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Revista Cronopio Edición 74 Cronopio, Invitado Cronopio 0 Comments

Paulina

PAULINA

Por Emperatriz Muñoz Pérez*

La tierra, de tanto ser pisada por las bestias, se convirtió en camino. A veces era despejado y permitía ver el horizonte bordeado por montañas, otras por valles, algunas por senderos que el agua labraba. Cuando era estrecho, los árboles de lado y lado del camino entrelazaban sus ramas en lo alto de las copas para dar sombra; los matorrales de helechos, musgo y hojas de todos los tamaños tapizaban las paredes que resultaban de esa irrupción constante de animales, de hombres con machete para desherbar y de carretas con pesadas cargas.

Las bestias y el tiempo hicieron el camino que Paulina recorría los lunes en la mañana y los viernes al medio día.

Un camino que el mismo tiempo y la rutina del ir y venir privaron del asombro y lo convirtieron en un recorrido monótono, la mayoría de las veces aburrido. El placer estaba en la meta: el silencio, la oración, los cantos, los números, las letras y las palabras de Santa Juana de Lestonac si se trataba del convento; los paseos en la montaña, los almuerzos familiares, el sonido de la vitrola, las lecturas de cuentos de viajes y exploraciones, las misas de los domingos, las gentes del pueblo si se trataba de La Herrería. Pero había en esta última un encanto especial que Paulina descubrió quizás por accidente, quizás por provocación: allí estaba Abigaíl.

Cuando apenas tenía cinco años, era fácil mantener a Paulina alejada del pasillo que conducía a la cocina, del camino que rodeaba la casa, por el que accedía al patio trasero, al solar; pero después ninguno pudo detenerla.

Husmeaba en todos los rincones y a Susana, Juanita y al mismo Pompilio les faltaron ojos para vigilarla y pies para seguirla. Los argumentos también escasearon en las preguntas interminables de una Paulina inquisitiva y necesitada de respuestas:

—¿Por qué las mujeres decentes no entran a la cocina? Allá están Isa y Merce.
—No todas las mujeres, las señoritas decentes como usted, Paulina, no lo hacen.

Y le hacían la lista de los espacios que, para una niña de su clase, eran apropiados: la sala para las conversaciones familiares, la habitación de sus padres, la suya y la de Susana; el salón del piso superior que servía de taller de pintura, lectura y música. Toda La Herrería, menos la casa de los peones, los corrales, las pesebreras y los potreros. Paulina no debía untarse de la vida de quienes le servían, y este argumento aplicaba perfectamente para la cocina y sus cocineras, aunque la verdadera razón para prohibirle su ingreso en ella fuera otra.

—¿Y por qué las decentes no?
—Porque no…
—¿Merce no es decente?
—Sí, pero es que…
—¿Y por qué no puedo caminar por el corredor?
—Sí puede, Paulina, pero no se acerque hasta la baranda de la cocina.
—¿Y por qué?
—Porque por allá camina un duende y a los duendes les gustan las niñas, y si la cogen se la roban.
—Y ¿cómo son los duendes?
—Pues no se ven, pero uno los siente.
—Y cómo se sienten.
—Pues se mueven, se sienten como un soplo.
—¿Cómo soplan los duendes?
—Así…
—Y por qué se queda ahí, por la baranda. ¿No camina por la casa?
—Sí, pero ahí duerme.
—¿Y cómo duermen los duendes?
—Duermen.
—¿Cómo?
—No sé, Paulina.
—Yo no le tengo miedo a los duendes. Las hermanas dicen que no existen y que creer en ellos es pecado.

A nada parecía tenerle miedo Paulina. Los argumentos de duendes, brujas y diablos que frecuentaban la cocina y el solar se fueron agotando en medio de tanta pregunta que surgía una tras otra y cuyas respuestas no eran coherentes entre los miembros de su familia y las religiosas encargadas de su educación.

Paulina pasaba el fin de semana en La Herrería sin el amparo de la hermana Clarisa; a Juanita la tarea de seguirla por la casa la extenuaba, y a Pompilio el tiempo no le alcanzaba para hacerlo porque los viernes regresaba muy tarde, en la noche, y los sábados salía temprano antes del amanecer; solo hasta después del almuerzo podía estar con ella. Quedaba Susana para cuidarla, pero ella no se atrevía a sugerirlo, no creía que pudieran tenerla en cuenta para esa tarea (Paulina era especial, eso decían Pompilio y Juanita, solo personas especiales, como la hermana Clarisa, debían estar cerca de ella). Susana tan solo esperó hasta que el mismo Pompilio se lo pidiera, luego de recordarle lo importante que ella fue para la familia cuando estuvo al cuidado de su madre. Palabras como no sé qué hubiéramos hecho sin usted, apoyadas por los sí repetitivos de Juanita, terminaron por convencer a una Susana que desde antes de que se lo pidieran ya estaba convencida. Y no había problema en hacerlo, dijo, juntas podían pintar, bordar, coser, pasear… Sí, todo eso lo hicieron Susana y Paulina durante los fines de semana y en las vacaciones. Aprendieron a estar juntas, a confiar la una en la otra, a descubrir nuevas formas de pasar el tiempo en La Herrería.

Paulina crecía y aprendía al lado de Susana, que le dejaba un poco de su vida, de su mundo, en cada cosa que le enseñaba. Supo de plantas, de flores, las tonalidades de los colores, los ciclos del tiempo en la lectura del firmamento. Aprendió a escuchar y diferenció el canto de un turpial del de una alondra, el mugido de una vaca del relincho de un caballo, el ladrido de un perro del chillido de un aguilucho. Los oídos de Paulina, al lado de Susana, escudriñaron en la montaña, en la casa y en sus rincones; diferenciaron el golpe de una olla contra la madera del sonido del hacha contra un tronco; reconocieron las voces de los peones, de Mercedes, de Isa; y supieron si el canto venía de la voz de Juanita, si de Merce, si de Isa; pero había un sonido que le llegaba por ratos y era ronco, metálico… alguna veces parecía protesta, otras celebración, para el que Susana no tenía nombre.

—¿Quién hace ese ruido?
—Un animal.
—¿Qué animal?
—Un pájaro.
—¿Cómo se llama?
—No sé, Paulina.
—Los pájaros no cantan así.
—¿Y es que usted conoce a todos los pájaros?
—No. ¿Y ese pájaro vive en la cocina?
—No, Paulina, ¿por qué?
—Allá se oye, ese pájaro que no sé cuál es. A veces lo oigo en el solar.
—Debe ser el silbido del duende… Olvídese mejor de él.

Sin miedo a los duendes y con sonidos por nombrar, Paulina encontró la manera de responder a sus preguntas. Fue así como una madrugada de sábado, cuando aún era de noche, justo después de que sintiera alejarse a Pompilio y a Román en sus caballos, se levantó de la cama y salió de la habitación. Las puntas de sus pies y la respiración contenida hicieron imperceptible sus pasos atravesando el pasillo hasta quedar de frente al último trayecto del corredor principal que desembocaba en la puerta de la cocina limitada por aquella baranda azul. La luz de una lámpara refulgía en el interior y una sombra se movía pesadamente de un lado a otro.

La visión de la sombra hizo retroceder a Paulina, pero sus pasos no la llevaron muy lejos. Atraída por la curiosidad regresó a la puerta de la cocina. Con las manos apoyadas en la baranda miró al interior. Un cuerpo grande y ancho, distinto al de Merce, distinto al de Isa, se movía apoyado en la mesa de la cocina, estirando y encogiendo una masa que tenía entre sus manos. La sorpresa hizo que Paulina chocara contra la baranda, y el ruido que produjo llamó la atención del cuerpo amasador que, al fijarse en ella, la llamó. De ahí el canto ronco y metálico que el pájaro entonara y que acompañó con una sonrisa:

—¡Vengue, niña, vengue!

Luego del canto, Paulina vio cómo se abría la puerta del cuartito de Merce y, antes de que esta o cualquier otra cosa pudiera emerger de él, salió corriendo de regreso a su habitación.

Durante ese fin de semana no le contó a Susana lo que había visto, no mencionó al pájaro del canto ronco por más que lo escuchaba y del que ahora presumía la forma. Sin embargo no pudo olvidarlo y no se aguantó las ganas de preguntarle una vez más a la hermana Clarisa por la existencia de los duendes:

—Los duendes son grandes y tienen ojos y boca.
—No, Paulina, los duendes no existen.
—Sí, hermana, y cantan como pájaros roncos. Además tienen el pelo parado y los ojos chiquitos.
—¿Quién le dijo eso, Paulina?
—Susana, y yo lo vi.
—¿En dónde lo vio?
—En la cocina de la casa, después de la baranda. A los duendes les gustan las niñas. Todo el día lo oigo en la cocina y a veces detrás de la casa. Cuando me vio, me llamó…
—¿Y usted fue?
—No, corrí.
—Los duendes no existen, Paulina.
—Sí existen, yo lo vi.
—No, no existen.

Paulina, en la siguiente visita a La Herrería, le entregó a Susana una carta firmada por la hermana Clarisa en la que le informaba del hallazgo de Paulina y le suplicaba que encontrara la manera de mantenerla alejada de Abigaíl, sin que para esto intervinieran las historias de duendes o brujas que contradecían tanto los principios religiosos de la congregación.

A Susana le sorprendieron las palabras de la hermana Clarisa, aunque sabía, como se lo expresó en alguna ocasión a Mercedes, que tarde o temprano el encuentro entre las dos hermanas ocurriría. Nunca se imaginó que fuera la misma Paulina quien lo buscara. Esta circunstancia evitó que Susana tomara la iniciativa, librándola así de la responsabilidad de propiciarlo, aunque no por esto se librara de la responsabilidad de permitir futuros encuentros entre ellas.

Susana no le dijo nada a Paulina sobre las notas de la hermana Clarisa, pero sí estuvo atenta a sus pasos por la casa, en especial en las madrugadas, hasta que, en una de tantas, la sintió caminar. Paulina no llegó hasta la baranda, detenida en mitad del pasillo observaba la silueta contra luz. Susana, quien la siguió, se paró detrás de ella. Esforzándose por no asustarla la llamó bajito y al salto que diera Paulina la cogió por los hombros para decirle:

—Venga, Paulina, ella no es un duende… Vamos.

* * *
El presente texto hace parte de la novela «Una sombra», de Emperatriz Muñoz Pérez, Capítulo 2
(pp. 135-141). Editorial Universidad de Antioquia, 2015.

__________
* Emperatriz Muñoz Pérez. Medellín, 1967. Escritora. Ha publicado las novelas La casa en el barrio (Editorial Universidad de Antioquia, 2013) y El asunto, y el libro de cuentos A Dios le dio Alzheimer y otros cuentos. Algunos de sus relatos han sido publicados en las revistas Generación de El Colombiano; Odradek, el Cuento; Puesto de Combate y Ficción, la Revista, y en los libros Trabajos de taller: Taller de creación literaria Universidad de Antioquia, Memorias del XII encuentro de poetas de la zona noroccidental de Medellín y Antología de cuentos: Talleres literarios 2010, Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. Durante varios años perteneció al Taller de Creación Literaria de la Universidad de Antioquia.

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