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RETRATOS DE UN CIVILIZADO EN CHINA (CRÓNICA)

Por Armando Romero*

La primera impresión es la escritura, el dibujo de las letras en las paredes, en los avisos electrónicos, en los edificios, las autopistas. China: Pueblo de dibujantes, calígrafos. Cuánto hay que aprender para llegar a esos trazos, a esos golpes de la mano. Las palabras cuelgan del cielo como adornos en un árbol de navidad, resplandecen.

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Uno tiene la sensación de que las palabras dicen las cosas hacia adentro. En la grafía de Occidente hay un vacío interior y fuerzas que controlan y protegen ese vacío. En la grafía del chino pareciera que el interior de la palabra, de la idea, está poblado por fuerzas en movimiento que entran o salen según un orden preestablecido, pero que desconozco. De ahí el enigma, la atracción.

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No más poner los pies en China y ya estoy en el centro de Beijing comiendo una sopa de gallina de piel negra. Stephane, mi buen amigo canadiense, estudiante de chino, me dice que él cree que los chinos cambiaron el color de la piel de esa gallina con procedimientos genéticos, o con salsa de soya, a lo mejor. Pienso, mientras veo bailar las patas y la cabeza del ave negra dentro del caldo, que los científicos chinos perdieron el tiempo. La carne sabe a gallina.

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Desde mi habitación, en el séptimo piso del hotel de Beijing, veo en la mañana el hervir de los cuerpos por las calles, el desfile interminable de las bicicletas, la aplastante pobreza de muchas de las edificaciones y la arrogancia desafiante de las grúas construyendo sin parar. Es la nueva China que viene, me han dicho. ¿Podrá haber una nueva China? me pregunto, casi viendo pasar a Marco Polo en las andas de un «coolie».

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La plaza Tianamen y el Palacio Imperial, la ciudad prohibida: He aquí un problema de espacio: el poder. Una diferencia. La estética comunista me recuerda las fiestas en la escuela primaria. Más flores no ocultan la falta de imaginación.

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Es el decir de los chinos que ellos están en el centro de la tierra. ¿Y qué? Todos estamos en el centro de la tierra, así como cualquier piedra de la calle está de hecho en el centro del cosmos.

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En la plaza Tianamen la foto enorme de Mao sonríe. Las flores le salen por los dientes. Las estatuas irrumpen por su cabeza semicalva. Todavía saluda desde el Palacio del Pueblo, eterno. Pero la eternidad se le está gastando, siento. A su mausoleo los devotos le traen todavía cigarrillos. Uno no sabe si para ayudarlo a vivir o a morir mejor. Pero mientras exista el Partido, los chinos no se podrán sacar de encima a Mao. Sun Yantsen avanza.

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Stephane me enseña a regatear. «Si te piden 800 yuan la puedes conseguir por 40». Adopto la técnica y pronto veo lo absurdo de los precios para el incauto extranjero. Termino regateándolo todo, hasta las cervezas del bar.

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Regatear es extenuante, pero si se hace con un toque de Tao uno termina desternillándose de risa. Primero uno se ríe abiertamente y dice el precio más bajo posible. Esto se hace utilizando la palma de la mano del vendedor callejero para escribir el precio deseado, ya que no hay papel. Él contesta riéndose con una contraoferta más razonable. Riéndonos de nuevo subimos un poco el precio. Más risas, y así hasta el acuerdo definitivo. Sin embargo en China hay poco espacio para el desorden. Todo está bien ordenado, hasta el caos de la calle. Difícil ser taoísta en un pueblo dominado por Confucio y por Mencio. Confucio el ideólogo, Mencio el administrador.

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La comida da vueltas en la mesa sobre un plato giratorio. Cada uno de los comensales toma algo con sus palillos. El banquete colectivo hasta en el restaurante. Al civilizado occidental le hace falta ese toque de satisfacción de pensar que ha escogido el plato único, el propio.

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El chino no respeta los carros. Las calles son para él y sus bicicletas. Los carros hacen lo que pueden para seguir adelante. No hay espacio. Pitan desesperadamente pero nadie oye. Pitan todo el tiempo, no importa. Una forma del caos. Voltean en U en medio de la calle atestada, tratando de escapar. La gente cruza las autopistas. No lo hacen corriendo, como uno supone. Casi podrían leer el periódico al hacerlo, así de despacio. El chino le ha quitado ese rostro feroz que tiene el carro en Occidente. Aquí, en las calles, son dóciles, obedientes, como búfalos de agua.

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Hay que documentarlo todo. Le tomo una foto al único gato que vi. El que queda, tal vez. No hay perros tampoco. Todos están en la olla, pienso y miro mi plato.

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Busco un restaurante que venda insectos, pero con mi chino y mi dedo lo único que consigo es que me traigan arroz frito.

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L., mi dulce amiga en Nanjing, me dice que para comer gusanos, cucarachas, escarabajos, hormigas, arañas, alacranes o cosa parecida, tengo que ir a los restaurantes de lujo. Ya los pobres se comieron toda su ración.

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En el templo del dios Cielo en Beijing hay un hombre estático, mirando al sol. Lo contemplo. Las manos abiertas al sol. Su cuerpo inclinado un poco hacia adelante. Alguna gente se mete en ese lío de estar fuera del tiempo, pienso, y le tomo una fotografía, para siempre.

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Realmente China recuerda a México. Ambos países impenetrables, y sin embargo tenemos la ilusión de que podemos comprender algo. Pero apenas damos un paso caemos al vacío. Solo resta el rostro sonriente de un niño que nos incita a volver a empezar.

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No hay violencia, muy poco crimen en las calles. Las razones vienen desde Confucio y llegan hasta el estado policivo actual. Por nada te cortan la cabeza. Pero los chinos no son violentos. Sólo lo son, me dice Stephane, cuando toman un aguardiente de 70 grados que se llama «Baitio». Lo pruebo. De verdad que salen llamas. El dragón es un dios, borracho.

«Baitio» le digo a un chino mostrándole la botella que cargo por la calle. Se ríe. Otros chinos oyen. «Baitio», repito en el juego. Y ahora todos reímos. La complicidad del dragón.

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La amabilidad de mis anfitriones de la Universidad de Nanjing va más allá de lo que se entiende por cortesía, por amabilidad misma. Es como si me hubieran estado esperando de regreso, luego de un viaje largo. Y en el recibimiento hay alborozo, sonrisas entrecortadas, ojos llenos de afecto. He hecho bien en regresar, y eso los halaga.

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K. me habla de su madre y de su padre. Ella era la primera cantante de ópera en China; él era especialista en literatura inglesa, doctorado en Yale. Los guardias rojos, en su purga contra los intelectuales, los mandaron a trabajos forzados. Los dos cargaban en el pecho pesadas tablas de madera colgando del cuello: «Chupadores de la sangre del pueblo», «Demonios reaccionarios», y otras cosas por el estilo decían esas letras escarlatas. Su crimen había sido pensar.

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No hay memoria en China, me dice X., todo se olvida rápidamente. Pero creo que es de la memoria reciente que quieren olvidarse, porque cuando hablan del pasado dicen cosas como ésta: «Bueno, fue el 17 de julio del año 483 antes de Cristo cuando sucedió esto y esto». Tienen una precisión que nos asusta a los occidentales, tan imprecisos como somos en lo concerniente a nuestro pasado. Pero en la memoria oficial reciente hay olvido. Ya poco se acuerdan de los errores terribles de Mao, se dice, del horror de la Revolución Cultural. No lo creo. Simplemente no quieren recordar, así es.

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Todos los metros son tristes los domingos por la noche. Nada diferente el de Beijing. Una madre con dos niños y una bolsa, la única que he visto con dos niños, me ayuda con gestos a desenredar el laberinto. Se aleja y veo la parte de atrás de su pantalón, sucio de polvo y barro. Debe haber pasado la tarde jugando con sus niños en un parque, pienso, pero a lo mejor ha estado tratando de vender en la calle, en el suelo, lo poco que lleva en la bolsa. Todos los metros son tristes, ¡qué carajo!

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Mesa redonda con el profesor chino C. K. Alguien señala que China es ya una potencia mundial. El profesor estalla a las carcajadas. «¿Potencia?», pregunta escandalizado. Y sus ojos se abren a cientos de millones de chinos en extrema pobreza. Todos nos quedamos en silencio.

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Un hijo y no más. El pequeño emperador, o la pequeña emperatriz. Gordos, malcriados, autosuficientes. Sin hermanos, ni tíos, ni primos. Solos. No hay salida, de otra manera pronto estarían tocando todas las puertas. Uno se pregunta cómo será esta sociedad en 50 años. Nadie sabe. A lo mejor todos se dedican al Tao, y sanseacabó.

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No hay que preocuparse. El doble arco de las hamburguesas McDonald’s ya empieza a reemplazar los arcos al cielo de la arquitectura china.

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Confucio, Mencio, Lao Tzu, Chuang Tzu, Microsoft y el Coronel Sanders de Kentucky Fried Chicken. Todo está servido en la mesa de la profunda imbecilidad.

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Diálogo a la «confucio» con el Coronel Sanders de Kentucky Fried Chicken en el barrio Fuzimiao de Nanjing:

Yo: ¿Cuál es el propósito de su viaje a China, estimado Coronel?

CS: ¿Si Ud. es capaz de servir a los hombres, no puede servir a los espíritus?

Yo: ¿Es decir que Ud. ha venido a China a servir a hombres y espíritus?

CS: Sí, porque en el proceso de educación de cómo comer nuestros pollos no habrá distinción de clases. Nunca me he negado a enseñarle a ninguna persona a comer pollo frito.

Yo: ¿Por qué ha emprendido Ud, a su edad, esta campaña civilizadora, tan loable?

CS: Si sintiera en mi corazón que estoy equivocado, tendría miedo incluso del más débil de mis adversarios, pollos Richie’s. Pero si mi corazón me dice que estoy en lo correcto, iré hacia adelante incluso contra decenas de miles de vendedores de pollo frito.

Yo: ¿Cuál sería, entonces, la suma de sus máximas educativas, admirado Coronel?

CS: Si un hombre no se pregunta constantemente, «¿Cuál es el pollo correcto que tengo que comer?», yo no sé realmente qué se puede hacer con él.

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Quizás la única posibilidad para aproximarme a decir lo que siento frente a los jardines de Shouxi sería escribir, pintar en chino mis palabras. Tendría que decir dos cosas a la vez, y esas dos cosas sumadas a otras dos que devienen una, y así sucesivamente hasta tejer de arriba abajo, de derecha a izquierda, algo incomprensible que reflejara quietud y movimiento, tierra y cielo, hombre y naturaleza, y que fuese tan artificial como la creación de la luz, o el florecer de una planta.

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El poeta D. me habla del mejor remedio para la impotencia, mucho mejor que Viagra: «Los tres látigos»: pene de tigre, de perro y de ciervo, en infusión. Qué interesante, pienso, siempre hay un balance en todo lo chino: lo dócil y lo agresivo.

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Voy al mercado de Nanjing a ver los vendedores de penes de tigre. Son tibetanos y de verdad que los exhiben como látigos. También venden garras de tigre, pedazos de las uñas. Todo para la potencia del amor. Los chinos, con 1.250 millones de personas no parecen necesitar mucho de esto, sin embargo le prestan buena atención. Yo también.

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A los pintores chinos no les va bien con eso del cubismo, de la vanguardia y los experimentos formales de Occidente. Qué triste verlos gastar tinta china en esa dirección. Los pintores están atrapados por su tradición, y en ella no hay rupturas. Es un ir y venir. Mao va en un péndulo que toca al primer emperador Ming. No hay cambios, así los pintores. El infinito paisaje, la infinita proyección de la palabra amor, en Ying y Yang.

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Ser un poeta de río, como me señalaba un día el poeta Francisco Madariaga. Pienso en él frente a esa masa de barro y siglos allí enfrente, el río Yang-Tzé. Se multiplican los barcos con sus cargas pesadas. Viejos pedazos de óxido de arriba abajo, y dentro de ellos hombres sin camisa, flacos, sin tiempo preciso, desempeñan un trabajo lento, milenario. El olor del río lo envuelve todo. Es un olor dulce, que produce una inmediata sensación de nostalgia, como toda China. Tal vez esta es la razón de que los chinos vengan de un río, el Amarillo. Cada barco, barcaza o sampán lleva en un rincón un pequeño jardín. Ese poco de verde debe ser símbolo de tierra, del hogar. No hay mayor curiosidad en los ojos de estos navegantes cuando nos miran, es como si al ser nosotros paisaje ya estuviéramos de hecho devorados por lo mismo del río. A diferencia del Amazonas o del Mississippi, no provoca meter el pie o las manos en estas aguas sucias. Y sin embargo esta noche comeré de vida en sus entrañas: bagres, cangrejos, anguilas, ranas, serpientes, y algunas de esas plantas extrañas y deliciosas cuyo nombre nunca podría recordar.

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Si un hombre te prende un cigarrillo le das dos golpecitos con dos dedos en su mano; si alguien te sirve la cerveza dobla dos dedos y con ellos golpea suavemente en la mesa. Ambas son señales de agradecimiento. Pero también son formas de humildad frente al Emperador.

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«Pintar estos hermosos paisajes es fácil, me dice el pintor y calígrafo Zhao Yong, sólo necesitas cuatro años de estudio. Pero para liberarte de esa belleza formal debes por lo menos dedicar cuatro años más. Y toda la vida para trazar esas palabras que ves allí».

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Con un grupo de amigos entro a un bar de Nanjing. El precio de las cervezas es enorme y decidimos salir. L., quien nos acompaña, dice que hicimos bien. «Es un bar negro», traduce de su chino nativo. Le pregunto qué quiere decir. Está extrañada que no sepamos qué es un «bar negro». Me lo imagino, pero insisto en que me explique. Dice entonces que es un bar de estafadores, maleantes, y en los pueblos, agrega, en bares como estos se vende carne humana para comer.

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Mi sombrero panamá y mi pelo largo me regalan la sonrisa de niño de los transeúntes.

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Le digo a V. que quiero ir a la calle Dazhalan, en Beijing. «¿Para qué?», pregunta alarmada. «Dicen que es muy interesante», le contesto. «Gente como yo nunca va a esos sitios, dice. Allí estaban los barrios de prostitución que eliminó la Revolución en 1949». «¿Y qué pasó con las mujeres?», pregunto. «Fueron a trabajar a las fábricas, ahora es un barrio de pobres». Qué interesante pensar que en la lucha de clases de la revolución siempre pierden los pobres.

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Zhao Yong me lleva a un pequeño restaurante casero en uno de los meandros de la calle Dazhalan. Luego se va. Pido una cerveza y me la traen, fría y con maní. Todos me hablan y contesto con mi risa y las dos palabras en chino que sé. La madre, el esposo, el hijo, están felices de verme con ellos. El joven me muestra su colección de monedas. Le regalo dos monedas norteamericanas. Ríen y me ofrecen té. Lo acepto y luego me voy. Salen a la calle a despedirme. Hay tanta alegría en sus ojos. Y mi amiga V. me ha dicho que esta es la calle prohibida. A pesar de que V. es una muchacha encantadora hay en ella, en su educación, algo de esa mentalidad del funcionario, del burócrata militar, que tanto desprecia al pueblo en el fondo.

* * *

Quiero comer en un restaurante y el menú está en chino, como es de suponerse. Me río. La mesera se ríe. Digo «cuac, cuac, cuac», pero rápidamente me doy cuenta de que estoy diciendo «pato» en vez de «pollo» que es lo que quiero. Hago una señal para negar este pedido. No recuerdo cómo hacen las gallinas. Me pongo entonces las manos en la cabeza y hago unos cuernos con los dedos y digo «Muuuuuúú», para indicarle a la mesera que quiero comer carne de vaca. Sonríe ante mi gesto y se va haciéndome entender que todo está perfecto, entendió. Regresa con una rana-toro viva en la cesta.

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Servicio funeral en el monasterio budista Daming de Yangzhou. La familla atiende. Algunos, la esposa y las hijas al parecer, lo hacen devotamente. Los otros, los hombres, se muestran rabiosos. Pensarán en el opio del pueblo, supongo. Los monjes cantan con campanas y tambores, címbalos. Cantan y ríen. Luego comen. El cocinero los sirve ayudado por un acólito joven y dinámico. El cocinero fuma mientras prepara las viandas. El acólito sale al pasillo donde estamos nosotros y escupe ruidosamente, a la manera china, obviamente. Los monjes terminan su canto y comen de nuevo. El monje mayor, coronado en oro y de todo color vestido, come mientras escucha ahora la lectura de unas tablas sagradas. Termina la lectura y todos siguen comiendo. Algunos se levantan, otros conversan animadamente. La música no se detiene. Todo es tan casual, nada de la pompa y el rito estático del catolicismo. Es como estar en casa, en familia. Luego vuelven a cantar. Los deudos, que también han comido algo, continúan sentados, algunos han salido. Afuera unas cajas a colores llenas de festones esperan la cremación. No se nota la presencia de la muerte. Es como si la vida fuera celebrada por lo cotidiano.

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Detrás de los tres grandes Budas que nos reciben a la entrada del monasterio de Daming hay un gran retablo budista. Todo está allí, solo resta descifrarlo. Se dice que hay mil budas extraídos de la madera. No pareciera que hay tantos pero los que hay son suficientes: es un hormiguero de santos. Y cada uno carga su propia historia, y cada historia llenaría un libro, y cada libro se abriría para otros budas, y estos tendrían una historia, y así al infinito. En China no es difícil caer en estos sueños, volar mariposas con la imaginación.

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La Gran Muralla parece pensada por Kafka y escrita por Borges. Tiene más de literatura que de verdad. Es ficción.

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En la madrugada de Beijing, cuando las calles están casi vacías, hay una sensación de normalidad pero también de pequeñez. Es como si el gigante estuviera dormido.

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Qué extraña sensación en el aire al mediodía de Mongolia: ir regresando en el tiempo, y en vez de sentir que vamos hacia la noche, sentir que vamos hacia el amanecer.

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* Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Poeta, narrador y crítico literario, perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario de la década del 60 en Colombia. Doctorado en Pittsburgh, actualmente vive en los Estados Unidos, donde es profesor de la Universidad de Cincinnati. Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo. En el 2008 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia. En 2011 ganó el Premio de Novela Corta Pola de Siero (España) con su novela Cajambre (Bogotá, Valladolid, 2012). Su libro de poemas, Amanece aquella oscuridad, fue publicado en 2012, Sevilla, España. El año pasado, 2016, se publicó en España, en Colombia y en Grecia su libro de poemas El color del Egeo. Su obra literaria ha sido traducida a varios idiomas. En 2016 la editorial l’Harmattan (Paris) publicó una edición bilingüe antológica de su poesía, así como la editorial Verita publicó en Turquía su novela Cajambre. Una antología de sus poemas aparecerá en 2017 en Bulgaria y una de sus cuentos en Grecia.

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