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Bucles intelectuales de jon juaristi

DE LA MELANCOLÍA NACIONALISTA Y DE OTROS BUCLES INTELECTUALES DE JON JUARISTI: EL TEMA VASCO

Por Jorge Machín Lucas*

Publicado en 1997, El bucle melancólico de Jon Juaristi es un libro ciertamente insólito, difícilmente clasificable, cuyo tema principal sería, sin lugar a dudas, la construcción mítica de la nación vasca. En realidad, este libro es el punto de encuentro entre varios géneros que le dan unidad y que a la vez lo dinamizan internamente. Dentro de esta evidente mistificación de géneros y de estilos, supeditados a la fórmula del ensayo, se pueden localizar varios tipos de ellos entre sus páginas.

Por una parte, el del mismo ensayo por el rigor histórico de los datos aportados, por sus reflexiones y por los denominados «paratextos», o enunciados que acompañan al texto principal, como son los mottos o citaciones restituidas de otros autores sobre la melancolía, además de las notas de pie de página y del índice onomástico. Por otra, parece una recopilación de artículos de revista especializada, así como un libro de memorias que oscila entre lo propiamente ensayístico, la novelística y la poesía, esta última en forma tanto de materiales poéticos tradicionales u orales incrustados dentro del tejido textual como del propio estilo de que por momentos hace gala este famoso ensayista que también es poeta. Por añadidura, este libro contiene estudios filológicos que se centran sobre todo en el cotejo de ciertas fuentes como pueden ser el análisis de un poema, el alegato panfletario, el libelo o el dicterio contra las creencias nacionalistas, sus mitos, su historia inventada y sus personajes más destacados.

Asimismo, estas páginas están infundidas por un innegable aliento de palinodia, de constante excusa y retractación pública en lo personal, y por otro de tipo elegiaco. Ambos demuestran el acto de contrición y de conjura de sus particulares demonios del pasado que pretende exorcizar este controvertido intelectual vasco, antaño nacionalista y hogaño antinacionalista, a la luz de determinados fragmentos de la obra que serán comentados posteriormente. De todos modos, conviene recordar que, nada más abrir las páginas de esta edición, lo que se nos hace más perceptible es el tono de planctus, de lamento, por la muerte del concejal del conservador Partido Popular llamado Miguel Ángel Blanco Garrido a manos del grupo terrorista ETA. Es en esto que la obra demuestra una circularidad que pretende envolver los trasiegos de una historia de reclamaciones nacionalistas y de terror y de muerte que han asolado España sobre todo en la segunda mitad del siglo XX.

En definitiva, es un libro ciertamente mucho más subjetivo y heterodoxo de lo que pide un ensayo de rigor, objetivo y científicamente ortodoxo. El mismo Juaristi ha reconocido no haberlo querido escribir de otra manera, con un estilo que bascula entre el fárrago y la aridez terminológica y expositiva, muy moroso a veces, y un lenguaje más vivaz, más desenfadado, más lacerante y más espontáneo, llegando a la ironía, al sarcasmo y a la crítica más feroz, suavizado por los mencionados párrafos líricos.

De gran interés es el título del libro. El bucle melancólico va a advertirnos desde buen principio que la melancolía es la coda o ritornelo constante sobre la que van a orbitar las reflexiones de la obra acerca del origen ensimismado, melancólico y casi autista del nacionalismo vasco como epítome de todos los movimientos de emancipación. Juaristi destaca que Sigmund Freud veía una clara diferencia entre lo que es la aflicción y la melancolía. Afligido es el que pierde pero que sigue buscando el objeto perdido, mientras que el melancólico es el que pierde y se cierra en sí mismo en una actitud de solipsismo, a saber, de subjetivismo y de narcisismo radicales. Este último concepto está apoyado con citas no solo de Freud sino también del filósofo Giorgio Agamben.

En fin, la melancolía es la gran causante de la construcción mítica de las nacionalidades. Se deriva de un estado psicológico de pérdida idealizada, que en el caso de los nacionalistas en general y en el de los del País Vasco o Euzkadi en particular es fingida, grabada en sus mentes de manera artificial según el parecer del historiador, filólogo y poeta vasco. Esta melancolía adquiere forma de bucle ya que al no haber objeto patriótico perdido (Euzkadi no perdió nunca su independencia ya que jamás la ha tenido mientras España ha existido como tal) esa sensación de pérdida se vuelve en forma de boomerang hacia el mismo sujeto que la padece, lo cual le hace no poder salir con facilidad de ese estado de idealismo, de ensoñación y al mismo tiempo de amargura en que vive. Es decir, todo vive formado en su mente, es inmanente, y no fuera de ella, no es trascendente.

En su composición formal, el libro se vertebra en nueve capítulos en forma de artículos además del prólogo, de la nota del autor y de la introducción. Es de destacar que debajo de las divisiones por capítulos fluye todo un caudal, si no un magma incandescente, de carácter histórico-crítico y sentimental sobre la historia e intrahistoria, en el sentido más unamuniano de ambos términos, del nacionalismo vasco. Recordemos que don Miguel de Unamuno es una de las figuras intelectuales que para Juaristi tuvo más importancia dentro de la historia de dicho nacionalismo, aunque no sea considerado como un nacionalista en puridad.

Las líneas medulares del reordenamiento histórico de esta historia, mayoritariamente extraídas de esta obra (aunque no exclusivamente de ella), serían las siguientes:

1.- En 1492 se produce la expulsión de los judíos de España. Más tarde, durante el reinado de Felipe II, en la búsqueda de la pureza de sangre, bastantes vascos consiguen importantes puestos en las administraciones de la monarquía, tanto en la filipina como en otras, ya que se les considera los menos afectados por la contaminación de sangre judaica o morisca que se mezcló en las venas de una gran parte de los españoles.

2.- Esto les dio fuerza para obtener ciertos objetivos económicos, los posteriores fueros o sistemas de concertación económica que han acabado dando más poderes de autogestión a los vascos o a los navarros que a los lander alemanes o a los cantones suizos. También, derivado de lo anterior, les dio ánimos para ciertas reivindicaciones patrióticas que hacían especial hincapié en el hecho diferencial y en deseos de separación del Estado español.

3.- Las iglesias han sido generalmente las áreas de mayor concentración cultural en el País Vasco. Una serie de intelectuales, eclesiásticos fundamentalmente, empezaron a fomentar la idea de que el euskera, esa lengua vasca de raíces ignotas, procede de una de tantas lenguas que se perdieron en la vega del bíblico río Senaar, tras la caída de la Torre de Babel y la disgregación del llamado «vernáculo adamita» (la supuesta lengua de los tiempos de Adán) o «lengua infusa» (la «panglosia» que Dios dio primigeniamente a los hombres para que se entendiesen entre ellos). Detrás de todo esto puede que se encuentren influencias del pensamiento gnóstico o de la cábala. Por eso, empiezan a considerar el vasco como una lengua de una pureza que no comparten el resto de las lenguas romances e idealizan y dan carta de naturaleza estética en lo literario a sus confusos orígenes.

4.- Durante el tránsito del siglo XVIII al XIX, aparecen dos figuras intelectuales clave dentro de la clerecía vasca: Juan Antonio Moguel y Pedro Pablo de Astarloa. El primero es el autor de Peru Abarca (1802), una novela rural idealizada que se fundamenta en un diálogo entre un barbero «callejero» que usa un euskera corrompido de romance y un campesino con la lengua pura, la que se conserva entre las esencias rurales del País Vasco. Moguel defendía en ella el habla del campesino, aunque Juaristi afirma que era una recreación artificiosa del hablar ideal de la época. Se considera a esta novela como la primera escrita en euskera. El segundo autor, Astarloa, fue el creador de la Apología de la lengua Bascongada, notablemente influido por la celtomanía del XVIII, por el lexicógrafo galés del XVI y del XVII John Davies y por el ensayista francés Antoine Court de Gébelin.

5.- En realidad, los grandes palimpsestos de que se nutrieron fueron la lingüística romántica de Herder y el pensamiento del filósofo Humboldt, que fue quien proveyó el material y el instrumental para estas elucubraciones, máxime si tenemos en cuenta que fue él quien dio a conocer a los vascos por toda Europa. A él se le puede considerar como el gran patriarca del pensamiento nacionalista.

6.- Tras este sedimento histórico, político y cultural, ya entrados en las dos centurias de los siglos XIX y XX, se pueden apreciar las siguientes teselas del gran mosaico histórico por grupos de forjadores nacionalistas:

6a.- Los forjadores de la retórica nacionalista: Sabino Arana Goiri, José María Aguirre (Alias «Lizardi») y Gabriel Aresti. El primero fue el creador de la narración arquetípica del nacionalismo vasco y fundador del PNV (Partido Nacionalista Vasco, de tendencia conservadora), mientras que los dos últimos fueron poetas.

6b.- Los forjadores de las leyendas vascas recogidas o adaptadas durante el XIX: destacan entre ellos Joseph-Augustin Chaho, Francisco Navarro Villoslada, Antonio de Trueba y Vicente de Arana. El vasco francés Chaho fue el que acrisoló una nueva mitología, que ha sustituido a antiguos mitos de origen hebraico (Túbal por Aitor, por ejemplo), los cuales por tanto estaban manchados de sangre judía. Su obra más emblemática en este aspecto fue La leyenda de Aitor de 1845, publicada originariamente en francés y traducida al español en 1878 por Arturo Campión. Está inscrita en las leyendas típicas del siglo XIX. Chaho estaba posiblemente influido, entre otras muchas obras, por los falsos cantos ossiánicos de James McPherson y, por ende, afectado del «síndrome de Erasmo» o de la creación de pruebas falsas para apoyar ideas propias. Navarro Villoslada escribió Amaya o los vascos en el siglo VIII, publicada en una revista desde 1877. De Trueba hay dos relatos breves sobre la leyenda de Jaun Zuría y el Señorío de Vizcaya hacia 1300 y de de Arana la novela histórica al gusto prerrafaelita titulada Jaun Zuría o el caudillo blanco.

6c.- Los forjadores filológicos han sido Arturo Campión en el XIX y Resurrección María de Azkue y Julio de Urquijo en el XX.

6d.- Los forjadores antropológicos José Miguel de Barandiarán y Julio Caro Baroja en sus estudios sobre la raza vasca.

A pesar de todo, hay solo dos grandes protagonistas en el libro: la familia Arana (Sabino Arana Goiri especialmente, pero también su hermano Luis –siguiente presidente del PNV- y su primo, el ya mencionado Vicente) y Miguel de Unamuno.

Los primeros incorporan rasgos tales como ignorantes, mitómanos incoherentes, advenedizos, algunos de ellos no muy amigos del celibato y mujeriegos irredentos (Vicente, especialmente), misóginos y hasta cierto punto misántropos, resentidos por las derrotas en las guerras carlistas ya que procedían de familias que apoyaban a ese sucesor dinástico durante la segunda mitad del siglo XIX. Hay que recordar que la mayoría de los nacionalistas descendían de carlistas y que en ellos se producía una equivalencia entre carlismo y fuerismo. A su vez, las reivindicaciones de fueros las hacían equivaler a otras de independencia del País Vasco. De hecho, para ellos la causa dinástica era posiblemente secundaria así como para el general carlista del XIX Tomás de Zumalacárregui o, hace unos pocos años, para Xabier Arzalluz, que fue presidente del PNV de 1985 a 2004.

En cuanto a Miguel de Unamuno, cabe decir que tuvo una visión contradictoria y fluctuante sobre el hecho nacionalista, aunque casi nunca llegó a serlo por completo. Fue más bien un idealista que cada vez más se apartó de aquellos aspectos en los que pudo llegar a coincidir con ese pensamiento.

7.- Ya entrados en el siglo XX, tras la muerte de Sabino Arana, empezaron las guerras intestinas en el seno del PNV para su sucesión, fundamentalmente por cuestiones de ortodoxia. Luis Arana y Elías Gallastegui (con el heterónimo de «Gudari») llevaron las riendas del partido después del óbito del fundador. «Gudari» se enfrentó con el futuro presidente José Antonio Aguirre, el cual le criticó haberse distanciado del cristianismo peligrosamente y de acercarse demasiado y exclusivamente a lo social. Posiblemente, «Gudari» lo hizo como estrategia para acercarse a los obreros, que tradicionalmente no estaban por esas causas dadas sus procedencias foráneas. Así pues, el PNV se dividió en dos frentes: la corriente social y la corriente cristiana. Además, el hijo de Gallastegui, Iker, fundaría «Euzko Gaztedi», los primeros comandos nacionalistas.

8.- En los años 50, durante el franquismo, se puede detectar en la política y en la sociedad vasca un colaboracionismo de los ex-carlistas con el régimen del general Francisco Franco, como fue el caso del padre de Arzalluz. En el PNV se produjo la aparición de nacionalistas con apellidos y lengua foránea. Recordemos que la lengua vasca de siempre la hablaron minorías rurales y que era hablada y entendida por muy pocos. Los más insignes fueron Federcio Krutwig Salcedo, Jean Mirande Ayphasorho y José Luis Álvarez Emparanza, alias «Txillardegui». Krutwig fue un nacionalista cultural más que político, más radicalizado al final de su vida, cuando perteneció durante un tiempo a ETA y a su brazo político independentista HB. Mirande, junto con Gabriel Aresti y «Txillardegui», fue el fundador de la literatura moderna en euskera y bastante radical en sus planteamientos nacionalistas. «Txillardegui» dio en 1959 nombre a ETA, compuesta por nacionalistas de izquierda radical, que conjuntaban a marxistas-leninistas o que incluso llevaban detrás de ellos una tradición de maoísmo o de luxemburguismo, entre otras tendencias. Estos nacionalistas fueron atraídos más por los aspectos revolucionarios que por su política.

9.- Xabier Arzalluz, que como se ha dicho fue presidente del órgano de dirección del PNV, denominado «Euskadi Buru Batzar», era curiosamente hijo de padre franquista. Juaristi lo considera un gran melancólico, un resentido, un brillante fabulador y un xenófobo, entre otras cosas. Siempre ha creído en la distinción entre nacionalistas y no nacionalistas, por encima de donde procedan ambos grupos.

10.- La difusión de las ideas nacionalistas también tiene su eco en los medios de comunicación: el periódico «Egin» y «Radio Egin», que fueron desarticulados por el juez Baltasar Garzón, el cual llevó al director, Pepe Rei, a la cárcel. También ha destacado la editorial «Txalaparta».

Juaristi les critica a todos ellos el ser los inventores del pasado de la lengua vasca y de ser reinventores de la misma lengua, con técnicas puristas y neologistas. Los llama falsificadores de la historia, racistas, xenófobos, apellidistas, antiespañolistas y antisemitas, amantes de la limpieza de sangre y detractores de lo que no sea vasco en última instancia, así como visionarios y aburridos creadores de mitos y de topografías nacionalistas inexistentes.

Para Juaristi el modelo vasco no es comparable al irlandés de Pearse, Collins y de Valera, ya que los primeros nunca perdieron la independencia mientras que a los segundos sí que les sucedió eso a manos del Reino Unido.

Jon Juaristi, en resumidas cuentas, hace una deconstrucción de la mitología y de la mitografía nacional vasca. Mitología en cuanto a su fundamento en las leyendas de carácter popular y mitografía en cuanto a su plasmación literaria en leyendas escritas o en novelas históricas. Él se erige en la Némesis del nacionalismo vasco. Lo que se le echa de menos al autor es el planteamiento de una alternativa a la situación existente, ya que solo contribuye en ella, aunque de forma más que excelente por la calidad y cantidad de los datos aportados y por su capacidad de síntesis, con este proceso de deconstrucción historiográfica y filológica, y con un indudable apoyo a la política del no diálogo y de intervenciones exclusivamente policiales del gobierno del PP.

Tal vez a Juaristi una de las cosas que más le interesan en el fondo es hacer un ajuste de cuentas personal, ya que en realidad parece haberse sentido engañado por unas creencias y por un amor a la patria al que debió de renunciar por fuertes convicciones morales ante el estallido de la violencia y de la sinrazón en Euskadi. Los siguientes dos fragmentos hablan por sí solos.

1.- Sobre la muerte del etarra Javier Echevarrieta, el primer asesino terrorista:

«Quizá profesé en un tiempo cierta antipatía a su memoria, pero, en el fondo, no era otra cosa que el resquemor que tenía contra mí mismo, contra la mitología unamuniana y aranista de mi propia adolescencia, contra mi gozoso vivir en la contradicción, mi afirmación simultánea de los contrarios, a la irresponsable manera de don Miguel: contra mis poses de rebelde consentido, mi pedantería de prematuro intelectual que discute airado con los curas del colegio. Mi rencor, en fin, contra nuestra incauta generación del 68 (…).

»(…) Pero mi resentimiento contra la vieja melancolía es aún mayor: casi tan fuerte como mi odio al franquismo, aquel estupefaciente moral que nos embruteció a todos» (401-402).

2.- O este otro fragmento, de gran altura poética:

«Pero, de vez en cuando, en una cena de ex combatientes, alguien entona, con la lengua ya medio trabada, la vieja canción de los mendigoxales: «Vayamos de monte en monte, jóvenes vascos…».

Goazen mendiririk-mendi, euzkotar gazteak…

Y entonces siento en el pecho la punzada de una dolorosa y conocida melancolía, que llega acompañada del eco de mis voces ancestrales. Y debo atarme al frágil mastelete de sensatez que he podido salvar a través de los años turbulentos, porque esas voces me hablan de un amor nunca olvidado, del brillo de los helechos empapados de lluvia, de bosques que son un incendio de oro hacia la mañana de la libertad: me hablan de toda la belleza y la ternura de la vida, pero oigo también entre ellas una voz imperiosa, la de la vieja que pasó llorando, que clama por el pago de una irresarcible deuda de sangre» (289).

Las palabras hablan por sí solas.

Nota: Los dos últimos párrafos han sido extraídos de: Jon Juaristi. El bucle melancólico. Madrid: Espasa Calpe, 2000.

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* Jorge Machín Lucas es profesor asociado y facilitador de estudios hispánicos de la University of Winnipeg, se licenció en filología hispánica en la Universitat de Barcelona, en donde cursó también estudios graduados y escribió un trabajo sobre la obra novelística de Juan Benet. Se doctoró en la Ohio State University en literatura española sobre la obra poética de José Ángel Valente. Trabaja temas de postmodernidad, de intertextualidad, de irracionalismo y de comparativismo en la novela, poesía y ensayo contemporáneo español. Fue profesor también cuatro años en la University of South Dakota. Es autor de un libro sobre José Ángel Valente y de otro sobre Juan Benet, aparte de numerosos artículos sobre estos dos autores y sobre Antonio Gamoneda, además de un par sobre Juan Goytisolo y Miguel de Unamuno, entre otros.

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