Sociedad Cronopio

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Etnocentrismo europeizante

ETNOCENTRISMO EUROPEIZANTE EN LA ETIQUETA «LENGUAS INDÍGENAS»

Por Ígor Rodríguez Iglesias*

En rigor, indígena es «originario del país de que se trata» (DRAE 1992: 1158, 21º ed.). Desde el punto de vista lingüístico la etiqueta «lenguas indígenas», de uso muy corriente, no tiene sentido. En función de lo que es indígena, lo único que podemos afirmar desde la lingüística es que todas las lenguas son indígenas, pero eso no deja de ser una redundancia.

Aún así conviene tener en cuenta que, aunque el diccionario no lo recoja, el hablante europeo no se aplica a sí mismo tal etiqueta y especializa el adjetivo para las personas pertenecientes a grupos étnicos y culturales que habitan el continente americano desde época precolombina.

De hecho —y así lo recoge el DRAE—, con el vocablo indigenismo se está refiriendo a los estudios y reivindicaciones políticas y sociales relacionados con esas culturas.

Un ejemplo, entre muchos, lo encontramos en una obra de consulta corriente para los iniciados en la ciencia del lenguaje y las lenguas, Historia de la Lingüística (1998, Cáceres: Universidad de Extremadura). Su autor, el lingüista checo Jiří Černý, hace uso de esta etiqueta como si de una denominación objetiva, propia de una ciencia que se precia, se tratase (1998: 87).

Lo que se está notando por parte de Černý con lenguas indígenas no es la referencia a cualquier lengua. El lingüista checo está refiriéndose a las lenguas amerindias, lo que no deja de ser una postura etnocéntrica. De hecho, justo en la línea anterior Jiří Černý las tacha de «lenguas exóticas» (ibid.) y en otras partes de su libro afirma cosas como que «la gramática suele ser menos desarrollada en las lenguas primitivas» (ibid., p. 23), algo que no se puede sostener desde la ciencia lingüística y, por tanto, es falso.

Precisamente, las explicaciones de Černý sobre las lenguas de otras culturas han sido criticadas por Moreno Cabrera (2000: 103-104): «Nuestra falta de entendimiento adecuado de lenguas de otras culturas está […] basada en prejuicios que nos llevan lejos de una visión objetiva y enriquecedora de la diversidad lingüística y cultural del planeta. De esos prejuicios surgen a veces afirmaciones que siguen llegando hoy en día a las páginas de artículos y libros»; y uno de los ejemplos que aduce Juan Carlos Moreno es la explicación de Černý sobre los Arapahos norteamericanos (Černý 1998: 23). El propio autor checo reconoce, no obstante, que «se ha vuelto un poco peyorativa la denominación [de lengua primitiva, por lo que] tal vez sea mejor denominarlas como “lenguas de las tribus que todavía viven en armonía con la naturaleza”». Sin embargo, no lo hace por ser «tan larga la denominación». Así que opta por seguir llamando «primitivas» a ciertas lenguas (¡no a la suya!) con criterios más que discutibles y con dudosa fundamentación lingüística. Incluso aquello de «tribus» es más que discutible, porque habrá que ver qué tipo de sociedad es aquella de la comunidad de hablantes en cuestión. En cualquier caso no creo que sea conveniente confundir estadio social con lenguas y su glotonimia. A nadie se le ocurriría decir, en referencia al español o el inglés: «Lenguas de las sociedades capitalistas postindustrializadas que no viven en armonía con la naturaleza». Absurdo.
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En los párrafos siguientes, el lingüista checo dirá «lenguas primitivas» una decena de veces más y sólo buscará, para sustituir sinonímicamente tal expresión, otras no más afortunadas: «poco desarrolladas», «lenguas indígenas».

El asunto no es baladí para un lingüista, pues se trata de una obra universitaria, editada por una universidad, que sirve como base de estudio para muchos alumnos universitarios que se inician en la lingüística y que, probablemente, sólo tengan contacto con esta disciplina como tal en una sola asignatura a lo largo de toda su carrera universitaria.

El libro, por lo demás, es útil como obra introductoria de consulta historiográfica. Sin embargo, desafortunado en los aspectos señalados.

El caso de esta publicación no es aislado. Basta con introducir en el buscador de Google Books la expresión «lenguas indígenas» y aparecerán 370.000 resultados.

Si lo que se quería hacer notar es que no se trataba de lenguas europeas, sino de lenguas de América, ¿por qué el inglés, el francés y el español se consignan como «lenguas», sin más, y lenguas como el wayuunaiki, achagua, nasa yuwe o ticuna —lenguas que se hablan en Colombia— son etiquetadas como «lenguas indígenas»? La pregunta que habría que hacerse para responder a esta pregunta —y no sería cosa de necios— es la siguiente: ¿qué punto de vista es el que se está adoptando para etiquetar ciertas lenguas como aborígenes, indígenes, primitivas, etc. y otras como lenguas sin más?

El etnocentrismo de carácter europeizante es más que palpable en el discurso diario, no sólo de las sociedades que han sido métropolis, sino también en las antiguas colonias. Es llamativo cómo las repúblicas americanas independizadas en lo administrativo de España han mantenido y reforzado la estructura de poder colonial en los dos últimos siglos. La lengua llamada española o castellana es prestigiada junto con los modos institucionales, sociales y económicos de la antigua metrópoli, en detrimento del patrimonio etnológico y lingüístico más genuinamente americano. El español es la lengua del Estado, la única posible. Las demás son indígenas, pasando a adoptar este vocablo una connotación que sabe a repudio, rechazo, marginación… Etnocentrismo institucionalizado tan idéntico al que se practica en los Estados Unidos: el hombre blanco de ascendencia anglosajona es «american», los demás no son americanos: son afroamericanos, asiaticoamericanos, hispanos, cubanoamericanos, puertorriqueños.
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El etnocentrismo guarda tras de sí el etnocidio, que no tiene por qué ser inmediato y se manifiesta con sutileza y astucia en personas que no son consciente de servir a sus intereses. Lo hacen porque la escuela, la sociedad, la política, etc., así se lo han enseñado. Incluso los maestros y profesores no son conscientes de esto. Los lingüistas, como los antropólogos, tenemos una responsabilidad social en esto: no podemos contribuir a que nuestra terminología sirva a los maquiavélicos intereses que se esconden tras formas aparentemente ingenuas. La denominación de «lenguas indígenas» es, por otra parte, excluyente, y sitúa a quienes son etiquetados como indígenas en frente de quien usa este tipo de discursos.

Hay lenguas y punto. Hay personas y punto. El primer requisito que ha de cumplir una etiqueta denominativa es no ser excluyente en términos sociales.

REFERENCIAS

Černý, J. (1998): Historia de la lingüística, Cáceres: Universidad de Extremadura.
Moreno Cabrera, J. C. (2000): La dignidad e igualdad de las lenguas, Madrid: Alianza.
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* Ígor Rodríguez Iglesias es Investigador del Grupo de Investigación ‘Lingüística Andaluza’ HUM438 de la Universidad de Huelva y doctorando, máster en Ciencia del Lenguaje, en la UNED. Es autor de un reciente libro, Variación diacrónica: bimatizaciones vocálicas en los romances de la Península Ibérica (2014, Múnich: Grin Verlag) y coautor del libro Estudios de Lingüística: investigaciones, propuestas y aplicaciones (2013, Valencia: Universidad de Valencia).

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