Literatura Cronopio

Revista Cronopio Edición 47 Cronopio, Literatura Cronopio 1 Comment

Escrito en un instante

ESCRITO EN UN INSTANTE: NUEVA YORK I

Por Lourdes Gil*

Hoy Nueva York es una ciudad incandescente, flamígera. Asediada: parece que va a estallar en cualquier momento. Políglota: en una misma calle, paso a paso, oyes entre cinco y seis idiomas. Hechicera: te cautiva, te atrapa, te encandila, te posee.

Pero esta no es la ciudad que conocí hace cincuenta años. Aquella se asemejaba a la imagen que exportaba Hollywood en sus películas, la de El hombre del traje gris, Desayuno en Tiffany’s o Descalzos en el parque: era más una fantasía que una ciudad. Limpia, elegante y desaforadamente elitista: la población negra y la boricua vivían marginadas en sus guetos y solo se les veía hacinadas en el metro camino al trabajo, tal y como Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez lo describieron en sus versos décadas antes.

Las fichas del metro costaban 15 centavos, las mujeres llevaban guantes blancos cortos en primavera y verano y el viejo edificio del Metropolitan Opera, demolido en 1967, aún se alzaba recubierto de hollín en Broadway y la calle 39.

Una sensación de aislamiento te embargaba cuando paseabas por calles y plazas: Nueva York vivía de espaldas del resto del mundo. Autosuficiente y altiva, relucía invencible. La ostentosa inauguración de las Torres Gemelas en 1972 marcó un nuevo ciclo de cambio. Paulatinamente y durante casi 30 años se metamorfoseó en espléndida: cambió sus ropajes y se trocó en una encrucijada de la posmodernidad, desnudándose de su atavío impregnable.

Emigrantes de todos los rincones del planeta y todas las etnias imaginables la penetraron con su colorido y sus olores diversos en sus espacios públicos y sus lugares más secretos. Nueva York humanizaría su antiguo visaje desenfadado y aséptico, reventando la burbuja de su inocencia y comprimiendo el espejismo de su fantasía.
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En el verano de 1993, las esculturas de Fernando Botero erigidas en Park Avenue atrajeron a miles de turistas y la ciudad comenzó a desperezarse de su aislamiento. Europeos y japoneses se detenían desorientados junto a la Venus reclinada de la calle 56 a desplegar sus mapas. Los veías enfilando sus cámaras fotográficas hacia las gárgolas y los capiteles góticos de la estación Grand Central en tu regreso a casa. Desde entonces el turismo veraniego ha aumentado en proporciones malthusianas, y los sucesivos alcaldes —millonarios o déspotas— se han dado a la tarea de embellecer plazas y parques con grandes tiestos de flores junto a mesitas y sillas de hierro, esculturas de incipientes artistas y conciertos de rock y jazz al aire libre.

Según los historiadores, los holandeses tomaron posesión de la isla de Manhattan en 1626, a cambio de cuentas de colores y abalorios que entregaron a la tribu indígena de los lanape. Su nombre original fue Nueva Ámsterdam hasta la aparición de los ingleses, que exigieron la rendición de sus moradores en 1665 y la rebautizaron como Nueva York.

Las huellas del período holandés se extienden por el Valle del Hudson, en los estados de Nueva York y Nueva Jersey: calles, pueblos, ríos y lagos conservan su nombre holandés. El nombre de la zona donde vivo es de origen holandés: Tiene Vly, que significa «Diez Lagos». También se han conservado los nombres indígenas: el Hotel Algonquin, cuya famosa Mesa Redonda reunió a escritores y artistas después de la I Guerra Mundial hasta el crash de 1929 —Dorothy Parker, los hermanos Marx, Edna Farber, Robert Sherwood—, lleva el nombre de los algonquinos, los habitantes de un extenso territorio entre Canadá y Virginia.

Pero para los cubanos, Nueva York es, por encima de todo, la «ciudad grande» de José Martí. Nadie la conoció como él, nadie ha escrito páginas más lúcidas sobre la sociedad norteamericana, desde el primer Primero de Mayo hasta las luchas de las pandillas de los inmigrantes, llevadas al cine por Martin Scorsese cien años más tarde. Desde la corrupta maquinaria política de Tammany Hall hasta la gira de Oscar Wilde, las funciones de teatro de Lily Langtry, las tarjetas del Día de los Enamorados, el asesinato del presidente Garfield, las muertes de Longfellow y Whitman.

Nueva York dista de ser una imagen idílica para el exilado. Los viajeros andan en búsqueda de los sitios míticos: la Estatua de la Libertad, el Empire State, el Rockefeller Center. Pero para mí hace mucho el icónico perfil de Nueva York se desprendió de la unidimensionalidad de una postal. Como en el clásico film de Woody Allen, Manhattan pasó a convertirse en miles de rincones preñados de vivencias.

La fuente del Lincoln Center, junto a la cual leí la Autobiografía de Isadora Duncan por primera vez a los veinte años. El Parque Central y la vigilia de una mañana helada, el 9 de diciembre de 1980, en medio de una muchedumbre afligida por el asesinato de John Lennon. El carillón de la iglesia en la Universidad de Fordham, donde estudié un verano, y que poseía el encanto de haber sido la inspiración de Edgar Allen Poe para su célebre poema «Las campanas». El minúsculo apartamento de Ana Mendieta en Sullivan o Thompson, ya ni recuerdo —Ana María antes del empellón brutal de Carl Andre, Ana María siempre chiquitica en la calle Paseo, siempre enfurruñada, a la salida del Colegio del Apostolado.
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Cumplo cincuenta años de exilio en este mes de agosto, con temporadas en Madrid y en Miami, breves saltos a las esferas entrañables de México o Caracas, incursiones al Mediodía francés, a Alemania o Tokio, desvaríos en Brasil y Suecia. Todo me es ajeno excepto esta ciudad: este es el Reino de este mundo. Desde aquí entraré en la muerte. Las nostalgias, ya muy debilitadas, se evaporaron de un tirón y para siempre con el humo negro del World Trade Center. Acurrucada en un banco del ferry que cruza el río Hudson, bajo una llovizna de polvo blanco y cenizas humanas, hipnotizada y atónita, comencé desde entonces a sentir la sutil frialdad de septiembre.
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* Lourdes Gil es poeta y ensayista cubana. Es docente de Lenguas Modernas y Estudios Afroamericanos en el Baruch College, Estado de Nueva York. Realizó estudios en en la Universidad de Fordham, en la Universidad Complutense de Madrid y tiene un postgrado de la Universidad de Nueva York. Entre sus libros de poesía se encuentran: El Cerco De Las transfiguraciones, Empieza la Ciudad, Preludia aldaba Blanca, Vencido el fuego de la especie y Neumas. Además, sus poemas han sido antologías en Burnt Azúcar: Una Antología de Cuba, editado por Oscar Hijuelos, Las Islas hijo Palabras y publicado por la Editorial Letras Cubanas en La Habana. Otros libros suyos son: Poetas cubanos del Siglo XX, Editorial Hiperión, Madrid; La Cervantiada, editado por Julio Ortega en El Colegio de México, entre otros. Sus ensayos sobre el arte y la literatura de la diáspora cubana han sido incluidos en libros, revistas y enciclopedias. Entre ellos, Inventing América, editado por Miles Orvell ; Bridges to Cuba, editado por Ruth Behar, ReMembering Cuba : Legacy of a Diaspora, editado por Andrea O’Reilly Herrera, Las relaciones culturales entre Estados Unidos y América Latina después de la Guerra Fría, editado por Ellen Spielmann y publicado por la UNAM.

El presente texto hace parte de su libro Anima Vagula: Parábola del amor y del poder, publicado por editorial Verbum.

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Comments 1

  1. Muy buen artìculo que describe con tremenda exactitud toda la magia de New York.Felicitaciones!!

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