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Fenicios vs vikingos

FENICIOS VS VIKINGOS O EL MEDITERRÁNEO EN LA PERIFERIA CULTURAL

Por Fernando Prados Martínez*

Una exposición inaugurada recientemente en el Museo Arqueológico de Alicante titulada «Vikingos, guerreros del norte, gigantes del mar», de espectacular puesta en escena y con un enorme éxito de público, me lleva a poner por escrito algunas reflexiones desde orillas del Mediterráneo. Esta magnífica exposición viene de algún modo a complementar una tendencia que desde la Universidad empezamos a observar con estupefacción en los últimos meses, sobre todo a partir de la programación en televisión de la serie «Vikings», escrita por Michael Hirst. Esta no es otra que el surgimiento de una moda por el estudio de la cultura vikinga, promovida no sólo desde los países nórdicos, como cabría esperar, sino también alentada ahora por nuestras instituciones culturales públicas.

Aunque el fenómeno vikingo genere entre los jóvenes una gran fascinación, la historia no debería convertirse jamás en un espectáculo, y mucho menos cuando tiene ciertos componentes nocivos para nuestra identidad mediterránea y para nuestro desarrollo. Hemos de asumir con naturalidad que el cine y la televisión son los principales vehículos de transmisión del —permítanme el término— «anglosajocentrismo». Gracias a estos medios muchas generaciones de espectadores no anglosajones se han sentido más cercanos al general Custer que a Sitting Bull y reconocen mejor la mitología escandinava que la griega. Pero corren otros tiempos y no es el momento de levantar muros o dar la espalda al Mediterráneo. Ahora menos que nunca.

Los que habitamos a orillas del mar corruptor, en palabras de Nicholas Purcell, compartimos vínculos estrechos —no solo geográficos— con el norte de África y con Oriente Próximo. En los convulsos tiempos que vivimos, de yihadismo, inmigración masiva y Brexit, no convendría olvidar esta cuestión principal, y esta suerte de «aculturación» nórdica aleja a nuestros jóvenes humanistas de aquéllos con quienes comparten mucho más a todos los niveles, que son los vecinos y hermanos del sur. Es en esta línea en la que se debería incidir más, primero en las aulas entre nuestros futuros historiadores, y desde ahí, hacia toda la sociedad, y en todas las direcciones posibles.

Atrás parecen haber quedado Grecia y Roma, y mucho más lejos el Islam, debido quizás a la conveniencia de la «main stream» que reside junto al mar del Norte. Si pasear hoy por Berlín es pasear por la vieja Atenas de alguna forma, por los referentes filosóficos y arquitectónicos, en los países del sur, por el contrario, comenzamos a tomar como modelos a estos ínclitos personajes rubios, barbados y con casco (sin cuernos). Si en los noventa la oleada cultural y sobre todo musical fue la celta, ahora el impacto es otro, o casi el mismo: nuestros jóvenes universitarios se interesan por los vikingos (lo que no está mal; suerte es que se interesen por algo). No es chocante que desde las universidades de Copenhague o Glasgow, entre otras muchas que cuentan con cátedras sobre estudios vikingos, se desarrolle con fuerza esta vocación, pero he de reconocer que me produce urticaria severa en estas soleadas y desérticas latitudes. Para muestra un botón: una asociación de estudiantes de Arqueología de la Universidad de Alicante (ArqueUA) celebra desde hace años interesantes reuniones científicas sobre distintos temas, y en ninguna de ellas —que han reunido a importantes ponentes— se han llenado los salones de actos hasta completar aforo, salvo en una… ¿el tema? Si, en efecto, la arqueología vikinga. Tampoco ocultaré que hace unos meses una alumna de Máster me propuso que le dirigiese una investigación sobre espadas vikingas a lo que inmediatamente me negué, no por una cuestión de conciencia, que tampoco es para tanto, sino por mi total incapacidad al respecto.

Créanme que no es mi intención, ni mucho menos, vituperar estos eventos, pero sí invitar a una reflexión general ahora que las Humanidades han pasado a un dramático segundo plano. No puede ser que la transmisión de este interés derive de un formato televisivo cargado de desórdenes cronológicos, de músculo, silicona y modelos (literalmente) de Calvin Klein. Y que más allá de encandilar al gran público, a la «masa» que diría Ortega y Gasset, incida de tal manera en nuestros futuros investigadores, historiadores cuya función primera habrá de ser la de transmitir experiencias vividas, positivas y negativas, para construir un mundo en igualdad y democracia, que sepa mirar al norte y al sur con la misma admiración, respeto y cercanía.

Es cierto que muchas veces las investigaciones y los estudios se ven influenciados por las modas que derivan de lo que la televisión retransmite, como tantas otras cosas de la vida. Nunca se ven más bicicletas por la calle que durante el Tour de Francia o «runners» por los parques que durante la celebración de los Juegos Olímpicos. Ahora, en plena era de los «PIGS» (forma despectiva de denominar a Portugal, Italia, Grecia y España por parte de nuestros vecinos del norte, como lastres económicos de la Unión Europea) nuestros jóvenes abandonan, por desconocimiento, las culturas que han cimentado el desarrollo de la sociedad occidental en más de medio planeta. La profundización en su conocimiento, a través de la investigación histórica, debería convertirse en la base de un mensaje común que contribuyese a erradicar xenofobias, racismos y demás desconfianzas absurdas e injustas. Porque no hay nada como el conocimiento para acorralar al miedo.

La navegación y el comercio fenicio que unieron oriente y occidente ya desde el siglo X a.C., la organización política y el pensamiento en las polis griegas allá por el siglo V a.C., el derecho, la arquitectura o la literatura romana, las ciencias y las artes sasánidas y bizantinas que desembocaron en la brillante cultura islámica (por citar casi lugares comunes de nuestro pasado) no pueden verse eclipsadas por modas o por series televisivas, y menos entre los estudiosos del tiempo pretérito. Es el momento de reclamar con fuerza la cultura mediterránea, que fue y es mucho más que una dieta o un destino vacacional. No puede ser que una civilización (perdón por la exageración) que supuso en términos históricos poco más que una anécdota en comparación con otras anteriores y contemporáneas, trascienda y repercuta de tal manera.

No se entienda este texto como una crítica a lo que me consta es una entretenida serie de televisión, pese a una estética que aúna Tolkien con «Mad Max», o a la didáctica exposición arqueológica en sí. Solo se trata de invitar al lector a la reflexión. Hoy el Mediterráneo y sus culturas se encuentran desgraciadamente en la periferia y las razones son muchas como para poder tratarlas aquí, pero señalemos, al menos, algunos de los problemas, y comencemos a diagnosticar la enfermedad a través de los síntomas. Yo aquí les muestro alguno que otro. Esa, y arrancar cuanto antes con el tratamiento, es la sana intención.

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* Fernando Prados Martínez es Doctor en Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, actualmente investigador y docente en la Universidad de Alicante. Especialista en la cultura fenicia y cartaginesa, ha publicado diversos libros y más de un centenar de artículos científicos sobre arquitectura y mundo funerario fenicio, púnico y romano. Dirige diversos proyectos de investigación y excavaciones arqueológicas en distintos ámbitos mediterráneos. Entre sus libros destacan «Los Fenicios» (Marcial Pons editores). «Arquitectura Púnica» (editorial CSIC), «Aníbal de Cartago, historia y mito» (en colaboración con S. Remedios y J. Bermejo, en la editorial Polifemo) o «Confines, el extremo del mundo durante la Antigüedad» (publicaciones de la Universidad de Alicante). Es miembro del Centro de Estudios Fenicios y Púnicos y del laboratorio TRACES de la Université de Toulouse. Recientemente ha sido Academic Visitor en la Faculty of Classics de la University of Oxford y en el Deutsche Archäologische Institut de Berlín.

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