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Westworld en surcos de dolores

WESTWORLD: EN SURCOS DE DOLORES

Por Luis Felipe Valencia Tamayo*

La reciente historia de Colombia es una repetición del país desde sus inicios. Esta «reciente historia de Colombia» es, podría decirse, entonces, la historia de siempre. Virtudes y vicios por parejo en una tierra en la que las generaciones no solo se suceden unas a otras sino que también se desplazan. Y como todos sabemos, las infamias aquí cometidas han superado muchas veces lo que nuestras voces literarias han podido ofrecer como ficciones. Sin embargo, suspendamos por un momento nuestra fascinación por la historia colombiana y reflejemos un poco de lo que somos en esa sencilla expresión: los surcos de Dolores [1].

Dolores es el personaje principal de la primera temporada de la cautivante serie de HBO Westworld. Recientemente hemos podido ver de qué va la historia. La idea original fue trazada por el fallecido autor Michael Crichton en una novela breve del mismo nombre publicada en 1973. Luego vinieron las adaptaciones fílmicas (Westworld y Futureworld) y la serie de televisión (Beyond Westworld). Todo, por cierto, muy setentero. Sin embargo, la nueva aventura (2016), con la rúbrica en el guion de Jonathan Nolan y su esposa Lisa Joy, ha logrado proyectar aún más la idea de Crichton y convertirla en un nuevo clásico dentro de las actuales propuestas de ciencia ficción.

Se mantienen los emblemas mismos de la condición original ofrecida por el novelista, es decir: un parque temático altamente sofisticado al que turistas de todo el mundo van a vivir una gran experiencia de confrontación con la realidad y las posibilidades de ser otro y de deshacer, si se quiere, a otros; una compañía bastante compleja llamada Delos que ofrece la experiencia turística «Westworld»; unos seres llamados anfitriones que son, en definitiva, la vida misma del parque, robots que permiten que la aventura en el viejo oeste se dé con una garantía de realismo sin precedente alguno en la historia de la humanidad.

Ese es el marco de ejecución de la trama, pero el nuevo guion para la serie de HBO trae detalles que hacen mucha más sustanciosa la idea original. Las preguntas por los asuntos filosóficos y morales de la vida en el parque incrementan su resonancia. Los manejos temporales y narrativos, activando fuertes saltos en la línea del tiempo y poniendo, como en las novelas río, diferentes cauces para el desarrollo de los personajes, brindan aún mayor riqueza a lo que era, en la obra de Crichton, una simple insinuación temática. En pocas palabras, la vida de Westworld, como parque, como idea y como serie, ofrece muchas posibilidades para continuar dando todavía más líneas narrativas. De hecho, desde la primera noción de la historia se ha manifestado que Delos no solo tiene el parque Westworld sino que tiene más parques temáticos adicionales y semejantes en los que el turista puede vivir la experiencia de la antigüedad romana o del Medioevo.

Pero nueva es Dolores y los muy profundos elementos que el personaje ofrece en la serie. La chica dará la entrada a una perspectiva distinta de la planteada en los universos literarios y fílmicos anteriores. Al acentuarse su situación, se subraya que esta serie dará un mayor realce a la figura de los anfitriones y que, por ello, los desafíos que suscitan sus pensamientos, sus sueños, sus recuerdos, tendrán mayores repercusiones narrativas e intelectuales. No será extraño que se haga referencia a condiciones epistemológicas y a algunas de las ideas que filósofos de todos los tiempos han dado a conceptos como conciencia y libre albedrío. El problema de la mente está en juego y la inteligencia artificial, una vez más, afila sus uñas.
Al pensar en Dolores, lo que se puede observar es la magnífica ejecución de un inventor que le ha dado vida a ella para comenzar el parque, su gran invento. En la mente de ella, él ha inscrito los mandamientos mismos de la robótica y las condiciones algorítmicas por las que se puede comprender plenamente —si eso es posible— lo que ocurrirá a cada paso de la historia. Dolores es la clave, Dolores es Westworld.

Como la historia misma de Colombia, Dolores se repite. Cada mañana despierta y su mente está atada a los condicionantes que durante la noche se le han ofrecido como «realidad». Sonríe y vuelve a ver al hombre que aparece como su padre. No recuerda que unos turistas lo mataron la noche anterior. Bueno, a veces lo recuerda, pero son pesadillas que le amargan el momento, instantáneas de la muerte que también la acecha. Dolores quiere comprender qué es lo que le pasa cuando sufre, qué es lo que padece cada vez que aquellos pensamientos le agitan la mirada, pero no puede atar cabos.

Un nuevo turista aparece en el camino y la amabilidad vuelve a brillar en el bello rostro de Dolores. Ella no puede entender que ella misma sea irreal, que sea un títere en un parque de diversiones. Algunos turistas, en fachas de vaqueros, partícipes de su propio carnaval, asumiendo el festivo rol por el que pagan, se pasan de bocones ante los anfitriones y quieren revelarles lo que ellos no pueden creer. Dolores se confunde, pero ella está programada para sobrellevar sus angustias. También hay turistas que se quieren sobrepasar con ella. Su belleza, su perfecta configuración, la hacen un ser supremamente atractivo por el que —los turistas también llegan a pensarlo— se ha pagado la aventura.

A medida que avanza el relato se hace difícil tomar en cuenta que aquellos anfitriones sean simplemente máquinas, tal y como sí logran hacerlo la mayoría de los turistas. Como si dispusieran de unas alimañas, los visitantes pueden llegar a saciar todos sus anhelos en la vida de este «entretenido» viejo oeste. Se pueden matar a sus indios, se pueden buscar sus mujeres y tomarlas a complacencia, se puede crear un ambiente de venganza y de recelo con la sola insinuación de que todo está hecho para la diversión. El curioso caso de la condición humana —no hay que porfiar en demostraciones— es que sus nociones de alegría y placer están ligadas más o menos a lo mismo.

Como casi todas las buenas historias, lo que se hace en Westworld es recrear también un viaje, pero en este caso, a diferencia de las anteriores adaptaciones, este viaje está inscrito en la mente de Dolores y por ello los tiempos se irán fracturando, como la historia misma de un país latinoamericano. Entre recuerdos y grandes lagunas, los quiebres van a mostrar la fuerza del poder sobre los diferentes sectores del parque temático.

¿Qué pasa por la mente de alguien que masacra una comunidad, que toma a sus mujeres y a sus niños y los usa a su antojo?, ¿qué ocurre cada vez que, en gestos de alegría, se celebra la indignación de los demás y se abusa de sus sueños, de sus esperanzas, de su propia idea de lo que es la existencia?

Se deslegitima al otro y sus condiciones. En una receta muy simple, esa mente se convence de que los demás no son ni por asomo como él y que, a la par, esa mente es superior. La risa en Westworld del turista que se gloría de matar a unos vaqueros está amparada en que todo es un juego y que, en últimas, su poder siempre estuvo bajo control. Pero, asimismo, hemos atestiguado tantos modos de Westworld en la historia de la humanidad y de Colombia que es como si se nos perfilara a través de la serie la lectura de los pecados mismos del hombre que por religión, por sexo, por raza, por lo que sea, se ha tomado como superior y poseedor de algo que lo lleva a desacreditar las vidas ajenas.

Dolores es la inteligencia artificial que lentamente va despertando a ese malestar. Los surcos de Dolores son la fórmula para comprender el laberinto en el que el gran inventor de todo ha dejado las señales de su paso por el mundo. En la toma de conciencia de Dolores los espectadores nos encontramos con los símbolos de todas las épocas: desde la primera rebeldía de un niño ante sus padres, pasando por todos los esclavos que en algún momento atentaron contra sus dueños y llegando a la raíz misma de las grandes revoluciones, las rebeliones de aquellos que se tomaban a menos, con los que se podía hacer lo que se quisiera. Además porque Dolores tiene inscritos unos códigos éticos que la llevan a horrorizarse por lo que le sucede a ella y a los seres que conoce. No es una máquina «normal», se conmueve, llora, siente, parece identificarse con la humanidad mucho mejor que los huéspedes del parque.

La magia de los grandes relatos es que pueden penetrar las esferas de la historia y de la vida misma para impregnarla de sentidos que palpitan y que se abren para la exploración. En los surcos de Dolores está la semblanza de la Colombia que se repite año tras año, noche a noche y día a día, en una historia en la que las corruptelas y los abusos de siempre, desde que adoptamos ese nombre para nuestro parque temático, se dan como funciones programadas para que las generaciones sepan lo que están destinadas a vivir. Pero no solo es Colombia, es también Latinoamérica, es África, son los colonialismos sempiternos, bajo todos los pretextos y, todos, en últimas, bajo la condición de que unos son sencillamente anfitriones.

NOTA

[1] Referencia al coro del himno nacional de Colombia que reza: «En surcos de dolores / el bien germina ya». N. del E.

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* Luis Felipe Valencia Tamayo (Manizales, Colombia). Escritor y profesor de Literatura y Humanidades en la Universidad de Manizales. Como aficiones y gustos, la literatura, el cine, el periodismo, la filosofía y la música son parte de su vida cotidiana ya sea como lecturas o como motivo para escritos. Ha participado de diferentes eventos y certámenes al respecto, haciendo parte de revistas y antologías hispanoamericanas y colombianas de ensayo y de cuento. Premio de Ensayo Tulio Bayer 2004 (Manigraf – Manizales, Colombia); Premio de Cuento Universidad de Manizales 2006 y 2009 (Universidad de Manizales – Manizales, Colombia); Premio de cuento La Monstrua de literatura fantástica, 2007 (Vavelia – Guadalajara, México); Premio de Ensayo Alenarte, 2008 (Revista Alenarte – Madrid, España). Hace parte de las antologías de relatos El Camino de los Mitos I (2007) y de El Camino de los Mitos III (2010) ambos en Ediciones Evohé (Madrid, España). Premio de ensayo universitario La ética en la vida universitaria 2012 (Universidad de Manizales); Premio nacional de cuento ciudad de Barrancabermeja 2012 (Alcaldía de Barrancabermeja); finalista en el IX Certamen internacional de cuento Canal Literatura 2012 (Canal Literatura – Murcia, España); finalista en el Concurso internacional de cuento Palabras Sin Fronteras 2013 (Bruma ediciones – Mendoza, Argentina).

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