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La ciudad infartada

LA CIUDAD INFARTADA

Por Daniel La Parra Casado*

«Los atascos que sufrimos pueden parecerse a los atascos que se producen en el sistema circulatorio».José Luis Sampedro, en La Ciencia y la Vida, diálogo con Valentín Fuster

El espacio para vivir se convierte en espacio para circular. Donde podrían encontrarse niños reinventando los juegos infantiles, descubrimos vehículos estacionados. Por donde podría fluir una ciudadanía en movimiento, nos topamos con tránsito obstruido. Allí donde la conversación, o quizá la música, podría romper el trino de los pájaros, hay ruidos de motores y las aves han volado.

Nos trasportamos, de manera que lo único relevante entre un punto y otro es el tiempo transcurrido. Las distancias se miden en tiempo porque el espacio que habitamos, por el que nos movemos, deja de ser relevante. No importa quién lo habita, con quién nos encontramos, pues nosotros pasamos, simplemente vamos de paso.

El medio de transporte es eso, un medio, que no un fin, es un nexo entre dos destinos, algo inevitable pero, en el fondo, irrelevante. Tanto que uno puede apagar sus sentidos, salvo quizá, el de la vista que siempre puede ser dirigido hacia una pantalla o, para quien vive en una deliciosa anomalía sincrónica, hacia una página impresa. Otros, preferirán la experiencia acústica proporcionada por unos auriculares que, a veces, no es más que otra forma de dormitar el espacio.

Entonces, sólo entonces, es cuando la ciudad está a punto de sufrir un accidente cardiovascular fatal. Está infartada.

Cuentan los médicos que los primeros síntomas de la enfermedad cardíaca se han de buscar en las arterias. Y uno de estos primeros síntomas es la caída de los monocitos, que tienen la función de eliminar las grasas, microorganismos o restos celulares. Sin embargo, su función se transforma cuando hay demasiado colesterol en el sistema circulatorio, como si entendieran que su trabajo, pasado cierto punto, es inútil. Esto a la postre contribuye a incrementar el factor de coagulación pudiendo llegar a producirse un colapso circulatorio.

En nuestras ciudades la función de la grasa la representan una serie de cápsulas metálicas calzadas con ruedas de caucho que reciben el nombre de autos o coches, según de a qué lado del océano se sitúe el hablante. Estas capsulas circulan por la parte central de las calles y se acumulan en sus laterales, formando paredes, que a veces acaban obstruyendo el conjunto de la calle. Los monocitos urbanos son aquellas personas que, por su comportamiento, consiguen eliminar cápsulas metálicas de la calzada. Se trata de personas a pie o en bici. La mayoría de los monocitos urbanos realiza su función sin más, sin pensar sobre ello. Sin embargo, algunos monocitos urbanos, muy pocos, son conscientes de su rol, van en bici y las rotulan con el mensaje «un auto menos». Los monocitos urbanos también tienden a cambiar su comportamiento cuando el volumen de vehículos de lata es alto. Andar o pedalear se convierte en un peligro para ellos y optan por invertir su función, convertirse, esto es, enjaularse en una lata. Este comportamiento suicida de nuestros monocitos contribuye a incrementar el factor de coagulación: los atascos, la circulación a bajas o medias velocidades y el dominio motorizado se convierten en la norma. El monocito urbano pasa de fagocitar, limpiando las calles de la ciudad de obstáculos, ruidos y humos, a ser fagocitado/enlatado.

Este proceso dramático lleva a propuestas de solución osadas. La idea es convertir a las calles de la ciudad en carreteras en un intento desesperado de acabar con la obstrucción. Para ello se aplican un conjunto de técnicas quirúrgicas que han sido desarrolladas por los galenos de la ciudad: los ingenieros urbanos. Éstas consisten en aplicar todo tipo de intervenciones que tienen como objetivo favorecer la fluidez del tráfico. Entre las principales estrategias, destaca el puenteo de la arteria ocluida con otros vasos para construir una circunvalación (también llamado bypass); en otros casos, se fuerza mediante algún medio una ampliación de su cauce añadiendo nuevos carriles que se restan a los espacios antes ocupados por viandantes, zonas verdes u otros (stent); o, también, se pueden introducir estímulos eléctricos o semáforos que favorezcan la circulación de las latas frente a la de cualquier otro usuario (marcapasos).

Cuando se interviene de este modo, sin embargo, no se actúa sobre el proceso de necrosis o muerte de la vida urbana que ha provocado el problema circulatorio. El daño ya se ha producido en los años previos al colapso e incluso perdura una vez se ha restablecido la circulación. En el proceso, la ciudad que fue un espacio de ciudadanos libres e iguales, encuentra a su ciudadanía estratificada según el medio de transporte que usa o su capacidad de movimiento; la ciudad que fue creada como un centro de trabajo, se ha convertido en un lugar en el que una buena parte del tiempo de trabajo se emplea en llegar al trabajo; la ciudad que permitió el florecimiento de la vida política de cara al público, decide lo relevante a puerta cerrada; la ciudad que ha de ser el espacio de crecimiento y desarrollo personal de los niños, los confina entre las paredes de las escuelas y los hogares, a salvo de accidentes y otros peligros; la ciudad que hizo florecer el comercio, exterioriza su actividad comercial extramuros, matando el comercio en su interior; la ciudad que nos proporcionaba un espacio construido de protección frente a las adversidades, es ahora productora de contaminación, ruido y accidentes que erosionan nuestras vidas.

Los ciudadanos de la ciudad infartada o tratada contra el infarto pierden su salud como efecto de habitar en un entorno obesogénico, polucionado, peligroso y ruidoso, en el que, pese al sedentarismo, es difícil hasta el descanso, convirtiéndoles a ellos mismos en posibles infartados. Los urbanitas que inventaron la idea de familia nuclear, encuentran sus vidas familiares fragmentadas e individualizadas en lugares de trabajo, escuelas, medios de transporte y lugares de ocio y consumo. En la ciudad infartada no hay espacio para estar con el otro, entenderlo, escucharlo: la aglomeración y el colapso producen soledad.

Para evitar el infarto urbano nuestro paciente deberá realizar ejercicio (moverse sin motores), dejar de fumar (olvidarse de quemar combustibles fósiles), comer menos (reducir el consumo), evitar la borrachera diaria de petróleo, adelgazar sus infraestructuras para almacenar grasas (esto es, cápsulas metálicas con ruedas de caucho) y recuperar la función de sus monocitos: contar con una ciudadanía de paso firme y pedalada potente.

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* Daniel La Parra Casado es profesor titular de universidad en el área de Sociología en la Universidad de Alicante (España). Doctor en Sociología (UA) y Msc en Epidemiología (LSHTM) investiga sobre los procesos sociales que determinan la salud poblacional. Sus publicaciones se centran en la investigación de las desigualdades sociales en salud, en especial, las relacionadas con la adscripción étnica, el género y la clase social. Es director del Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud (IUDESP) sobre inclusión social y salud y experto en el área de salud del Consejo Estatal del Pueblo Gitano de España. Colabora en distintas iniciativas ciudadanas para conseguir mejores ciudades.

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