Literatura Cronopio

Revista Cronopio Edición 47 Cronopio, Literatura Cronopio 7 Comments

Confesion desde la ventana

CONFESIÓN DESDE LA VENTANA

Por Jesús Armando Lúquez Fonseca*

«¿Por qué se merecen esto las desdichadas mujeres? Se las entrega,
como rebaño inerme, a bien armados varones.»
(OVIDIO, Arte de amar, III, 46-47)

Corroída su silueta en manchas, regresa a mi memoria el bello nombre de Irene. Era abominablemente hermosa. No se trataba de conocer a cualquier fémina. Irene era una diosa, parecía sacada de la mitología griega o daba la impresión de haber sido hecha con parsimonia, detenidamente, minuciosamente. No era perfecta, pero si le pusieran alas y la elevaran a las nubes, todo el mundo pensaría que una aparición divina había dado lugar. Le dije que era urgente salir con ella. Concerté una cita para una noche. No era algo romántico. Se trataba de caminar por la plaza engalanada por las luces de la luna que se desvanecían en nuestros pasos y decirle algo que la cautivara. Creo que hablé claro como para tenerla como esposa cinco meses después. —¿No crees que sea demasiado pronto? —Me dijo mamá—. Y yo le repliqué que no, que era el tiempo suficiente para conocer una mujer. Al fin y al cabo, Irene era buena, artista de profesión y yo, por mi parte, llevaba años como contador de una empresa de seguros.

Las campanas doblaron y el padre me dio la orden de destilar sus labios. Los aplausos resonaron detrás de los cerros que se confundían en tonos de aguamarina hasta la perpetuidad del ocaso. Éramos realmente felices viendo el cielo desaguado en estrellas. Pasado cinco meses, mi felicidad se acrecentó. Irene me confesó que había sembrado una estrellita en su vientre. La abracé y le dije que Hebe, que así se llamaría, sería el primer hijo de un ángel como ella. «¡Oh, los ángeles no tienen hijos!» —me respondió entre risas—, y mientras la cargaba le susurré un poema al oído: Una vela basta. Su dudosa luz se presta más, será más cordial, cuando vengan las Sombras…

Una mañana Irene me comunicó que tenía que viajar a la capital para asistir a un congreso de danza contemporánea. Esto me dio tranquilidad pues mamá vivía allá. El bus en el que mi esposa iba, estaba a diez minutos de su destino y entonces recibí una llamada de su parte, diciendo que estaba cerca, que se habían varado tres veces en el camino y que casi atropellan unas vacas que, junto con sus terneros, buscaban su cubil. Le dije que ya la extrañaba y un estampido sacudió mi existencia. No pude comunicarme con mi madre sino hasta la media noche. Le pregunté si había muerto y quiso evadirme con otras preguntas, hasta que me enojé y entonces me confesó que se había enterado de la situación en el noticiero local. Añadió que se encontraba en el hospital y lo único cierto era que el bebé que esperaba había muerto. Colgué el teléfono y recobré fuerzas respirando la serenidad noctámbula de esta ciudad sin estaciones. Al día siguiente, le expliqué la situación a mi jefe y ante su negativa de darme permiso, amenacé con marcharme. Salí de allí consciente que era imprudente renunciar en ese momento en el que el dinero era necesario —excusa mal inventada—, lo único cierto era que algo dentro de mí empezaba a destejer el nombre de Irene.

Mamá marcó otra vez para decirme que mi esposa estaba siendo intervenida quirúrgicamente, que incluso me despreocupara por viajar, que lo que se necesitaría en adelante era dinero para cubrir los gastos —excusa oportuna para no enfrentar la realidad a la que mamá me hizo volver al decirme que debía vivir con una mujer que era realmente mi esposa pero que no se parecía a ella—. Creo que no entendí completamente el significado de sus palabras sino hasta después que la volví a ver.
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La esperé sentado en el jardín de los geranios y mientras lo hacía meditaba sobre lo que ahora sería mi esposa. Dormiría de ahora en adelante con una extraña, quizá su olor sería diferente, su cabello incrustado en su cráneo por la cirugía cambiaría su color natural. Me pregunto si ahora sus brazos seguirían dando ese aire protector que me hacía dormir en sus pechos. Mientras hacía esta indebida meditación, un taxi se detuvo. Mi mamá se apeó rápidamente y abrió la puerta trasera. Aparecieron unas piernas delgadísimas y débiles pegadas a un cuerpo que se acercaba en una silla de ruedas. Yo sabía que era ella, mi esposa. Venía vestida con una bata gris brillante y un gorro que tapaba inútilmente su cabello. ¡Pobre de mí! La gente dirá que estoy esclavizado, amarrado a vivir con este monstruo que se acerca a mí con los brazos abiertos y con una sonrisa deforme que reprende mi injusto pensamiento. Yo también la abracé y percibí su olor. Me pareció horrible. Entramos a la casa dejando atrás las ventanas cercanas que ahora tenían ojos para conocer a la «nueva vecina».

La veía a lo lejos, le llevaban la comida a la boca con algo de dificultad y me sonreía buscando una muestra de afecto que no existía en lo más mínimo. Irene nunca me recriminó, en su interior lloraba por mi mutismo, pero jamás me lo confesó. Yo la descubría cuando entraba a la habitación, secaba temblorosamente sus ojos humedecidos, mientras aguantaba el dolor en alguna parte de su alma, mientras moría físicamente porque anímicamente yo la estaba matando con mi desprecio inmerecido. Pero una noche, mientras me disponía a apagar la luz de la habitación, me dijo con voz entrecortada: «Dime que me seguirás amando si mañana estoy viva». Le contesté que sí y apagué la luz. Esta misma conversación siguió repitiéndose todas las noches como un ritual que me parecía cada vez más insustancial. A veces la veo moviendo los labios como elevando una oración infructuosa… mirando la fotografía de casados… contando estrellas en el techo… buscando sus alas de ángel que en algún momento de lucidez le puse… queriendo que Hebe existiera para que rejuveneciera este amor… pegada al oxígeno que había empezado a necesitar… mirándome con disimulo como queriendo saber qué cosa petrificó nuestro idilio.

Una mañana entré a su cuarto y la encontré mirándose al espejo desde su cama y cuando notó mi presencia me sonrió. Con miradas que sólo yo entendía me pidió que le repitiera que la amaba. Esta vez me senté al lado de ella. Creo que era la primera vez que lo hacía con naturalidad. Me quedé mirando su imagen en el espejo y la vi llorar. Lloré con ella y entonces nos comprendimos. Epicuro fue el hombro en el que descansé: No es por el ser querido que lloramos (…), es por nosotros mismos. Entendí su sufrimiento y ella mi estupidez de quererla, pero no viviendo juntos. Antes de salir de la habitación me pidió que la ayudara y comprendí que tenía que ser una de esas noches. En todos esos días preferí no mirarla y cuando lo hacía, alcanzaba a ver su pelo convertido en una trenza y el aparato respirador cumpliendo su función al lado del suero que colgaba de una barra de metal. Un día, cortada la tarde, me aparecí sigilosamente en la habitación, decidido a hacer algo por ella. Reclinó su cabeza en señal de alegría y con un gesto débil me dijo que procediera. Saqué la jeringa que llevaba en el bolsillo. Presioné el émbolo para inyectar en el suero y ella consentía mi proceder con una sonrisa casi borrosa, creo que entendí su sollozo diciéndome que ya no me preocupara más por seguirla amando… que mañana no estaría viva.

Hoy, estoy aquí desde la ventana cuando ya ha pasado más de un año desde que la ayudé a irse de este mundo, y si no fuera por ser hoy la fecha de su cumpleaños, pienso que no la recordaría, aunque creo que me moriría si alguien quitara de la mesa nuestra foto de casados.
___________
* Jesús Armando Lúquez Fonseca es licenciado en lengua castellana e inglés de la Universidad Popular del Cesar. Candidato a Magister en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico. Autor de la serie de libros para primaria Pluma y Color, Más color, Pequeños artistas y Saber del lenguaje. Lector-evaluador de las diferentes versiones del Concurso Nacional de Cuentos RCN y Ministerio de Educación Nacional en Colombia y ponente en congresos nacionales e internacionales.

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Comments 7

  1. Precioso!

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  2. Irene, tal como me llamo yo. El cuento más hermoso e interesante que he leído.

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  3. Muy bueno profe!

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  4. Espectacular!! Felicitaciones!! Me hizo llorar

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  5. Excelente, entretenido el cuento para saber el final.

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  6. Excelente cuento, muy sensible. Me gustó

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