Literatura Cronopio

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Los zapatos

LOS ZAPATOS

Por Arnoldo Adán Núñez Saldívar*

Bajo el efecto de noches a medio dormir, de imágenes y de historias que recordaba, Juanito Parcela daba vueltas en su cama.

Se llamaba así porque su padre consideraba que después de su familia, no quería a nadie más que a su parcela (menos mal que no sentía lo mismo por el azadón o el machete) y al ser Juanito, el primer varón, no dudó en ponerle Juanito Parcela.

Hace un poco de frío y no me quiero levantar —piensa Juanito— a lo lejos se oyen los tordos haciendo ruido, como si platicaran entre ellos, antes de salir a comer lo que encuentren en las milpas y a bañarse en los arroyos.

—¡Juanito! —me grita mi mamá desde la cocina.
—Mmmmm —contesto sin ganas.
—¡Levántese ya! ¡Qué se cree, niño flojo? Ándele, lávese la cara, se viste, toma café con pan y se me va a la escuela.
—¡Ya voy! —Me levanto como potrillo recién nacido, medio chueco, sin forma, en fin… sigo dormido.

En la distancia se escucha el ruido de la campana que se agita avisando la entrada a las aulas. Yo, aprisa me dirijo a la escuela. Lástima que ando descalzo, si no, verían cómo sabe marchar Juanito Parcela ¡Faltaba más!

Cuando empezó el recreo, la lluvia también comenzó; como a mí me gusta: fría… apenas mojando. Lástima. Hoy quería pegarle a la pelota con mis pies descalzos. La maestra Clementina me puso un nueve en escritura; así que ahí la llevo. Yo creo que cuando acabe el año, estreno zapatos… mi primer par de zapatos. Saliendo de clases todos van a sus casas, yo en cambio, voy a ayudarle a mi padre, allá con mi parienta la parcela.

Él aún no llega, así que juego con el azadón, aviento semillas, me enredo en el maizal y persigo a mis amigos los tordos. Al fondo de la cañada se oyen risas; son niños jugando. No me importa, aquí yo tengo mi tierra en la que soy amo y señor. Aquí no se hace nada que yo no diga… bueno, hasta que llegue mi papá.

Valiente amo y señor: descalzo. Bueno, al menos sería el único. Aunque pienso y me pregunto si habrá más niños como yo. La verdad, no lo creo ¿A poco seremos los únicos pobres del mundo?

Ya es tarde, debo regresar a casa. Echo un vistazo más a mi tierra, la brisa sopla un poco y las nubes se aprietan más una a la otra para dormir, algunas de ellas sobre mi parcela.

En mi casa, después de un plato de frijoles con nopales y un cerro de tortillas, empiezo a hacer mi tarea. Mientras veo mi libro, mis pies y yo soñamos con el futuro premio: un par de zapatos. Me han dicho que son de tantas formas, colores. Con cierre, con agujetas, de piel, negros, blancos, bajitos, grandotes, con brillo, sin brillo, para fiesta, para el agua, de trabajo, con tacón, sin tacón…

El día que me lleven a la zapatería, creo que no sabré decidirme. Imagínense, estar parado frente a todos esos zapatos, acomodados detrás de un vidrio para poder elegir. ¡Quién fuera ciempiés! Por si fuera poco, cuando no los cuidan, los llevan al doctor de los zapatos, uno que tiene su consultorio generalmente en la calle, y sin más muebles que un banquito de madera.

Pronto… muy pronto.

Y la luz del quinqué se fue haciendo cada vez más pequeña hasta dormirme.

Otro día más.

Hoy me pasó algo curioso de camino a la escuela, vi a una persona que llevaba un bonito par de zapatos, no pude evitar mirarlos durante un buen rato. Se veía que los usaba con tanto gusto que hasta evitaba los charcos y el lodo.

Se me hace tarde, así que corro a la escuela. ¿Llegaría más rápido con unos zapatos puestos? Me han contado que hay algunos que te hacen más ligero y veloz.

Tengo dudas, así que hoy lo averiguaré.

—Disculpe —pregunté a la maestra Clementina —¿los zapatos son útiles?
—Mira Juanito —contestándome con calma —los zapatos son un invento de la humanidad y han servido para facilitarnos las actividades diarias —Pero yo, igual hago todo y no los tengo, —exclamé.
—Así es, mi querido Juanito. —contestó la maestra entre risas —pero ahora que los tengas, te ayudarán a realizar mejor y con comodidad tus actividades del día. Ya lo verás.
—Pero —pregunté intrigado —yo hago varias cosas en el día, entonces. ¿Debo de tener un par para cada trabajo? ¡No me va a alcanzar el dinero!
—¡No Juanito! Hay muchísimos diseños, pero debes elegir el que te sea de mayor utilidad.
—Está bien, maestra, entonces pensaré muy bien cuáles necesito —le dije mientras me sentaba en mi pupitre.

Y así empezó el día de clases.

Valiente ayuda, ahora tengo dudas sobre qué hacer, ¡como si fuera fácil elegir! Todos en el salón traen zapatos, a ver, que todos se los quiten… entonces yo les enseñaría a caminar entre piedras, cadillos y a evitar las hormigas.

Han pasado los meses y hoy han entregado las calificaciones. Como lo esperaba, he sacado las mejores notas entre los niños del salón. Todos están orgullosos en la casa. Mi madre ha guisado un rico mole, mi papá hasta camina más derechito, y yo no veo la hora para ir a comprar mis zapatos.

Amaneció… es el día.

—Lávate bien los pies y apúrate porque nos vamos por tus zapatos —dijo muy tranquilo mi padre.

Después de un viaje a caballo, llegamos a la ciudad. Que por esos días estaba llena de gente, algunos llevaban sus productos para venderlos, otros sólo miraban las tiendas, los puestos eran muy diversos. Había de ropa, comida, granos, semillas, plantas y animales. En ese gentío nos metimos, yo, bien agarrado a mi padre. Abriéndonos paso, llegamos a una inmensa calle, en una de sus aceras se encontraba un gran letrero: «Zapatería El Pie Feliz».

Con el corazón latiéndome rápidamente entramos. Era una tienda muy grande y agradable, con sillas, anaqueles y espejos.

—Buenos días. ¿Busca zapatos para usted o para el niño? Pregunta cortésmente el encargado.
—Para el niño —dice mi padre mientras recorre con la mirada la tienda.
—¿De qué modelo le interesan, mi estimado amigo? —dirigiéndose a mí cortésmente.

Allí estaba yo, delante de una gran cantidad de zapatos, cajas y cajas amontonadas y no atinaba a decidirme por cuáles zapatos.

Las variedades eran muchas, pero finalmente, después de pensarlo, elegí unos de color negro con grandes y fuertes agujetas: bonitos mis zapatos.

—¿Se los envuelvo o se los lleva puestos? —me pregunta con satisfacción el vendedor.
—¡Me los llevo puestos! —dije con alegría y emoción.

Así que salí con mi par de zapatos nuevos, me sentí alto, diferente, lleno de orgullo, miraba donde caminaba para no maltratarlos y cuidaba de no pisar el agua.

Ya en mi casa, no encontraba en dónde colocarlos, no sabía si dentro o fuera de su caja, bajo el catre o guindados de un mecate. En fin, por lo menos, hoy dormirán junto a mí y mañana irán conmigo a la parcela a trabajar. No dejé de mirarlos hasta que la luz del quinqué se fue haciendo cada vez más pequeña y me dormí profundamente.

Desde muy temprano salí con rumbo a la parcela con mis zapatos nuevos y Ronco ladrándoles alegremente pues me veía algo raro. Después de una jornada de trabajo, regresamos a casa.

Finalmente se acaba la tarde y los tordos cruzan el cielo en busca de un lugar para dormir, avanzan en silencio y giran en el aire como jugando y estirándose antes de que anochezca.

Mi tocaya la parcela ha quedado lista para la siembra, yo de pie, miro el horizonte y me lleno los ojos de tierra.

Me inclino, desato mis zapatos, los cuales amarro de los cordones uno a otro, me los echo al hombro para regresar a casa y sentir la tierra bajo mis pies descalzos.

* * *
Este relato hace parte del libro de cuentos «Juanito Parcela», publicado en 2016.
__________
* Arnoldo Adán Núñez Saldívar es licenciado en educación primaria. Además de la docencia, ha sido asesor técnico-pedagógico en la ciudad de Xalapa (Veracruz, México), tallerista, promotor crítico literario y pintor. Ha recibido varios reconocimientos por su actividad pedagógica y didáctica. Es autor de las obras de teatro «El trámite de los héroes» (2010) y «Un heroico panteón» (2010), así como del libro de cuentos «Juanito Parcela» (2016).

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