Con Z de Cronopio

Revista Cronopio Con Z de Cronopio, Edición 72 Cronopio 0 Comments

El sombrero de satan

EL SOMBRERO DE SATÁN

Por Rafa Burgos*

Si consideramos que un clásico es aquella obra que resiste imperturbable la corrosión del tiempo, ya podemos hacerle un hueco en las estanterías al mármol de Carrara, a los huesos de mamut y a las montañas de plástico con las que estamos asesinando el mar. Si atendemos al diccionario, clásico es lo que se tiene como modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia, lo cual remite directamente a los ingredientes del cocido madrileño o instiga el plagio generalizado. La verdadera esencia de un clásico es casi todo lo contrario. Una obra trasciende su época cuando es capaz de resistir el traqueteo de que siglos después se siga analizando, deconstruyendo, disfrazando o incluso desguazando en piezas que, al ser montadas otra vez, aún mantienen el espíritu original. Aunque renazca en un medio completamente distinto al que fue concebido.

“Un clásico atraviesa el tiempo porque lleva dentro matices y reflexiones universales, válidas para cualquier persona en cualquier momento y lugar. De todas las lecturas posibles que se pueden encontrar en una obra clásica, tienes que elegir una y meterle el cuchillo”. Habla Pablo Auladell, dibujante que acaba de conseguir el Premio Nacional de Cómic que concede el Gobierno español con su adaptación de El paraíso perdido, de John Milton (Editorial Sexto Piso).

El traslado de una obra literaria a un medio visual no es nuevo. La mitología griega es tan clásica como La fragua de Vulcano, de Velázquez. Shakespeare puede incluirse en las categorías de dramaturgo y guionista cinematográfico. El corazón de las tinieblas es Apocalypse Now y viceversa. Lo que no es tan frecuente es que “un poema enjundioso y difícil” tenga encaje en el “formato de novela gráfica”. Para ello, Auladell ha tenido que enfrentarse a los recelos que despierta el tebeo. “La tradición de las adaptaciones literarias al cómic era fundamentalmente pedagógica”, recuerda el dibujante. “Se trataba de obras juveniles trasladadas a viñetas que ejercían de resúmenes, de actualizaciones simplificadas de la obra. Es precisamente de esto de lo que hay que huir cuando se aborda a adaptación de un clásico”. Pero el túnel de esta fuga tampoco podía desembocar en el extremo contrario, el de la fidelidad extrema a un texto denso y repleto de descripciones. “Para leer el poema, vas al poema. La lectura preparatoria de una adaptación consiste en subrayar lo que vas a utilizar y desechar elementos que o no sirven al objetivo que te has propuesto o no funcionan en el medio en que trabajas”.

El objetivo era encontrar su propia mirada y eludir lecturas anteriores, como las ilustraciones de Gustave Doré o William Blake sobre la obra de Milton. Continúa Auladell: “Cada vez que se lee, se puede dar una visión distinta de una misma obra, en función de la época en que nos encontremos. Mi visión, de esta forma, no es la misma que la de Blake. Todas las versiones incorporan matices que están contaminados por la contemporaneidad. Por ejemplo, en todas las escenas del poema protagonizadas por Adán y Eva se percibe un machismo atroz. Queda claro que Eva es inferior a Adán. Eso lo deseché, chocaría demasiado para un lector moderno”.

Antes de Nietszche, cualquier lector de El paraíso perdido daría el protagonismo a Dios, en su lucha con el Ángel Caído. Ahora, quien despierta mayores simpatías es el villano, Satán, como Darth Vader en las películas de la saga de Star Wars o el Joker en las de Batman. “A mí, lo que más me llamó la atención fue que, conscientemente o no, Milton da el papel protagonista a Satán. Blake dijo que Milton es del bando de Satán, como todos los poetas. Cada vez que aparece Dios, lo acompaña con un coro solemne de ángeles, con toda una mampostería rimbombante. Hace pensar en que el exceso de adulación, en realidad, lo que puede transmitir es burla”, señala Auladell. Milton está al final de su vida, viejo, ciego. Y, “pese a ser muy íntegro y un gran defensor de la fe, ha sido derrotado en todas sus causas”. En su lectura, el dibujante encontró un rastro de “queja y resignación, dolor”. En realidad, lo que subyace en el texto original es “un reproche hacia Dios”.

“El carisma de Satán es evidente” y marca la puesta en marcha de la adaptación. “El cómic se sustancia en los personajes”, explica Auladell. “Las descripciones textuales, que sí funcionan en un texto literario, aquí no son necesarias. Y los personajes tienen que llamar la atención y deben ser fáciles de mover. La ilustración de Satán que hace Blake es muy fiel al original, con cuatro alas de colores, muy enjoyado, con suntuosos ropajes. En una ilustración, funciona. Yo debía estilizarlo más para poder representarlo muchas veces, en diferentes escenarios y en muchas posturas diferentes. Como se trata de un personaje con gran presencia, le di una mímica soberbia, de quien se cree destinado a gobernar el universo. Y le puse un sombrero que lo hiciera reconocible y le aportara distinción sin usar demasiados elementos. Se suele decir que el cómic se parece al cine, pero en realidad utiliza más recursos del teatro, como conseguir que una mesa y una silla figuren todo un salón”.

Dios aparece como “un gobernante de la Italia renacentista, un tanto papal, un político en lucha por el poder”. Jesucristo es un guerrero con cabeza de carnero. Y el resto es Milton en movimiento. “En el cómic funciona el dinamismo, no se puede sostener un parlamento larguísimo de un solo personaje que dure catorce páginas. Para solucionarlo, hay que buscar qué cambios debes introducir, en el ritmo, en los diálogos, en el mismo texto, que no puedes usar como en un corta-pega”. También trató Auladell de que “la carga lírica la llevara la parte visual”. Repartió la paleta de colores “para identificar el escenario en el que se desenvuelven los personajes, el infierno, el cielo o el paraíso terrenal”. Y finalmente, atendió al tempo de la obra original e introdujo “algunos diálogos en viñetas más pequeñas para acelerar el ritmo, agilizarlo y ayudar así a que el lector pudiera respirar” o “dibujos que evitaban que las páginas sin texto fueran estáticas, como la paloma del Espíritu Santo recorriendo varias viñetas mudas”.

El aliento poético de Milton queda intacto. Su dolor aún perdura. La crónica de la batalla por el universo conocido presenta la misma lista de vencedores y vencidos. Un clásico, en las manos adecuadas, es una obra capaz de generar versiones excelentes. A partir de  ahora, Satán lleva sombrero.


Con Z de Cronopio es la nueva columna del periodista español Rafa Burgos
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* Rafa Burgos es periodista (Alicante, España, 1971). Comenzó su trayectoria profesional en 1997 como colaborador y crítico de cine en el periódico local La Prensa y posteriormente pasó por El Periódico de Alicante (donde asumió también la labor de editor) y Las Provincias (crítico de cine). En 2003 se incorporó a la plantilla del diario El Mundo, en el que ejerció de redactor de Sociedad y Cultura y columnista. En 2012 dejó el puesto para dedicarse a proyectos personales, como el blog El Faro del Impostor (www.elfarodelimpostor.com), un documental sobre el boxeador Kiko ‘La Sensación’ Martínez (actualmente en post-producción) y el libro ‘La feria abandonada’ (Barbara Fiore Editora, 2013), del que es coautor junto al dibujante Pablo Auladell y el poeta Julián López Medina y que acaba de ser traducido al francés (‘La fête abandonnée’, Editions de l’An 2, 2016). En la actualidad, escribe la columna semanal ‘Vals para hormigas’ para el diario Alicante Plaza. Se le puede seguir en Facebook (El Faro del Impostor) y Twitter (@Faroimpostor).

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