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El mito de la diaspora judia

EL MITO DE LA «DIÁSPORA» JUDÍA

Por Jorge Simán Abufele*

«Está muy claro que los refugiados palestinos tienen todos los derechos a la patria de la que fueron expulsados. La negación de éste derecho está en la base de este conflicto que se perpetúa indefinidamente. Ningún pueblo en el mundo aceptaría verse expulsado en masa de su propio país, ¿cómo entonces es posible pedir al pueblo de Palestina aceptar un castigo que ningún otro pueblo toleraría?».
(Bertrand Russell, filósofo y matemático británico, enero 31 de 1970).

Los «constructores» de la ficción sionista, a principios del siglo XX, empezaron a fabricar la historia según la cual el surgimiento del Israel moderno comenzó un día cualquiera en el año 70 d.C. cuando las legiones romanas destruyeron la antigua capital de Israel: Jerusalén, poniendo violentamente con ella fin a la independencia del pueblo judío. A partir de esa fecha, éstos fueron masivamente expulsados de sus hogares y de su patria «Eretz Yisrael, país que venían habitando desde el principio de los tiempos; con estos hechos se inició para el pueblo judío un exilio que iba a durar dos mil años» («Perfil de Israel», Ministerio de Relaciones Exteriores, Departamento de Información, Jerusalén, 1968).

Durante estos veinte siglos, continúa diciendo esta narrativa oficial del sionismo: «el sentimiento nacional judío jamás se extinguió; generación tras generación, en el corazón de esos desterrados, siguió latiendo el anhelo del retorno a su Patria Ancestral y que ese anhelo triunfó el 15 de mayo de 1948 con el renacer del Estado Judío». Esa misma versión sostiene que «los primeros pioneros que reconstruyeron el Israel moderno, llegaron a una tierra yerma y casi despoblada, pero por doquiera encontraron vestigios de su origen y antigua herencia y que estos pioneros judíos al regresar a su Patria después de un «largo exilio» secaron los pantanos, araron los campos abandonados y convirtieron los desiertos palestinos en jardines». Su discurso continúa diciendo que «no podían ser de otra forma las realizaciones de estos judíos porque regresaron a un país que durante los primeros dos mil años de la historia hasta la conquista romana había sido un Estado Judío soberano y autónomo y que el Derecho Natural y humano del «pueblo judío» a la autodeterminación tras siglos de exilio fue unánimemente confirmado por «el mundo libre» en 1947 en las Naciones Unidas, así renació el Estado soberano de Israel para el milenario pueblo judío que volvió a su hogar después del Holocausto». Esta versión sigue diciendo que «el moderno Israel, ahora ha recuperado para el «pueblo judío» emigrado a Palestina, toda su milenaria y rica historia, sus tradiciones, la lengua hebrea y sus lugares sagrados». («Perfil de Israel», Ministerio de Relaciones Exteriores, Departamento de Información, Jerusalén, 1968).

Dos mil años después de la «Diáspora», el sionismo, con base en distorsiones de la historia que no resisten el más mínimo análisis crítico, ha venido tratando de engarzar a los judíos nativos de Europa con aquella imagen pretérita. Para ello ha sido menester pasar por alto algunos «detalles insignificantes»: el Derecho Natural y Humano a la Autodeterminación de los autóctonos habitantes de Palestina que fueron expulsados de su país, sus bienes saqueados de una docena de ciudades y de aproximadamente cuatrocientas aldeas, cuyos devastados cimientos entrarían a formar parte del «flamante Estado», el cual sería poblado por europeos de religión judía sin antecedentes de nexos territoriales con Palestina y mucho menos vínculos ancestrales con los antiguos hebreos.

Esta fábula sobre la deportación en masa del «pueblo judío» de Palestina ha venido siendo profundamente incrustada en la historia oficial del sionismo; sin embargo, la misma constituye un rompecabezas cuyas piezas no encajan con la realidad. Para el sionismo, la «Diáspora» se remonta al año 70 DNE pero está probado con el censo llevado a cabo por los romanos en el año 60 ADNE, es decir, ciento treinta años antes de esa fecha, y además por los datos del historiador Jacques Basnage («Histoire de Juifs») que para el año 920 ADNE que a lo largo y ancho del Imperio existían grandes núcleos de comunidades judías, que eran el resultado de las conversiones logradas por el proselitismo religioso activo de los misioneros de esa fe y no consecuencia de una deportación en masa ni tampoco el producto de emigraciones vía marítima. A diferencia de los fenicios y los griegos, los hebreos antiguos no tenían la vocación de navegantes, tampoco hay registros ni vestigios históricos acerca de que ellos fundaran colonias dentro de las rutas del Imperio Romano como en cambio sí los hay, y bastante, de actividad misionera en apoyo del proselitismo judío (The Jewish People, Past and Present A. Steinberg, 1946).

Es sabido que los asirios practicaban de un modo más sistemático que ningún otro pueblo de la antigüedad deportaciones selectivas a los vencidos con el fin de evitar las rebeliones, sin embargo utilizaban este procedimiento únicamente como fórmula disuasiva pero nunca a todo un pueblo, reemplazando a esos expatriados por habitantes de otros lugares de su imperio. También se sabe que las autoridades romanas no aplicaban castigos basados en expulsiones o extradiciones masivas porque para el imperio resultaba en alto grado perjudicial y contraproducente la práctica de expulsar o desarraigar pueblos enteros ya que los pobladores de una región o provincia eran quienes cultivaban la tierra y cosechaban sus frutos. Además estaban aquellos que ejercían el comercio siendo esos mismos pobladores quienes tributaban a Roma. En consecuencia, expulsarlos significaba un enorme perjuicio económico para los intereses del César y del imperio.

Ciertamente las autoridades romanas imponían castigos severos contra las insurrecciones y/o sublevaciones, pero estos se presentaban bajo la forma de la crucifixión que se aplicaba a quienes incurrían en actos de rebeldía contra su autoridad. La esclavización, algunas veces constituía la forma de reprimir esos alzamientos, ordenando las deportaciones únicamente a los gobernantes, reyes o princesas aunque jamás ejercieron una expulsión en masa de comunidades ya que además, para entonces se carecía de los medios de transporte adecuado para llevarlas a cabo.

La población de los hebreos en Palestina para la época de la dominación romana se estimaba en aproximadamente un millón de personas y por esos tiempos no existían los trenes, tampoco grandes camiones ni los barcos de gran tamaño como los disponibles en las épocas modernas tal como señala Shlomo Sands en su libro «The Invention Of The Jewish People».

La influencia griega irrumpe en Palestina hacia el año 332 ADNE con las tropas de Alejandro Magno y fue bajo su égida que el país de Canaán empezó a conocerse ampliamente con el nombre de «Palestina», la cual a su vez fue conquistada por las legiones romanas comandadas por Pompeyo en el año 65 ADNE. Es a partir de entonces que la dominación romana se afirma y el Procónsul Casio designa rey a Herodes por sus conocidos servicios a Roma, monarca que tiene la rara habilidad de ganarse la animadversión de los judíos por sus procederes antirreligiosos y a su muerte estallan numerosas rebeliones. Según la narrativa sionista este nuevo periodo de revueltas culmina en el año 70 DNE, fecha que alegan es el inicio de su «Diáspora», es decir la supuesta expulsión por los romanos de la totalidad de la «población judía» de Palestina.
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Pero es el caso que por estas misma fechas, los registros históricos daban cuenta de que la rebelión judía no se limita únicamente a Palestina sino que se extiende a todas las provincias romanas de Chipre, Cirenaica, Egipto y Mesopotamia. Las que tuvieron como centro de operación en las montañas palestinas fueron lideradas por Simeón Bar Kojbá. Roma se ve precisada a reemplazar a sus generales en la medida en que estos fracasan en aplastar las insurrecciones. En el año 135 DNE, el emperador Adriano envía a Severo, quien pone fin al levantamiento de Bar Kojbá, hecho que constituye demostración inequívoca que para el año 70 no solamente no hubo expulsión en masa como sostiene la narración oficial sionista, sino todo lo contrario, 65 años después de esa fecha, todavía en Palestina y en otras comarcas del Medio Oriente existían actividades insurreccionales de los hebreos contra la autoridad romana.

Después de haber sido aplastada la rebelión de Bar Kojbá, la vida en Palestina continúa su azaroso pero «normal» ritmo, con la presencia de los hebreos viviendo en el país.

Constantino convierte al Imperio al cristianismo y hacia el año 476 DNE, al disolverse éste, Palestina que, junto con El Líbano y Jordania formaba parte de la provincia llamada Gran Siria, fue integrada al Imperio Bizantino. Más tarde, en el siglo VII DNE, la expansión del islam la transforma en árabe hasta nuestros días. La prolongada dominación árabe sobre Palestina —año 637 al 1072— y la fusión de estos con la población autóctona, también mayoritariamente originaria de la Península Arábiga, determina la actual composición étnica de su pueblo.

Analizando la versión sionista sobre la «Diáspora», ella nos invita de manera puntual a formularnos las siguientes preguntas: ¿Los judíos dispersos por el mundo son en realidad los descendientes de los «hebreos bíblicos»? y, de ser así, ¿cuáles eran las características raciales y biológicas de estos judíos exiliados por Roma cuya versión sobre la «Diáspora» no encaja ?
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Por consiguiente hay hechos distorsionados que exigen precisión sobre estas comunidades judías puesto que mucho antes de la fecha de su expulsión según los censos romanos de la época, el número de creyentes judíos que vivían dentro de su Imperio era muy superior fuera de Palestina que en su pretendida «Tierra de Israel». Por otro lado está históricamente comprobado que estas comunidades dentro del imperio eran el fruto del proselitismo religioso de la fe judaica ejercido por los misioneros hebreos desde tierra cananea.

Para finales del siglo XIV DNE aparte de estos núcleos judíos del antiguo Imperio Romano, comienza a registrarse una nueva y fuerte oleada migratoria procedente de Los Balcanes, Crimea y otras regiones de Rusia Oriental. Dichas movilizaciones empiezan a llegar a Europa Septentrional y Oriental provenientes del antiguo reino de los Khazares cuya ubicación geográfica comprendía una región localizada en la Rusia Meridional, enmarcada entre el mar Caspio y el mar Negro y desde el río Volga al río Dniéper (The Jewish People, Past and Present. A. Steinberg, 1946).

Ocurre que en el año 740 DNE los dirigentes de la nobleza de estos pueblos Khazares, se convirtieron al judaísmo y pese a que su conversión no fue obligatoria, la casi totalidad de su muy numerosa población siguió el ejemplo de sus dirigentes y abrazaron el judaísmo con fervoroso entusiasmo. Cuando en el año 1240 DNE el país fue invadido por un pueblo asiático emparentado con los turcos, los Khazares se diseminaron por el resto del continente europeo y gran parte de ellos se estableció en la Rusia Occidental, Polonia, Ucrania, Hungría, Lituania, Rumania y en menor cantidad en Austria y demás países de Europa Central que mas tarde llegaron a conocerse como «Askenazis».

Al inicio de los tiempos modernos, estos khazarianos de raza eslava, convertidos al judaísmo en el siglo VII y cuya importancia numérica era muy alta, estaban concentrados ya en la parte oriental del continente europeo. Por esa misma época, las comunidades judías del antiguo Imperio Romano, aunque prósperas, se hallaban en plena decadencia religiosa debido a su inactividad, circunstancia que determinó su debilitamiento tanto en número como en fervor religioso, desgaste éste que se debía principalmente tanto por su conversión al cristianismo y al islamismo como también a los matrimonios mixtos (The Jewish People, Past and Present, A. Steinberg, 1946).
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Mientras los creyentes de religión judía diseminados por el antiguo Imperio Romano estaba sufriendo una significativa merma, las comunidades de ellos más activas y numerosas a partir de entonces comenzaron a ser los khazarianos que se conocieron más tarde con el nombre de askenazis ya asentados en la Europa Oriental: Rusia, Ucrania, Polonia, Lituania y Provincias Bálticas. Las corrientes económicas y políticas de principio del siglo XVIII se habían combinado para atraer a la Europa Central, una facción importante de estas poblaciones de fe judías concentradas hasta entonces en la parte oriental del Viejo Continente. Ellos, los Askenazis, de raza eslava, distintos de los judíos sefaradíes que poblaban las antiguas comarcas del Imperio Romano, se erigieron en los principales guardianes de las tradiciones religiosas judías que anteriormente, en otras épocas habían estado depositadas entre las comunidades judías de España, Babilonia y Alejandría y estos mismos conversos, de raza eslava, costumbre y cultura europea, de idioma Yiddish y sin ningún vínculo sanguíneo con los antiguos hebreos ni antecedentes de nexos territoriales con Palestina, fueron los que fundaron el sionismo. Posteriormente y con el apoyo de las grandes potencias occidentales ingresaron masivamente para poblar la patria de los palestinos, enarbolando la fábula de que esta es la «Tierra de los Judíos».

Hasta una fecha relativamente tan reciente como el año 1967, los creyentes judíos europeos reconocían plenamente que ellos eran los descendientes de los Khazares pero a partir de entonces, el sionismo enterró en la tumba de la historia esta realidad histórica sobre sus verdaderos orígenes, la cual fue reemplazada por el mito de que los actuales judíos askenazis son los descendientes directos del patriarca Abraham.
(Continua página 2 – link más abajo)

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