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marta tiene una perversion

MARTA TIENE UNA PERVERSIÓN

Por Andrés Mauricio Muñoz*

En este momento estoy solo en mi habitación. No sé si hoy por fin sea capaz de confrontar a Marta. A veces pienso que no es el mejor momento para hacerlo. Desde que nos casamos es la primera vez que siento que nuestra relación se encuentra bastante vulnerable. No es el sexo, como podría pensarse de una pareja que aún no completa los dos años, pues hasta el momento creo que por ese lado no le he fallado; tampoco la convivencia porque, aunque Marta es un poco obsesiva por el orden y yo era la mata del desorden, mamá siempre me enseñó a moldear mis costumbres para no ser un estorbo para nadie.
Pero estamos mal. Los primeros brotes de conflicto se presentaron hace un poco más de tres meses, a raíz de mis constantes evasivas cuando ella me proponía cambiar el estilo del apartamento. Evasivas y también negativas, pues varias veces le dije abiertamente que no. Ella se inclinaba por una propuesta de culture, que le daría al lugar «mucha más vida»: muebles tapizados con diferentes colores, colores vivos, sobre todo; cojines de suelo en los rincones de la sala y un comedor con acabados en madera rústica. También hablaba de poner cuadros de arte abstracto. Se paraba en medio de la sala y comenzaba a mirar para todos lados, como ida, en una especie de trance; yo me quedaba sentado en la mesa y me daba cuenta de que sus ojos parecían verlo todo con el nuevo decorado. Pero yo no quería gastar un peso más en este apartamento. Por eso le dije, cuando me presentó emocionada la revista, que a mí me gustaba algo más simple, más espontáneo, más casual; algo así como el estilo minimal, dijo desilusionada. No, no me gusta así, entonces prefiero dejarlo como está, agregó arrugando la cara y con esa frase puso punto final a la conversación. Sin embargo, con los días, una vez depurada su estrategia de manipulación, desapareció el punto y se convirtió en una coma, en una sucesión de comas que separaban frases sueltas pero muy bien meditadas; indirectas y directas con las que ella, con mucha maestría, daba forma a retahílas. Marta supo disponer, en el momento preciso, cada uno de los comentarios con los que buscaba menguar mi resistencia. Ya no aceptaba traer amigos a la casa porque, según ella, sentía física pena de recibirlos en un apartamento como ese: el tapizado de los muebles estaba muy curtido y el comedor de madera de Cedro Puerto Asís no hacía juego con la sala ni mucho menos con la biblioteca. Además, no era solo eso: todo, absolutamente todo, tenía un no sé qué que no encajaba. Tal vez cierto aire de provincia, quizá a ella todo le resultaba anacrónico; nada, ni siquiera la repisita donde poníamos el marquito con una de las fotos de la boda estaba a la altura del apartamento de unos ejecutivos promisorios. Nunca imaginé que su cargo de representante de una oficina de inversiones en finca raíz la fuera a volver más estilizada de lo que siempre había sido. Por este asunto hemos estado encerrados en el apartamento casi todos los fines de semana. Yo me he aficionado mucho más al tenis. No me he perdido ninguno de los Master Series que transmite ESPN mientras ella se la pasa pegada al computador. Gracias a esto ha vuelto a saber de Verónica, que está casada con un corredor de bolsa de Manhattan; de Claudia, que se fue a París como babysitter y ahora está tramitando su nacionalidad francesa a raíz de su matrimonio con Sivaraj, un italiano de padres marroquíes.

Para rematar, me cambiaron de cargo en la empresa y esto hizo que mis ausencias en días de semana fueran más frecuentes. Según el nuevo vicepresidente de la compañía para la que trabajo, ahora ya no tenía que encargarme de las ventas de software para las Pymes en Colombia, sino de las proyecciones de ventas a través de canales para la región andina. Aunque hemos tratado de aprovechar al máximo los fines de semana, siempre llegamos a casa con una sensación de vacío que no podemos explicar; compartir la cama en estas circunstancias es algo bastante delicado, incómodo. Yo, por mi parte, cuando me acuesto le doy un beso en la boca y luego me volteo y me acurruco a un lado para escuchar cómo hace zapping durante casi una hora; así me coge el sueño y así me encuentra el otro día. El sexo se ha visto reducido a tan solo dos veces en el mes; eso sí, siempre placentero. El resto de las noches es solo dormir, la sola alegría de saber que esa mujer que te ama y que amas está ahí, a tu lado.

En una de esas noches, hace como un mes, un malestar estomacal por un langostino que comí hizo que me despertara casi a medianoche, lo cual no ocurre con frecuencia, pues suelo quedar fundido una vez me coge el sueño. Me desperté y, como acto reflejo, estiré mi brazo para comprobar que Marta dormía a mi lado; pero no fue así. Marta no estaba. En un principio pensé que estaría en el baño, pero con solo girar la cabeza y afinar mi mirada lagañosa me di cuenta de que estaba equivocado. Salí de la habitación. Cuando llegué a la sala, un poco asustado de ver todo apagado, incluso la luz de la cocina que normalmente se nos queda encendida, pude escuchar un golpecito constante que de inmediato asocié a la imagen de sus dedos hundiendo las teclas del computador. La sorprendí con un beso en el cuello. Ella, de manera instintiva, cerró un cuadro de diálogo; después, un poco azarada aunque cariñosa, apagó el computador y me llevó hasta la habitación para hacerme el amor. Lo hizo de tal manera que me recordó cuando lo hacíamos en el estudio de su casa, en silencio, con toda su familia arriba en el segundo piso. Cuando le di el beso en el cuello alcancé a darme cuenta de que hablaba con alguien por el Messenger y que esa persona tenía encendida su webcam. Aunque no le pregunté, al otro día me contó que hablaba con Claudia; ya tenía casi todos sus papeles listos y habría que, en cualquier momento, caerle de sorpresa a París y de paso darnos unas vacacioncitas que bien nos merecíamos. Su amiga Laura hacía poco tiempo había viajado; ni me imaginaba yo las fotos que tomó.

Fue así como Internet se convirtió para ella en una afición, la única que hasta el momento le conocía; Marta no era mujer de aficiones ni hobbies ni alguna inclinación particular por algo. Claro, hasta el momento yo solo conocía su fascinación por la vida light, su adoración por lo cuco y nice de las cosas: Qué jarrita tan cuquita, la alfombra recuquísima, el apartamento nice con esa cenefa tan cuca. Ella siempre ha sido una niña bien, acostumbrada a la vida acomodada. En la universidad, cuando la conocí, no era muy amiga de rumbas, fiestas o, incluso, los famosos paseos a la finca con quedada y todo; sin embargo, era frecuente escucharle sus relatos sobre las vacaciones en Fort Collins, Miami, Madrid, Buenos Aires y, cuando mal le iba, San Andrés o Cartagena. Fue mujer de pocos novios. Si mi suegro, el siempre imponente Julio Sotelo, no me mintió, fui el segundo, y el primero en serio; su primer noviazgo había durado tan solo seis meses, que si los comparamos con los ocho años que duré con ella antes de casarme, no es algo que valga la pena mencionar. Son palabras de mi suegro que repito en forma literal.

Para no desviar el tema: Internet se había convertido para ella en una especie de refugio, una suerte de cápsula donde no cabía la preocupación ni el más mínimo reparo a lo lobo de nuestro apartamento. Para mí, debido a que el ambiente era tan tenso, esta espontánea afición era un poco más que conveniente; mientras ella estuviera empecinada en permanecer encerrada en el estudio, prácticamente evadíamos las situaciones que pudieran causarnos algún tipo de roce. Además me permitía ser el dueño y señor del control del televisor para ver a mi antojo lo que se me viniera en gana. Fue precisamente en una de esas jornadas, mientras ejercía y disfrutaba de mi nueva soberanía en esa habitación, que nunca antes había sido plenamente mía, cuando no por débil dejé de escuchar un pequeño gemido femenino que no podía ser de alguien diferente a Marta, pues el televisor solo devolvía sonidos de pelota y uno que otro gemido de varón, a veces de Lleyton Hewitt, a veces de David Nalbandian. A ese gemidito siguió un silencio preocupante; aunque, siendo honestos, solo tomó forma de preocupación cuando asocié su timbre y su tono con los que había dejado escapar Marta cuando, todavía virgen, lo hicimos en el estudio de la casa de sus padres.

Con mucho sigilo salí de la habitación, después de haber subido un poco el volumen del televisor. Entré al estudio y lo primero que vi fue su mano izquierda cogiéndose las tetas y subiéndolas para que quedaran al alcance de la webcam; la otra mano la tenía bajo el pantaloncito que dos días antes le había traído de Caracas. Se movía en círculos, como a ella le gustaba masturbarse. No sé cómo no perdí el conocimiento si sentí que todo a mi alrededor también giraba. Como no fui capaz de decir nada en ese instante, siempre he sido una güeva para eso, aproveché una algarabía del público en el televisor para retirarme muy despacio; no sin que mis ojos alcanzaran a leer un par de frases: Te lo juro que no es morbo, simplemente me parecería tierno; esa, escrita por algún hijueputa en algún lugar del mundo. Tampoco es por morbo, pero me fascinó tu pene, es limpio, bello, nada arrugadito, decía ella, mi esposa, mi amiga, mi amante, mi niña, la puta que escogí para vivir conmigo. Subí mis ojos hacia la parte de arriba de la conversación; antes de eso, habían estado hablando del clima de Monterrey. Él le decía que algún día tendría que ir a conocerlo. Me retiré. No me sentí capaz de seguir ahí, espiando. Alcancé a llegar a la habitación antes de que Hewitt se tirara de rodillas a celebrar su triunfo sobre Nalbandian; como si con eso cumpliera el único objetivo de su vida, como si fuera un hombre que acabara de recibir lo máximo que esta podía darle, como si todos sus actos hubieran sido dispuestos para desembocar frenéticos en ese instante cuando de rodillas mira al cielo, como si ganarle a ese otro imbécil lo convirtiera en el gran putas, el putas de los putas: ¡qué poco necesitan del mundo estos güevones! Apagué el televisor y tiré el control a un rincón encima de la ropa sucia. Unos minutos después llegó Marta con sus tetas bien cubiertas y se acomodó a mi lado. Me besó en la boca y quiso seducirme; pero no fui capaz de ceder a sus pretensiones, tuve que contestar como una vieja: Me duele la cabeza, amor. Antes de voltearme le cogí la mano y le di un beso en señal de despedida; olía todavía a su sexo y, de no ser porque Internet solo es capaz de transmitir imágenes y frasecitas culas, olería también al pene de ese malparido. De eso hace ocho días y desde entonces he buscado de mil formas la manera de hablarle, de enfrentarla, de preguntarle qué hacía y en qué estaba pensando cuando decidió mostrarle las tetas a un desconocido y masturbarse frente a él.

Llevo tres horas sentado en este sofá de mierda y ella no aparece; está donde Laura volviendo a ver las fotos que yo ni me imagino.

Suenan las llaves en la puerta. Es ella.

—Marta, amor —le digo, poniéndome de pie—, tenemos que hablar.
—Claro que sí —contesta.

* * *

El presente texto hace parte de la novela «El último Donjuán», publicada por Seix Barral Biblioteca Breve, Editorial Planeta, en 2016.

_________

* Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, Colombia, 1974) Ganador de los concursos nacionales de cuento: Libros y Letras, en 2006; Premio Literario Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en 2007; TEUC, Universidad Central, en 2008. Su libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, fue considerado como uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año en Colombia. En 2015 se publicó su libro de cuentos Un lugar para que rece Adela (Editorial Universidad de Antioquia), el cual fue recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica. Seix Barral, de editorial Planeta, publicó en 2016 su novela El último donjuán. Textos suyos han sido traducidos al árabe, francés, alemán e italiano y han aparecido en prestigiosas publicaciones como: El Malpensante (Colombia), Revista Número (Colombia), Rio Grande Review (Estados Unidos), Casa de América (España), El Grifo (Chile), Barcelona Review (España) y Letralia (Venezuela).

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