir a la juventud, al enseñarle la inmoralidad en lugar de la moralidad y las buenas maneras. ¿Cómo se llegó a este punto? A través de un funambulismo sintáctico y narrativo profundo. Por lo demás, basta leer Las Confesiones, de Rousseau, para contemplarlo a él, de manera testimonial, autobiográfica, como el inmoralista por excelencia. Jean-Jacques Rousseau, el claro ejemplo de un «enfant terrible», prolongando el concepto de Jean Cocteau.

En esta línea de ideas, Tournier se detiene acto seguido en la historia de un tal Henri de Campion (militar francés del siglo XVII); revela el verdadero sentido de una semántica que se renueva y cambia de valor aquello que toca: hemos mencionado el concepto de infancia, de infante. Pues bien, no sobra recordar (y nos lo recuerda El vuelo del vampiro, libro cuyas reediciones cesaron ¡hace un buen par de décadas!), que las ideas que con relación a los niños predominaban en la civilización occidental del siglo XVIII, eran, cuando menos, de desconfianza. Con respecto al niño, los hombres «ilustrados» sólo veían ignorancia, debilidad, suciedad, defectos, estupidez. «La miseria física e intelectual del niño era índice de su bajeza moral. Bossuet fue concluyente: ‘la niñez es como la vida de un animal’. Bérulle va más lejos aún, si cabe: ‘la infancia es el estado más vil y abyecto de la naturaleza humana; sólo la muerte es peor […] La infancia de Cristo no será poetizada hasta el romanticismo».

Para los hombres de la edad clásica la frase de Cristo: «dejad que los niños se acerquen a mí…» «no hace más que ampliar la lista de las criaturas menospreciadas y despreciables —publicano, prostituta, adúltera— a quienes Jesús, paradójicamente, da buen trato» [4]. La disertación avanza, no sin rayar en la cómplice comicidad: «conocemos la frase de Montaigne: ‘he perdido dos o tres hijos durante su crianza, no sin pesar, pero sin exasperación’ […] En La Ruelle des casquets de l’accouchée aparece una vecina que calma con estas palabras los temores de una mujer en cinta, quejosa de tener ya ‘cinco canallitas’ que tiran de sus faldas: antes que estén en condiciones de llenarte de penas, ya habrás perdido a la mitad de ellos, si no es que a todos» [5].

Ahora bien: en pleno Ancien Régime, Henri de Campion llora la muerte de sus hijos. Conoce desde ya, anticipando la modernidad, que Pantagruel es la infancia de la inteligencia: arrabalera, carnavalesca, desmesurada, cruel en su inocencia, perversa en su candidez. La maldad de la infancia es tan pura cuanto más se desconoce como maldad. Y entonces estamos en el terreno del arte: la infancia de un mundo, necesariamente ominosa, desdoblada, múltiple, perversa, polimorfa, abundante de objetos parciales y de zonas erógenas: Jean Miró. Deseo y transgresión. Pero también Alice Liddell, y Juana de Arco, apenas adolescente. Un aparente desprecio se transforma gradualmente en una admiración y búsqueda por la infancia, pero se trata aquí de la infancia perenne y sempiterna de la inteligencia, de la creatividad, de la aurora naciente de un caosmos por venir. Émile, Gavroche y Tarzan son puestos en situación como signos ambulantes de las ciudades selváticas y de las selvas citadinas.

Tournier entrega entonces una vena del brazo, para sentir nuevos mordiscos y succiones. Los sedientos vampiros son ahora Novalis y Sophie van Kün, Goethe y sus afinidades electivas, Germaine Necker de Staël, la última visitante de la antigua Moscú, «toda de madera vivamente coloreada…». La autora de Réflexions sur le suicide (1813) partió de la ciudad antes del arribo de Napoleón, tragedia sublime para el pequeño soldado de Córcega. Kleist o la muerte a dúo de un poeta, El enigma de Kaspar Hauser, niño sin lenguaje en cuerpo de adulto perdido, iluminan nuevas páginas de EL vuelo, retratando la afasia, el carácter pre-verbal, pre-consciente y neonato de la sensibilidad, como el espejo involuntario de su época. Una época afásica, en el momento mismo que el concepto de modernidad comenzaba a esbozarse plenamente. De Hauser a Staël, pasando por Stendhal, Père Goriot y Geoffroy Saint-Hilaire, las páginas de Tournier brindan incesantemente intertextos heterogéneos: Emile Zola, fotógrafo, Cinco llaves de acceso a André Gide, Herman Hesse y El juego de abalorios, el Mefisto de Klauss Mann o «la dificultad de ser hijo» (La montaña mágica, de Thomas Mann, junto a Los Buddenbrook, o la tetralogía Josué y sus hermanos, sepultaron para siempre las aspiraciones escriturales del hijo, quien debió haber buscado otra actividad).

Incontables letras, incontables succiones: estamos ante toda una rara pedagogía para el lector contemporáneo. El vuelo del vampiro enseña sin duda y sin querer los modales de la inteligencia (el tenedor va aquí, la cuchara allá, el cuchillo se utiliza así…), modales que, en tiempos de youtubers de feria de libro, brillan por su lamentable inexistencia.

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Libreta Cronopio es una columna de la Red Distrital de Docentes Investigadores (Bogotá, Colombia). Sitio web: https://nodoartes.wordpress.com/

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NOTAS

[1] Gómez Dávila, N. (2002). Escolios a un texto implícito. Selección. Bogotá. Villegas Editores. Pág. 45.

[2] «Es leyendo como se deviene enredadera». Raymond Queneau, citado por Michel Tournier. (1988). El vuelo del vampiro. México: Fondo de Cultura Económica.

[3] Ibíd. Pág. 28.

[4] Ibíd. Pág. 37.

[5] Ibíd.

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* Pablo García Arias es Doctor en Filosofía y Letras, Magister en literatura. Docente en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y en la Universidad Nacional de Colombia. Áreas de profundización: Literatura, Filosofía, Arte e Historia. Ha publicado varios artículos académicos en diferentes revistas especializadas de Filosofía y literatura. Es miembro del Grupo de Investigación INTERTEXTO, Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Asimismo ha sido ponente y conferencista en diferentes eventos académicos a lo largo de su trayectoria académica. Correo electrónico: pablogarciaarias@gmail.com

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