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Revista Cronopio Edición 47 Cronopio, Invitado Cronopio 1 Comment

El asesinato de pitagoras

EL ASESINATO DE PITÁGORAS

Por Marcos Chicot*

Para Lara,
y para todas las personas
que a lo largo de la vida
me han hecho sentir su cariño.

Gracias

«Sabrás también que los males que afligen a los hombres,
por ellos mismos han sido generados.
En su pequeñez, no comprenden
que tienen junto a ellos los mayores bienes.»
(Versos Áureos. Pitágoras).

«Ante todo, respétate a ti mismo.»
(Versos Áureos. Pitágoras).

PRÓLOGO
25 de marzo de 510 a. C.

«Aquí se encuentra mi sucesor.»

Pitágoras estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Se hallaba inmerso en un estado de intensa concentración. Frente a él, seis hombres aguardaban expectantes.

Había traspasado límites inimaginables, controlaba el espíritu humano y las leyes del cosmos. Ahora su principal objetivo era que la hermandad que había fundado siguiera desarrollando esas capacidades cuando él no estuviese.

Inspiró profundamente el aire del templo. Era fresco y olía suavemente a mirto, enebro y romero, las hierbas purificadoras que habían quemado al inicio de aquella reunión extraordinaria.

Sin previo aviso, la firmeza de su ánimo se tambaleó con violencia. Su corazón estuvo un par de segundos sin latir y tuvo que hacer un esfuerzo titánico para conseguir que no se alterara ninguno de sus rasgos. Sus discípulos más avanzados se encontraban junto a él, esperando a que emergiera de su meditación y les hablara. «No deben advertir nada», se dijo alarmado. Compartía con ellos la mayoría de sus premoniciones, pero no ésta. El presagio era demasiado tenebroso. Lo mortificaba desde hacía semanas, y seguía sin revelarle ningún detalle.

Exhaló el aire lentamente. La oscura fuerza del presentimiento se había multiplicado al entrar en el templo; sin embargo, no había ningún otro indicio que hiciera pensar que corrían peligro.
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Los seis hombres que tenía enfrente, sentados en semicírculo y ataviados con sencillas túnicas de lino, pertenecían al grado más alto de la orden, el de los grandes maestros. A lo largo de los años había desarrollado hacia ellos un afecto sólido y un profundo orgullo. Sus mentes se contaban entre las más capaces y evolucionadas de la época, y cada uno había hecho sus propias aportaciones al corpus pitagórico. No obstante, sólo aquél a quien nombrara sucesor recibiría sus últimas enseñanzas y con ellas ascendería otro peldaño entre lo humano y lo divino.

Su heredero espiritual, además, podría alcanzar un poder terrenal único en la historia. Sería el dirigente de las élites pitagóricas, que regían siguiendo los principios morales de su orden sobre un territorio cada vez más amplio. La hermandad ya se había extendido más allá de la Magna Grecia: gobernaba ciudades de Grecia continental, algunas poblaciones etruscas e incluso se estaban introduciendo en la floreciente Roma. Después vendrían Cartago, Persia…

«Aunque no deben olvidar que el poder terrenal es sólo un medio.»

Pitágoras levantó la cabeza pausadamente y abrió los párpados.

Los seis discípulos se sobrecogieron. En los ojos dorados del maestro ardía un fuego más intenso de lo habitual. Su cabello, de un blanco níveo, caía en cascada sobre sus hombros y parecía resplandecer al igual que su espesa barba. Tenía más de setenta años, pero mantenía casi intacto el vigor de la juventud.
—Observad la tetraktys, clave del universo —la voz de Pitágoras, profunda y suave, resonó en el solemne espacio del templo circular.

En la mano derecha sostenía una vara de fresno. Con ella señaló hacia el suelo de mármol, donde había desenrollado un pequeño pergamino entre él y sus discípulos. Mostraba un sencillo dibujo. Una figura triangular formada por cuatro filas de puntos. La de la base contenía cuatro puntos, la siguiente tres, había otra de dos y finalmente una cúspide de un solo punto. Estos diez puntos ordenados en triángulo eran uno de los símbolos fundamentales de la orden.
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Continuó hablando con majestuosa autoridad.

—Durante los próximos días dedicaremos la última hora a analizar el número que contiene a todos: el diez. —Realizó con la vara un movimiento circular alrededor de la tetraktys—. El diez contiene también la suma de las dimensiones geométricas —dio un toque con la vara a los diferentes niveles dibujados en el pergamino—: uno el punto, dos la línea, tres el plano y cuatro el espacio.

Se inclinó hacia delante e intensificó la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz se había vuelto más grave.

—El diez, como sabéis, también simboliza el cierre pleno de un ciclo.

Las últimas palabras las pronunció mirando a Cleoménides, el discípulo sentado a su derecha. Éste tragó saliva conteniendo un arrebato de orgullo. Era evidente que Pitágoras estaba hablando de retirarse y de quién lo sucedería. Cleoménides, de cincuenta y seis años, sabía que él era uno de los principales candidatos. Notable matemático, aunque quizás no el más brillante, destacaba sobre todo por un férreo cumplimiento de las rigurosas reglas morales de la orden. También por su peso político, pues procedía de una de las principales familias aristocráticas de Crotona y manejaba con hábil diplomacia los asuntos de gobierno.

El semblante de Pitágoras se dulcificó sin llegar a esbozar una sonrisa. Cleoménides era el principal candidato, pero no iba a precipitarse en tomar la decisión final. Antes debía analizar el comportamiento de todos tras haberles desvelado que estaba considerando el tema de la sucesión. Aunque el proceso completo podía dilatarse unos meses, ahora tenía que estudiar su primera reacción, la más reveladora.
Desplazó la mirada a Evandro, que le respondió con una expresión sincera y satisfecha. Se trataba de uno de los miembros más jóvenes de su círculo íntimo, sólo tenía cuarenta y cinco años. Su padre había sido un comerciante de Tarento que viajaba regularmente a Crotona. Evandro era su segundo hijo y solía acompañarlo para aprender el negocio; pero un día, veinticinco años atrás, asistió a un discurso de Pitágoras e inmediatamente decidió incorporarse a la orden. El padre fue a protestar enérgicamente ante Pitágoras. Media hora después salía de la comunidad feliz de dejar allí a su hijo, convirtiéndose él mismo en un iniciado que asistió regularmente a la comunidad hasta que su vida se apagó.
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Evandro, corpulento y vigoroso, mantenía la devoción del primer día y también algunos destellos de su fuerte impulsividad natural, aunque muy atemperados por la sabiduría alcanzada.

«Necesita todavía varios años de práctica para lograr un autodominio completo.»

Igual que diez eran los puntos contenidos en la tetraktys, diez estatuas de mármol contemplaban al maestro y los discípulos. La diosa Hestia, detrás de Pitágoras, tenía a sus pies el fuego sagrado que nunca se apagaba. A lo largo de la pared, Hestia formaba un círculo perfecto con las otras nueve estatuas, que representaban a las nueve musas a las que estaba consagrado aquel santuario: el Templo de las Musas.

Frente a Pitágoras, con la musa Calíope tras él y mirando a su maestro con sobria reverencia, se encontraba Hipocreonte. Sus sesenta y dos años lo convertían en el discípulo de grado máximo de más edad. Nativo de Crotona, desde muy joven se había alejado de las ocupaciones de su familia —la política y el comercio— para dedicarse a la filosofía. Tenía vocación de ermitaño y apenas salía de la comunidad, aunque las raras excepciones en que lo hacía utilizaba su particular carisma para lograr conversiones provechosas. Sus relaciones familiares eran muy interesantes para la orden. Sus tres hermanos formaban parte del Consejo de los 300 —el máximo órgano de gobierno de Crotona—, y habían sido iniciados en el pitagorismo por el propio Hipocreonte. De vez en cuando acudían a la comunidad y seguían muchos de los preceptos, además de gobernar en bloque con los otros consejeros pitagóricos.

«Hipocreonte, si a tu naturaleza no le repeliera la política como al gato el agua, podrías ser mi principal candidato.»

En pocos años el movimiento pitagórico podía llegar a convertirse en un imperio. El primer imperio filosófico y moral de la historia. Su dirigente tenía que poseer grandes aptitudes políticas.

Cuando iba a pasar al siguiente candidato, Pitágoras tuvo que detenerse. Inclinó la cabeza hacia la tetraktys y cerró los ojos. Una sensación extraña le subió por la espalda y los brazos erizando el vello de su piel. Dejó la mente en blanco para facilitar que el presagio cobrara forma. Enseguida vislumbró el mismo manto de oscuridad que las últimas veces. Al cabo de un rato, sin embargo, no había logrado distinguir nada más y finalmente desistió. Recobró el dominio completo de sí mismo y alzó la vista.
Con la espalda flanqueada por las magníficas estatuas de las musas Polimnia y Melpómene, Orestes se removió inquieto al recibir la penetrante mirada de su maestro.

«No consigues perdonarte a ti mismo lo que hace mucho que expiaste», se lamentó Pitágoras.

Había aprendido de los caldeos a ver el interior de las personas a través de los gestos, la fisionomía, la mirada o la risa. En Orestes percibió desde el principio la culpa y el arrepentimiento. Siendo un joven político había robado oro aprovechando que ocupaba un cargo público. Pagó por ello y después quiso entrar en la comunidad. Pitágoras lo analizó con escepticismo, pero se sorprendió al acceder a su interior. Supo instantáneamente que nunca volvería a cometer un acto inmoral. Antes de pasar por los procesos de purificación que él enseñaba, Orestes había borrado de su interior toda inclinación egoísta o codiciosa. Cuando completó los tres años de oyente y ascendió al grado de matemático, Pitágoras comprobó que sus dotes para los conceptos numéricos eran excepcionales.

«Quizás seas el que mejor aúna capacidad matemática y moral, pero si ostentaras el poder la mancha de tu pasado podría ser una peligrosa arma política en tu contra.»

El siguiente en el círculo era Daaruk. Había nacido en el reino de Kosala, uno de los dieciséis Mahajanapadas, los Grandes Reinos alrededor de los ríos Indo y Ganges. Su tono de piel, algo más oscuro que el de los griegos, era lo único que lo revelaba. Se había instalado con su padre en Crotona con sólo once años y hablaba en perfecto griego sin acento. Ahora tenía cuarenta y tres años, dos menos que Evandro, lo que lo convertía en el miembro más joven de la élite pitagórica. Sus dotes intelectuales habían destacado desde el principio.
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«Sin embargo, es improbable que lo haga sucesor.»

No era sólo porque nombrar líder a un extranjero podría ocasionar fricciones en la orden. Daaruk tenía una mente brillante y era un fiel seguidor de las normas morales, pero, quizás por su juventud, más de una vez había mostrado cierta vanidad. Además, en los últimos años se había vuelto un tanto perezoso.
El último del grupo lo miraba con intensidad.

Aristómaco tenía cincuenta años y llevaba treinta con él. Extraordinario matemático, su devoción a la orden estaba fuera de toda duda.

«Daría la vida por la causa sin vacilar.»

Pitágoras nunca había conocido a nadie con semejante ansia de saber. Nadie que tuviera tanta necesidad de sus enseñanzas. Había absorbido cada concepto de la doctrina como si fuera la última gota de agua, y enseguida comenzó a aportar notables contribuciones.

«Con una personalidad fuerte sería el candidato perfecto.»

Pero no la tenía. Con cincuenta años era tan inseguro y nervioso como un chiquillo asustado de diez. Procuraba no salir nunca de la comunidad, y desde hacía tiempo Pitágoras no le pedía que diera discursos públicos.

Suspiró y recorrió el grupo con la mirada en sentido inverso, sin detenerse más tiempo en ninguno de los grandes maestros: Aristómaco, Daaruk, Orestes, Hipocreonte, Evandro y Cleoménides. Después agachó la cabeza.

«Probablemente Cleoménides será el elegido. Tomaré mi decisión dentro de unos meses.»

Asintió con firmeza, pensando en sus planes de futuro.

«El elegido cambiará el mundo.»
(Continua página 2 – link más abajo)

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  1. Estimado Marcos: Te felicito por tu creatividad e imaginación y te deseo éxitos. Cordialmente, Chente.

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