Literatura Cronopio

Revista Cronopio Edición 73 Cronopio, Literatura Cronopio 1 Comment

lo absurdo es vana queja

LO ABSURDO ES VANA QUEJA

Por Ramiro Arango*

  1. Por esas soledades del destino

Antes de que lo presente fuera esta actualidad del hoy en día,
antes del albur encorvado en el crepúsculo del cielo,
fueron susurros y recuerdos de una especie agitada y bulliciosa,
fueron un candor en la locura metafísica encaramada en cada nuca,
en cada espesura clandestina escondiendo crónicas oscuras
entre los distantes olvidos de un apacible delirio,
de una suma invertebrada entre los sueños, de un destino irresoluto.

Fue anacrónica la historia resumida en tanta parábola iniciática,
en tan turbios apotegmas germinales perdidos bajo la angustia neolítica,
fueron mitómanas las gestas de un porvenir con un pasado en los recuerdos,
con incertidumbres de un ayer desorientado, con temporalidades olvidadas
en los recodos neurálgicos de un viviente balbuceo,
de una providencia humana trajinada en contravía, en junglas sin senderos.

En el antes del principio lo insólito era más que nada, sustracción positiva
de una ferviente rumba con adjetivos relumbrantes, pronombres sin personas,
con azares maliciosos entre usanzas imposibles de un fastidio geográfico,
entre sendas de un futuro actualizado con estirpes abandonadas
en los abismos de un pensar y sus contrarios, de un siendo en los caminos.

En el ayer del después de estas épocas tan extrañas, tan duras en la vida,
se doblaron las esquinas de la duda,
la intersección de la impaciencia, el titubeo de la espuma,
se renovó la ecuación con la equis de la incógnita, con el cero que la iguala,
con la suma catatónica de una estirpe humana rastreando en esta tierra
como sierpe sigilosa en espera de su presa, digo a su vecino diferente en el espejo,
si dijera cosas buenas como piensan las almas ya perdidas en las piadosas urnas,
si en tanto mucha vacilación arruma sus cuitas mustias, los deletreos de quejas.

Es así, susurran, son balanceos imperativos de un desdén entre adjetivos taciturnos,
son la conciencia muda cuando se rememoran lágrimas pasadas,
cedazos mnemotécnicos de una angustia vegetativa colgada de la oreja,
si dijese ecos tortuosos del espíritu, alma ciega entre las rejas
y en el azar de los silencios extraviados de la historia,
entre tesituras neutras y notas bailando sobre un pentagrama con seis líneas.

Profundos aquelarres de esta historia con la trampa mortuoria de un deceso,
con la muerte llevándose la vida a otra vida, a otras dimensiones inasibles,
a incomprensibles precipicios donde la lógica se tira del existo
y cae en el barranco celestial inasequible por este intelecto tan chiquito,
por este pensar tan a poquitos contra el muro inferior de un esqueleto,
contra la angustia existencial de un difunto con su entierro
o para anticipar el otro mundo en el allende del existo, en este luego pienso.

Si tanto fulgurase y revelara lo existente, el misterio y sus incógnitas,
si fueran sumas predilectas de un apocalipsis programado
con los connubios de estos átomos, con intimidades tan nimias en sí mismas,
con quarks multicolores o núcleos contrarios, con neutrinos espaciados
entre la paciencia que tiene el tiempo con sus perennes pasos,
con los absolutos de otros ángulos por donde la gramática se calla
y el filosofar se pierde entre silentes palabras
porque son afasias de crepúsculos del alba, de lobregueces ideológicas.

Mucho antes del repicar inicial de las campanas, del eco en el oído,
del trueno en la naturaleza, de la bruma matinal o vespertina,
del aroma y las esencias cristalinas, de las fragancias todas, sus frecuencias,
del árbol y la roca, el agua, las tormentas,
los silbos del aire cuando trota, los quejidos de las biosferas,
o las sonrisas de los cuásares perdidos en la imaginación misericordiosa,
la conjetura del existo era preaviso imperativo con estas dialécticas,
vida en aquello que humaniza al Homo ingratus con su sombra,
con su presencia nimia entre tantas nebulosas, innumerables galaxias
o grandiosidades del espíritu y la conciencia,
y porque durante aquellas novedades tan lejanas en el pretérito de un verbo
no era todavía una primicia en los rumbos de la materia
ni en los subterfugios de la razón sideral y astronómica,
ni en los senderos impredecibles de la eventualidad cuántica, distante o próxima.

Por ese antes de lo dicho y del olvido en los recuerdos de la memoria,
por esas soledades del destino y la sucesión plural del pensamiento,
por esas remembranzas imperativas del siendo en los atajos del espíritu,
en los acentos olvidados de la especie antigua,
después de la amnesia floral de las plantas,
todo no era más que quejas continuas y furias humanas,
recodos del alma terrena, filamentos de materia ingrávida entre piltrafas,
entre astros muertos de la desesperanza cuántica,
entre tinieblas invulnerables porque son vigas cósmicas,
atalayas planetarias, vergeles terrenales de la ilusión y la fábula,
y porque son ondas y transitan en medio de la luz y de las sombras
o en los espectros puntuales y cromáticos de las distantes nebulosas.

  1. Ortografía maliciosa de la lengua

Por esas soledades del recuerdo, en esas fantasías del destino,
fueron magmas y abismos, utopías programáticas, ejes del vacío,
rondas materiales entre circuitos íntimos, entre atisbos primordiales
que dejara brotar la infinidad durante sus peregrinos soliloquios
de cuando todo era lo infinito y lo perpetuo en los abisales precipicios.

Fueron atavismos sin preámbulos, dije lentamente a mi vecino,
fueron ascendientes definidos por una curva del albur en los sinos metafísicos,
en las fuerzas espaciales de lo indiviso, en las trochas infranqueables del abismo,
en la indeterminación póstuma de una estirpe pedagógica con la farsa aristotélica
y un medioevo atormentado por diablos y arrogancias del santo espíritu.
Acudieron teoremas sin axiomáticas ideas, dijo un vecino a mi conciencia,
asistieron sin planes o ponencias a la espiral dudosa, a la elipse del fonema,
a esta ortografía maliciosa de la lengua, a estos decires cotidianos
cuando en la plaza o en las aceras se toma un verbo y se le inmola,
se declina con un habla sospechosa,
con un temor nostálgico en el centro del ombligo,
en el giro sustantivo de un aforismo peregrino,
de una escuela con bombas explosivas, con cuadrículas temerosas,
con tanto hospital arrasado por guerras genocidas y delirios,
por las encrucijadas del existo frente a un abismo de sangre ardiente, de penas secas.

Solo son fonéticas tesituras de un resplandor vivo e innombrable,
expresó seguro la conciencia a mi vecino, comentó su curva,
detalló las nervaduras en la hoja triste de un tórrido verano,
reveló los ecos condensados de luz-materia, nombró palmo a palmo
el espacio intemporal donde el espíritu se mueve,
donde las ideas fluyen como ríos de enormes cauces y vertientes grandiosas,
como senderos venturosos de una perpetua experiencia
en medio de cúmulos neuronales donde la inteligencia cosmológica reverbera.

Antes de que todo fuese sucesión en las incógnitas, en la quimera mía,
en el alba de los caminos, finas pistas, luminiscencias geográficas,
antes del antes si la palabra se enamora en la dialéctica, elegantes prosapias,
si urde sus finas telas de luz polícroma, de potencias y actualidades próximas,
si su conciencia es matriz deletreada en seres que brotan
de la perpetuidad pretérita, de la actualidad futura,
entonces, fértiles serán las fuerzas sistemáticas cuando engendran
los avatares de los mundos donde la energía se modela,
donde el destino se encarna con atmósferas, suelos y montañas, astros si erran,
en difuntos soles que ya no coquetean con insondables y pretéritas huellas
en el fondo oscuro de la materia, en su precipitación cuántica,
o por las insondables miradas introspectivas y perplejas de un albur en la mañana.

Murmullos eran en la lejanía de la historia oculta, delicias sonoras del existo,
artificios del intelecto cuando las sumas de palabras se amontonan
y son torbellinos de letras intercaladas en el pentagrama de la vida,
son cromáticas estancias disueltas con el rumor de las ideas
y lejanas consonancias por donde centellean otras naturalezas,
otras creaciones de la luz-materia con la clarividencia de mi vecina conciencia,
con heraldos milenarios y colosos del espacio gravitacional entre los átomos,
las torrenciales nebulosas, los criaderos de estrellas y cunas del mañana
en el mediodía de este planeta, o si acaso mi vecino me cuenta y borra
tanta somnolencia espiritual difusa en la gramática al prosear con la estética.

Son otros rumbos, comenté a mi vecino con el frenesí de su absoluto oído,
a su meritoria paciencia y a su apoteosis simultánea al ritmo de mi prosodia,
de mi decagrama multiplicativo con tan numerosas melodías a dobles líneas,
cuadridimensional en el papel de la música, en la armonía de cantatas y tesituras.

De donde lo súbito e impreciso maniobra, expuse como una tesis académica
a este mi vecino encumbrado con su silencio metafísico,
donde no sueña ni respira en una queja ni en mil ronqueras
en tanto lo material empuja sus intrínsecas partículas hacia una eternidad interna,
a grumos adivinos que no juguetean al azar con las penumbras
ni con las puntuales masas nigérrimas,
pues solo son vértigos de espuma cuántica, rumores y bisbiseos,
vértices focales de cada nueva dicción inmersa en la materia sólida.

  1. Lasitud muda en mi vecino

Cuando acaecía algo en el antes de que los eventos fueran
y lo experimental no inaugurara ningún programa, memoria disuelta,
no existía vuelo de ave alguna, respiración monótona,
cruce de caminos, estelas construidas conmemorando a los caídos,
a las náufragas batallas de la condición humana.

Tampoco los vientos corrían alegres por las llanuras, silentes remusgos eran,
laxitud en los remansos pobres de un diluvio de hadrones sueltos
cuando no existían las palabras ni los verbos ni el golpe del martillo,
ni soplos de temperatura bajo un quicio y mucho menos el Homo procellosus
con sus pequeñas células de avatares marinos, de albures respiratorios.
Pero sí podría pensarse, lasitud muda en mi vecino, que en algún recodo
las trémulas corrientes se empinaban para ver remotamente
cuanto todo era en el vendaval de la energía, en el caudal de lo absoluto.

Líneas tal vez, inclinaciones indeterminadas entre vórtices secretos,
entre lagunas nigérrimas mientras sueñan a ser naturalezas, ríos y cordilleras,
faunas diferentes, diversidad humana y floras insospechadas
en la paleta cromática de un artista, en sus tubos de ensayo, digo de pintura,
porque mi semejante protesta, el residente ciudadano en mi cabeza,
si en tanto suponemos la conciencia como una doble mirada de neuronas tiernas.
Son mundos, nos dijimos al unísono, en las auroras de soledades y remembranzas,
en un flujo impreciso cuando la inteligencia desembarca en dársenas sospechosas
por donde circulan efluvios como aguas que desembocan
a un mar de arenas secas, a un piélago inmaterial de tristuras ajenas.


Albores era todo aquello aun cuando nadie cavilara, preámbulos de esferas,
universos concebidos en la eternidad de la prórroga,
dilatación axiomática en palabras por cuanto son sumas del espíritu difuso
con el estoicismo de su pasada vida perpetua
en las entrañas imaginativas de la inteligencia,
o bendición peligrosa entre tanta queja, tanto vacío en la marcha,
porque son inagotables recursos y gramáticas en la escritura de luz-materia,
en los deberes escolares cuando se es viejo en este mundo, joven en el paraje idéntico,
pletórico de angustias y riquezas negativas en el bolso de la vida con minúsculas.

Son incordios de la mente y el cerebro, nos citamos mutuamente y sonreímos
con estos trémulos labios suspirando los efluvios del destino,
las irradiaciones milagrosas en lo inmaterial,
mientras consultaba el diccionario de la lengua
y leía en su effluvium altísimas partículas,
sutiles concordancias en los océanos del allá,
en los ángulos de la densidad perpetua, en la gravitación inamovible del espíritu.

Son fuerzas débiles sin sinapsis sólidas, albarizos sueños,
voltarios recuerdos en el estambre de la vida de estos tiempos
o de neuronas entrometidas con una danza enferma
donde la comprensión se fuga en líneas prófugas,
en fantasmales palios, gramáticas confusas y undosas
de un discurso elaborado en las penumbras de la condición humana o angélica.
Son sumas incompletas de un albur sin causas,
de un resplandor sin refulgencias, de efectos cuando no se palpan
en las ancestrales potencialidades donde la luz y las sombras se liberan.

  1. Soliloquios perpetuos de un antes

Por esas soledades del recuerdo, por las esferas miríficas de las certezas,
por esos mundos desconocidos a la inteligencia terrena,
en los recodos íntimos de cuanto fuera en la temporalidad de las secuencias
y en la espacialidad de las sombras, entre los círculos perpetuos
de todo aquello no nombrado ni retenido en la memoria
ni en los anales nunca vistos en la experiencia de la luz-materia.

Por cuanto acontece en lo nombrable son haberes irremediables de espíritu,
son presencias numerosas en la absolutidad de lo existente
porque se desgranan en inagotables torrentes,
en oscilaciones continuas donde lo experimental recuerda y se despliega.
Son estancias que flotan y ondean, aun cuando no son cosas ni planetas,
ni naturalezas de un mundo en evolución
con el fragor de estrellas y cantos errabundos
de las partículas-ondas viajando por una infinidad primordial.

Y detrás de todo eso, de cuanto es luz y vida en mi conciencia,
eventos esenciales de un íntimo querer,
se plasma el ser, justifica su variabilidad terrena
con resplandor y luminiscencias entre las mentes humanas estas.
Simplemente son oscuridades silenciosas si el errar abandona su deambular
o si son silentes remusgos de un avatar trémulo en la indeterminación,
en los impases e incertidumbres carcomiendo, con su lenta ronda,
los senderos programáticos del ente humano en esta tierra,
en este malestar del vecindario bullicioso, de suburbios sin esperanzas.

Es allí, sin esos lapsos ni medidas ni dimensiones farragosas,
de dudosa ortografía y mañas del idioma, cuando expreso,
y no se ahuyenten por mis sombras luminosas, los caminos del existo
si dijera mis palabras, mis netas olvidanzas con las cosas, con el habla diaria,
cuando el centro potencial de conciencia se actualiza con sus tropos, meros fonemas,
con vectores absolutos callando procedencias
y hontanares primordiales de la razón perpleja, del juicio sin la lógica,
de brotes vivientes en las entrañas de tantas estrellas
alejadas de la comprensión terrena, del delirio de las sectas bucólicas del planeta.

En definitiva, son lo nombrable sigiloso y mudo de la conciencia, sepan,
son efluvios sin parentela de cuanta palabra se pronuncia desde la intimidad primera,
desde el fondo de las certezas cuando la filosofía emana como corpúsculos de materia,
como soliloquios perpetuos de un antes de cuando lo que es ya fuera.

  1. En el centro metafórico de las cosas

Son puntos focales del espacio y el tiempo, paradigmas, fulgores adyacentes
al rostro de un abismo metafísico cerca al eco moribundo en las orejas,
son estancias acumuladas en los vectores internos y móviles de un relámpago
mientras se evacuan los flujos de las quimeras, los estambres de la existencia,
o cuando son umbrías invisibles a tanta inteligencia callejera
rondando en las esquinas, al norte de la brújula, al sur de sus antípodas,
olvidando los pasos del destino agazapado en la cumbre de los árboles,
en las huestes del mañana traficando tanto deshilado tiempo,
en la antigüedad del mundo y los cerebros, con el retumbo del ayer en el futuro.

Son eventualidades bien nombradas en el raudal indescifrable
y precedente al primigenio océano, al piélago vacío de la nada,
a lo antecedente del pretérito, y cuando se unen
en un connubio de ondas de espíritu y reflejos, del pienso después del luego,
en undívagas y apacibles formas sin el rumor vibrátil de undosos vuelos
porque el espacio es una simple referencia estacionaria
donde los puntos temporales se forman en mil secuencias imposibles y confusas.

Son zonas absolutas de existencias, dice el vecino a mi conciencia,
son infinidades desconocidas detrás del uno mismo de la especie,
del sí consigo mismo acompañándolo a la sombra de una duda impositiva,
después de la incertidumbre de una coma, de una oración ambigua.

Son potencialidades espaciales y energías-fuerzas
inmovilizando el prosear de la materia, el ronroneo del ego suelto,
las interferencias gramaticales de las estrellas,
los vectores oblicuos de las sílabas, o los caracteres de la escritura cósmica
mientras se decolora en la imaginación terrena,
en la nada implícita entre brumas y foscas artimañas
por donde se focalizan el espacio y el tiempo como dualidad promiscua,
como un devenir en almas que no logran
aprehender el absolutum de conciencia, la eternidad futura, la presente y pretérita.
Son presencias porque el espacio abriga su quietud perpetua,
energías si se pulsan, si laten como un corazón o las arterias,
si son matrices nombradas con una lengua extraña,
en vaivenes que no mueven sus hélices al interior de sus panoplias
o al exterior de sus gravitantes formas, sinceras palabras o confusión horaria.
Y porque son cuerdas omnipresentes amarrando juicios y reservas
durante las errancias de sus corporeidades manifiestas.

Es allí, digámonos al unísono, atados por el silencio de estos seres,
que la presunción comienza como avatares en desbandada
donde lo primero se nombra con una o mil palabras,
donde los movimientos son historia de una energía invisible al alma terrena
al expandir sus aguas como en los precipicios de las montañas,
al extender sus astas giratorias, sus vectores de perpetuidades recónditas,
sus luces-ondas, su materia, en una realidad paradisíaca y cósmica.

Después de siempre, sin el antes que anteceda, calamidad contradictoria,
en ninguna parte o en todas, en el centro metafórico de las cosas,
en el vector geográfico de las paralelas de la existencia céntrica,
lo innombrable es una referencia en el hontanar de las tramoyas metafísicas,
en las dialécticas eventuales cuando superan incomprensión y duda
frente al absolutum inaugural de las estrellas,
en los mundos y sus conciencias, en sus eventualidades y figuras,
en los misterios que sueñan avatares futuristas en el después de estas eras.

Después de siempre y a causa de los cerebros carcomidos por el tiempo
o labrados como piedras en el mar espacial que les transporta,
los senderos se forman cuando el espacio y el tiempo se aprietan
en un idilio enfermo, en un vaivén de ondas perpetuas,
en el pentagrama sonoro de la experiencia, y cuando los mundos respiran
y son melodías barrocas en el gran concierto de la viviente luz-conciencia.


__________
* Ramiro Arango nació en Fredonia, Antioquia, el 12 de agosto de 1946. Todavía niño se mudó a Medellín, donde terminó la escuela primaria y parte del bachillerato. Luego se transladó a Bogotá, donde se gradúa en Ciencias Económicas en la Universidad Externado de Colombia.

Después de trabajar algunos meses en la industria privada como economista viaja a París, en noviembre de 1974. Aquí, despues de haber archivado su título de economista, inicia estudios de pintura en la Universidad de París, facultad de Vincennes VIII.

A partir de 1979 empieza a mostrar su trabajo pictórico en diferentes países, y en el año 2006 incursiona nuevamente en la poesía, cosa que Ramiro hacía antes de dedicarse a la pintura, cuando era aún muy joven y vivía en Colombia.

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Comments 1

  1. Reciban un gran saludo desde las riberas del Sena. Y un agradecimiento por permitir que algunos de mis poemas y fotos de pinturas hagan parte de la edición 73 de Cronopio. Una larga vida para la Revista!
    Ramiro Arango

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