Literatura Cronopio

Revista Cronopio Edición 47 Cronopio, Literatura Cronopio 2 Comments

Complicidad

COMPLICIDAD

Por Said Chamie*

Dos años antes de que este relato fantástico fuera terminado, me consternó una noticia que vi en televisión nacional, la cual hacía referencia a la masacre ocurrida en Marinilla, pueblo paisa, anclado en la cordillera central. La historia conmocionó al país, las imágenes mostraban cuerpos colgados y quemados en los palos laterales de una hacienda tradicional. Debo reconocer que fue morbo lo que me llevó a indagar el porqué de ese ajuste de cuentas, quería conocer el rostro del demonio capaz de semejante atrocidad, solamente alguien contenido de locura y desfogado en odio podría ser capaz de hacer un crimen de esa magnitud, pensé. Sin embargo, lo que más me impresionó tuvo que ver con el suceso posterior a la perpetuación de la masacre. Según reporte de las autoridades, en la escena del crimen fue encontrada una servilleta con una frase que a la letra decía:

—Aquí yacen doce pederastas asesinos de niños menos en esta puta vida.

El mensaje era claro, por lo que las investigaciones policiales fueron dirigidas a la identificación de los cadáveres y a la relación entre ellos, para luego buscar presuntos culpables. Recuerdo que seguí incisivamente el proceso, atento a cada noticia revelada en los medios: fue así que supe por los diarios las identidades de los doce cadáveres de la hacienda «El Verdor», y con sorpresa los colombianos supimos sus identificaciones y oficios: cinco de ellos eran curas de iglesia, dos funcionarios de la fundación «Futuro» para la ayuda infantil, tres políticos que hacían parte de la gobernación de Antioquía y un empresario de quien se presume quería construir un campamento de verano para los niños menos favorecidos de la zona. Las investigaciones fueron develando datos contundentes de la estrecha y clandestina relación de los doce hombres muertos, al parecer todo conducía a que hacían parte de una logia llamada «Los Iluminados». Según los reportes, se presume que hacían parte activa de la secta que rendía culto a «las ofrendas de la sangre limpia», que no era otra cosa que prácticas inmundas cuyo fin era la copulación con niños, el sadomasoquismo y el asesinato. La investigación policial en principio estaba encaminada a dos frentes: por un lado, la que concernía a las supuestas víctimas encontradas en la hacienda y el otro a la búsqueda del victimario. Sin embargo nada se sabía del asesino, no había indicios, ni rastros que condujeran a alguien en particular, por lo que las autoridades comenzaron con los interrogatorios abiertos en el conmocionado pueblo de Marinilla. Luego de unos días, recuerdo que los comunicados oficiales y de prensa decían que tenían algunos sospechosos pero luego de meses de ardua investigación se concluyó que no había pruebas contundentes para procesarlos por lo que los dejaron libres y el caso se cerró, como suele ocurrir en un país donde los casos se dilatan hasta que el olvido los oculta. A mí la historia de un hombre que colgaba violadores y asesinos de niños luego de quemarlos vivos, me pareció inquietante, la imagen del paladín clandestino que como todo héroe toma la justicia por su cuenta, tenía en su motivación más íntima una dignidad que merecía ser escrita algún día; sin embargo me faltaba la otra mitad de la historia, que con el tiempo apareció de manera imprevista.

En una noche de octubre, asistí a un festival de jazz, en un bar al norte de Bogotá; al cabo del recital, me acerqué a la barra y pedí un trago de whisky al tiempo que me detuve a observar con asombro la noticia de última hora que interrumpía un aburrido partido de fútbol en la pantalla, tras el barman. El presentador hablaba de la primicia del momento, el testimonio del asesino de «El Verdor».
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El video mostraba a un hombre oculto entre una máscara que hablaba desde la oscuridad a una cámara de baja definición. Ansioso, le pedí al barman que subiera el volumen y me acerqué tanto como pude a la pantalla. Lo detallé con meticulosidad. A juzgar por la imagen parecía un hombre grande, de brazos gruesos, y cabezón. La voz era sonora, como si hablara dentro de un pozo, pero era real, no había ningún tipo de alteración digital. El tipo se movía poco mientras hablaba, pero tenía un dejo en las manos que me hacía pensar que llevaba algún ritmo, tal vez por el nerviosismo o de pronto por un hábito repetido. Sus palabras fueron pocas, pero concretas, dio una lista de nombres completa afirmando que allí estaban todos los miembros de la logia de «Los Iluminados», y concluyó su intervención aclarando que ese flagelo debía ser radicado para siempre por las autoridades.

—«En esta dirección electrónica pueden acceder a ver los nombres del listado de asesinos y pederastas que por años han cometido cuánto vejamen y delito contra menores; también hago un llamado a las niñas del colegio de La Merced para que denuncien, no tengan miedo, no están solas, denuncien, por favor, por favor, por favor».

El video cerraba con fondo negro y una dirección de correo. Los nombres que aparecían en la página electrónica fueron una bomba mediática, personajes de la vida pública, poderosos figuras de la vida nacional y nombres desconocidos engrosaban la lista. A los pocos días, comenzaron las primeras indagatorias: servidores públicos, actores, senadores, deportistas y diseñadores de moda fueron llamados al tiempo que los noticieros hacían un seguimiento exhaustivo en imágenes. Al cabo de un año y medio de arduas investigaciones, pruebas de laboratorio y testimonios de niñas del colegio La Merced, la Fiscalía General de la Nación dedujo que todos los hombres que aparecían en la lista aquella eran culpables de pederastia y abusos sexuales a menores de edad; casi todos fueron apresados y purgaron en la Cárcel Modelo de Bogotá una condena ejemplar, otros pocos siguieron huyendo de la justicia y dos de los curas se suicidaron, cosa que me causó mucha impresión ya que la religión de la que supuestamente hacían parte, entendía el suicidio como algo imperdonable por Dios. Como un cuento con final feliz, la sociedad se libró de esa escoria y el pueblo de Marinilla vivió libre de ese lastre que tanto dolor causó.

Aquel video donde el asesino de El Verdor salía enmascarado, fue colgado en YouTuBe, por ese entonces lo veía a menudo, la imagen de un anti héroe real y oculto en su antifaz, denunciando ahora, con dedo acusador, las asquerosidades de humanos insanos mentalmente, causaba en mí un enorme interés creativo. Me gustaba analizar su voz, gutural y melódica, con pausas de aliento, los pocos gestos que mostraba el cuerpo y el movimiento de sus manos, rápidas y finas. Me era imposible no imaginar las formas de tortura que implementó antes de matar a los doce sádicos; pensaba en la causa de aquella venganza, en su justicia personal, aquella masacre en la hacienda, y en la posterior revelación de todos los miembros de «Los Iluminados», y me surgían preguntas de rigor, ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo fue su historia? ¿A quién le hirieron? ¿A sus hijos? ¿A Sus hermanos? ¿Él mismo fue víctima a temprana edad? Yo imaginé aquel hombre tan común y corriente como cualquier otro, sólo que a diferencia de las vicisitudes normales del diario vivir, a él le había tocado lidiar con un caso de pederastia muy cercano. Cuánto dolor debió sentir para hacer lo que hizo.

Al asesino de «El Verdor» nunca lo encontraron, nadie supo quién era realmente, la historia se volvió leyenda y la búsqueda culminó dos años después.
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Por ese mismo tiempo yo había llegado a Roma con la firme intención de conocer su parte histórica en dos días y tomar un tren directo a Milán donde mis primos me llevarían a conocer el lago D´orta. Recuerdo que nunca había caminado más en mi vida como lo hice en Roma, conocí todas las Piazzas desde El Coliseo y el Foro hasta la Trevi, desde donde vi caer la tarde dando paso a una noche fresca; yo estaba felizmente cansado y decidí entrar a un bar cerca de la Piazza Navona, en cuyo interior había una barra lúgubre y un piano al fondo. Me hice en una mesa cercana a la puerta deseoso de tomarme un trago, pedí una sambuca doble que me sirvieron flameada mientras trataba de relajar los pies que ardían y parecían tener pulso propio. Desde el fondo, vi a un hombre sentarse frente al piano e interpretar una melodía suave que al momento reconocí. Nocturno de Chopin, me dije para sí, mientras me deleitaba con el sonido pausado y ensoñador. Pasé el trago anisado y sentí el fragor viscoso en mi garganta al tiempo que disfrutaba del maravilloso viaje musical en cuyo recorrido el pianista pasó por las obras de Haydn, Chopin y Rachmaninov con gran versatilidad. Sentí un hilo de envidia por ese hombre, dueño de un talento innato con el piano e inmerso en los tiempos íntimos de las piezas que tocaba sutilmente. Sereno y concentrado, habitante de otro mundo. Luego de un par de horas, el músico tomó un descanso y se sentó a la barra; el dolor en mis pies ya había pasado, y decidí irme al hotel a dormir por lo que me dirigí al barman a cancelar la cuenta con el dinero en la mano. Mientras recibía el cambio, noté con grata sorpresa que el tipo tras las barra hablaba español, de hecho reconocí su acento golpeado propio de los costeños colombianos. Caí en cuenta que hablaba con el pianista, algo le preguntó, pero ni él ni yo alcanzamos a oírle, así que decidí acercarme hacia ese costado de la barra fingiendo que contaba el cambio.

—¿Te sirvo lo mismo de siempre, maestro?
—Sí, por favor, por favor.

«Por favor», Esas dos palabras repetidas me quedaron zumbando en la cabeza como una epifanía ¿Dónde había oído yo ese timbre de voz y su acento arrastrado, propio de los paisas colombianos? Me volteé hacia el pianista y lo ausculté con la mirada, pero su rostro no me dijo nada, nunca antes lo había visto en mi vida, de eso estaba seguro. Sin embargo, su voz era familiar. Me conduje a saludarlo por el recital que había dado con la segunda intención de indagar algo que me ayudara a saciar mi intriga, mientras las dos palabras seguían dándome vueltas en la cabeza. Le extendí mi mano y fingiendo que no lo había oído hablar en español, lo felicité en mi precario italiano; el músico no dijo nada, pero una sonrisa de complicidad seguida por una venia fueron su respuesta, luego se sentó a la barra a degustar un vino, y yo me quedé viéndolo de lado, entonces noté algo que sería revelación. En la barra, el pianista había puesto su mano derecha y tocaba la madera de una forma muy particular, solamente había visto ese movimiento en una persona aunque muchas veces, y entonces caí en cuenta mientras miraba con ansiedad al sujeto aquel: no había duda ¡Era el asesino de El Verdor! Me quedé viéndolo con estupor, sabía que estaba enfrente de un criminal que había matado seres humanos, doce pederastas, estaba consciente de que era un prófugo de la ley y que al no denunciarlo lo estaba encubriendo. Absorto y casi congelado lo miré desde la puerta, pensando en lo que había hecho pero consciente que gracias a ello se desmanteló una red de masacre infantil. De repente y para mayor sorpresa, el asesino me miró de frente y levantó la copa de vino en señal de brindis; esta vez fui yo quien hizo la venia y salí de inmediato del lugar sintiéndome sin aire.

Esa noche no pude dormir, di vueltas en la cama, me horrorizó la dicotomía de un hombre que había sido ángel y demonio en un pueblo que se caracterizaba porque nunca pasaba nada. Y después verlo allí, en aquel bar, a miles de kilómetros de distancia de Marinilla, ausente del tiempo e inmerso en otra película, con otro rol, me sigue estremeciendo. Llegué a la estación Termini a eso de las diez de la mañana, para tomar el tren de camino a Milán, todavía con las imágenes del día anterior en mi retina. Durante el viaje hasta la estación de Centrale, hice un concienzudo juicio de valores y tomé la determinación de no denunciarlo; decidí ser su cómplice al poner en balanza los acontecimientos posteriores a la masacre perpetrada en Marinilla y el favor que les hizo a los niños del sector al desmantelar la logia de «los Iluminados».

Pasados cinco años y gracias a la confiscación de la hacienda «El Verdor», el gobierno puso en disposición los predios para la creación de una fundación de niños menos favorecidos que actualmente lleva el nombre de «Renacer».

De vez en cuando viene a mi mente la última imagen que tuve del asesino de pederastas, en aquel bar, luego de haber tocado magistralmente el piano, brindando conmigo a distancia, como si supiera que el secreto estaría a salvo.
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* Said Chamie es comunicador social, periodista y escritor de medios. Ha escrito libretos para dos seriados de televisión y el guión para el cortometraje Epílogo, del director Gian Carlo Richelmi. Se desempeña actualmente en la creación de contenidos para todas las plataformas de comunicación. Está escribiendo su primer guión para largometraje. Autor también del libro electrónico «El Libro Azul».

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Comments 2

  1. Me encantó el estilo del autor de este cuento. Un lenguaje sencillo y fluido. Fácilmente uno se imagina lo que lee. Y así es la vida, cuando uno se interesa en algo, las circunstancias se presentan para profundizar en el tema. Me gustaría saber qué otros escritos tiene este autor.

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  2. qué buen cuento, dónde puedo leer mas de este autor?

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