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Los modos de evocar la ausencia

LOS MODOS DE EVOCAR LA AUSENCIA

Por Jimena Vera Psaró*

En pocas semanas la muerte visita insistente mi pueblo y no puedo evitar pensarla después del ritual de tierra y flores.

Nos miramos en la ausencia y repasamos nuestra biografía juntando momentos que unen y desatan personas… “estuvimos juntos tal día, estaba bien. Me llamó”.
A partir de estas experiencias habilitamos el registro de un universo de posibilidades. El fin es una probabilidad cercana. Somos mortales y efímeros en una fina ventana de eternidad.

El teorema de la doble contingencia nos deja navegando en un océano de incertidumbre, a la espera de una señal que algunos buscan en la espiritualidad o en la religión.
Particularmente pienso que cada persona ejecuta un ritual propio para lidiar con la muerte. En el norte de Argentina, cuando un bebé fallece se le agrega al féretro un par de alitas de papel y una escalerita, para ayudarle a subir. En el Norte más profundo, se hamaca la urnita para impulsarla hacia el cielo. En algunas comunidades se prohibe llorar a los niños “para que no se les mojen las alas”.

La primera vez que pensé en la muerte tenía ocho años y la sentí como un castigo, un mal deseo, un pensamiento que alguien podría conjurar para evitarlo. Nunca me deshice de esa marca. Repetí mantras que años después sacarían una y otra vez a mis abuelos del borde de la nada. El amor seguía siendo una forma de hilvanar la vida, de sostenerla frágil entre diagnósticos pesados y esquivos a la subsistencia.

De mis antepasados tengo escasas fotografías en papel que las tías mezquinan. De mis congéneres abunda el caudal de registros que la tecnología habilita: cientos de fotos, mensajes de voz, videos y la actualización minuto a minuto de su última actividad en las redes sociales. Los muros de Facebook se convierten en obituarios modernos. Olvidar es difícil en tiempos de paraísos interconectados. Las nubes del más allá ahora son virtuales.

Las pinceladas de la muerte tienen un efecto de retoque en la memoria de los deudos. Nadie se atreve a hablar mal del fallecido. Aún las peores personas son recordadas por alguna buena virtud en las necrológicas, sea verdad o no. En mi pueblo las personas mayores empiezan a leer el diario desde las páginas de los fúnebres y la relevancia de la muerte se mide por la cantidad de espacio en las necrológicas. Fúnebre solo, fúnebre con foto, fúnebre con oración, fúnebre con foto, oración y recuadro.

Trabajé algunos años en el diario de la ciudad. Era de inmensa ternura recibir en la redacción las fotos ajadas de los seres queridos para poner en la página de fúnebres junto a oraciones sentidas, escritas con devoción, en contraste a las fórmulas predeterminadas que se elegían como quien selecciona un decorado para la oficina. Muchas veces reconstruíamos los originales y entregábamos un recuerdo más nítido de la ausencia.

“Los muertos son seres invisibles, pero no ausentes” se lee en una de las máximas de San Agustín. “Tienen sus ojos llenos de gloria, fijos en los nuestros, llenos de lágrimas”. En mi ritual de evocar la ausencia pienso en quienes ya no están como un pasaje temporal hasta el reencuentro, pienso en un alerta similar en la que “se ha interrumpido la conexión”, un funesto error 404 a la espera de reaprender los protocolos para poder retomar la conversación.

Con el tiempo le perdí el respeto a la palabra definitivo. Si la muerte es ley la incertidumbre es mi orden, y en ese universo de posibilidades cabe también la de un alma que deja de usar un cuerpo material. Cabe un puzzle de repuesto que puede dar vida a otras personas, cabe el karma y cabe infinita la eternidad.

Si no se puede resolver todo en esta vida acotada, un buen dios debería dar segundas oportunidades. Y a nosotros los mortales nos queda vivir, vivir mucho.

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*Jimena Vera Psaró es Licenciada en Comunicación Social. Nació en La Rioja, Argentina, en abril de 1979. Cursó estudios de arte, diseño gráfico y periodismo. Trabajó en medios gráficos, empresas de telecomunicaciones y docencia. Desde hace 3 años inició Anima Mulita, su estudio de diseño y comunicación, sostiene el trabajo cooperativo desde ¡Amalaya! Como escritora recibió el 3er premio en el II Concurso Literario Febrero Chayero 2012, participó de tres antologías (entre ellas «Invitados a escribir» de la Biblioteca Popular Ciudad de Los Naranjos y en «Travesuras» como finalista del Iº Certamen Internacional de Literatura Infantil) y obtuvo el 1er Premio por La Rioja en el Concurso Regional de Microrrelatos Norte Cultura (2014).

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